Despertar del Ex-Rango: Mis Ataques Me Hacen Más Fuerte - Capítulo 362
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Capítulo 362: EX 362. Plano
Aunque la energía primordial pertenecía a los hombres bestia, León aun así tenía la intención de aprender a usarla.
Su plan era el mismo que usó cuando aprendió la especialidad de los dragones: crearía un arte para ella.
Había formado el Arte del Dragón Primordial a partir del arte del dragón negro de Elizabeth con la ayuda de su Arte Extremo, pero esta vez no sentía que necesitara un marco preexistente.
Una pizarra en blanco y un combate real serían suficientes. ¿Entrenar con Malachi mientras su Arte Extremo estudiaba cada detalle? Eso era más que suficiente.
Originus interrumpió sus pensamientos.
«Entonces, ¿por qué no entrenar con la princesa?».
León apartó al dragón primordial de su mente y se concentró en Malachi.
—Lánzate.
Malachi no dudó. La energía primordial recorrió su cuerpo, aumentando su velocidad hasta que su figura se desdibujó por la sala.
Pero para León, se movía como una lenta onda en el agua. Levantó una mano con pereza, casi, y su puño derecho se hundió en las entrañas de Malachi.
El impacto envió al hombre mono a estrellarse contra la pared del fondo, y la piedra se agrietó con el golpe.
Originus dejó escapar un largo quejido.
«¿Qué energía primordial ni qué nada? Solo querías darle una paliza al jovencito».
León ignoró el comentario del dragón. Malachi seguía incrustado en la pared, con el polvo lloviendo a su alrededor.
—Te sugiero que te tomes esto en serio —dijo León—. Ese golpe no fue con todo mi poder. Pero eso no significa que debas contenerte. Da todo lo que tienes.
La repentina dispersión del polvo fue la única advertencia antes de que una pesada ola de energía primordial recorriera la sala.
Malachi salió del cráter, con su aura ardiendo como un incendio forestal. Su armadura había volado en pedazos y la banda de metal que sujetaba su pelo se había caído, dejando que un reguero de sangre le corriera por el rostro.
Nada de eso parecía molestarle.
El tono de Originus cambió bruscamente.
«No puede ser…».
La sonrisa de León se ensanchó mientras el poder primordial se arremolinaba en Malachi como una tormenta.
—Esto ya es otra cosa.
****
Había una razón por la que León había ignorado todo lo que Originus había estado diciendo antes.
Para empezar, no era tan mezquino como para darle una paliza a alguien solo porque había luchado contra su mujer.
Malachi no tenía intenciones maliciosas.
El hombre quería una buena pelea, nada más, y León no se lo iba a reprochar.
No, la razón era exactamente la que había dicho.
Tenía la intención de crear un arte para usar la energía primordial.
Originus murmuró en su mente, inquieto.
«¿Cómo puede alguien tener tanta energía y aun así ser capaz de moverse?».
León respondió con una leve sonrisa mientras Malachi continuaba su lento avance, con la energía primordial emanando de él como el calor de un horno.
León se había dado cuenta de algo durante el enfrentamiento final de Malachi con Nikko antes de que terminara el torneo.
En aquel entonces, Malachi no lo había dado todo.
Hubo un momento —un breve destello— en el que León vio algo que no había visto antes.
Nikko tenía su talento despertado de tomadora de pruebas, un don que le permitía manejar la energía primordial.
Malachi, sin embargo, era un hombre bestia de nacimiento. Su talento no le fue otorgado.
Era innato, entrenado hasta ser útil y moldeado a golpes desde la infancia hasta alcanzar este punto.
Por eso tenía sentido una reserva tan masiva de energía primordial.
Malachi comprendía su funcionamiento a un nivel fundamental.
Y por eso, León lo había elegido como modelo para el arte que planeaba crear.
Malachi finalmente se detuvo frente a él, y la energía primordial estalló con más fuerza, densificando el aire a su alrededor. León no se inmutó.
Los ojos del hombre bestia ardían con una emoción salvaje.
—He estado buscando con quién probar esto —dijo Malachi.
—Y es un honor para mí probar sus efectos en la persona más fuerte de Pandora.
León asintió una vez.
—Muy bien, entonces. Veamos qué tienes.
La mano de Malachi se desdibujó.
León se movió para interceptarla, igualando su velocidad, igualando su fuerza, y conteniéndose a propósito para poder sentir adecuadamente la energía primordial que inundaba el brazo de Malachi. Sus puños chocaron.
Un estruendo como un trueno resonó en la sala de entrenamiento. El suelo tembló.
El polvo se desprendió de las vigas con la vibración.
Y entonces, ambos hombres desaparecieron.
Innumerables choques resonaron por la vasta sala, cada impacto un pesado estruendo mientras la energía primordial y el poder puro se entrelazaban una y otra vez, sacudiendo toda la cámara mientras León trazaba cada pulso, cada corriente, cada secreto oculto en la fuerza de Malachi.
****
Malachi y León volvieron a chocar en el campo de entrenamiento, y el impacto retumbó por la sala como el redoble de un tambor.
Los pensamientos de Malachi se dispersaban en todas direcciones, pero su cuerpo se movía por instinto: afilado, salvaje y perfeccionado por años de abrirse paso a la fuerza por el mundo.
La energía primordial pulsaba a través de él en densas olas, cada oleada más potente que la anterior.
Había nacido con esta afinidad. Una sintonía natural que le permitía sentir la energía primordial como otros sentían el aire en sus pulmones.
Con ella, había ascendido hasta este punto usando el Arte del Viaje.
Un arte básico, destinado a llevar a un profesional solo hasta el rango cinco porque solo contenía cinco formas.
Pero Malachi había ido más allá. Su compatibilidad con el arte era tan alta que forzó la existencia de tres formas adicionales, impulsándose hasta el rango ocho a base de puro talento e instinto.
Aun así, un muro se alzaba frente a él.
La novena forma.
El paso final.
No podía verla. Solo podía percibir los bordes de lo que podría ser.
La energía primordial que estaba liberando ahora era solo la mitad de lo que imaginaba que requería la forma completa. El resto se sentía como una puerta cerrada para la que no podía encontrar la cerradura.
Su bastón cortó el aire en dirección a la cabeza de León. León lo desvió de un manotazo con una precisión despreocupada, casi gentil, como si quisiera sentir la forma del poder de Malachi en lugar de romperlo.
Malachi extendió una mano. Una fuerza psíquica onduló desde las yemas de sus dedos, atrayendo el bastón de vuelta a su mano con un zumbido metálico.
Volvieron a chocar.
Había algo hermoso en el intercambio. Ninguno de los dos usó ni una sola forma.
Ni secuencias pulcras, ni técnicas estructuradas. Solo movimiento en bruto —puños, pasos, instintos y poder—, ambos eligiendo resolverlo a la brava. Ambos persiguiendo el mismo objetivo por diferentes razones.
León buscaba diseccionar la energía primordial pieza por pieza, saborear su estructura y reconstruirla en un arte propio.
Malachi luchaba por descubrir la mitad que faltaba de la novena forma, la forma final del poder que se había pasado la vida dominando.
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