Despertar Global: Crónica del Finalizador del Apocalipsis - Capítulo 187
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187: Diana 187: Diana Diana Wells estaba en el umbral de la puerta, con su cabello negro cayendo en cascada por su espalda, enmarcando un rostro afilado pero seductor de penetrantes ojos negros.
Su atuendo era el de una artesana: práctico, manchado con la evidencia de su oficio y llevado con orgullo.
Su ropa no parecía limpia, pero su aura digna de artesana se sentía con facilidad.
La mirada de Herman se detuvo en ella un instante, reconociendo la urgencia en su postura.
—¿Qué ocurre, Diana?
Pareces como si hubieras visto un fantasma —dijo él, medio en broma.
—Hay alguien fuera, Sir Herman.
Pregunta por usted.
Dice que necesita un arma para acabar con un Zombi Tirano —respondió Diana.
Al parecer, la petición la había sorprendido un poco, por lo que su voz denotaba cierto escepticismo e intriga.
Herman enarcó una ceja.
—¿Un Zombi Tirano, dices?
¿Y quién podría ser esa alma valiente?
—No es uno de los nuestros, no es un Superviviente —explicó Diana—.
Acabo de confirmar que es de esta tierra y que ha estado viviendo ahí fuera por su cuenta.
Intrigante, ¿verdad?
Ah…
Dice que ha oído hablar de su talento y ha venido tan rápido como ha podido.
Se ha presentado como Eldric.
Mientras decía esto, ella también se sentía escéptica…
Después de todo, no sabía cómo alguien sin un sistema como el de ellos podría haber oído hablar de las habilidades de Herman.
Era bastante increíble.
Sin embargo, no era su trabajo juzgar a los clientes.
Si tenían dinero o quizá un objeto que pudieran usar para pagar, entonces no cabía duda de que Herman aceptaría el trabajo.
Como era a Herman a quien había solicitado, Diana dejaría que él lo decidiera por sí mismo.
«Un residente, eh…»
Con la curiosidad despierta, Herman se limpió las manos en un trapo y salió.
Allí se encontró con una figura de aspecto rudo; su ropa, un mosaico de cuero y armaduras recuperadas; su rostro, curtido por la dura realidad del apocalipsis.
Ese era Eldric, un lobo solitario del páramo, con unos ojos verdes que contrastaban crudamente con la suciedad y la mugre que marcaban su semblante.
Detrás de él había otros Supervivientes en el re
—¿Eldric, verdad?
—dijo Herman, extendiendo una mano—.
Me han dicho que necesitas mis servicios.
Eldric asintió, en un gesto de respeto.
—Así es.
Llevo días rastreando a un Tirano.
Es más listo, más fuerte…
Necesito algo especial para detenerlo.
—¿Y puedes pagar?
—preguntó Herman, con su sentido comercial activándose a pesar de las inusuales circunstancias.
—Con materiales, sí.
He reunido un buen botín de los zombis que he eliminado.
Metales, cristales…
cosas difíciles de conseguir hoy en día —respondió Eldric, con una voz que cargaba con el peso de innumerables batallas.
Herman consideró la oferta un momento antes de asentir.
—Muéstrame lo que tienes y hablamos.
Eldric sacó una bolsa, pesada por el botín de la supervivencia.
Los ojos de Herman se abrieron de par en par al ver los componentes raros.
¡El sueño de un artesano!
—Trato hecho, Eldric.
Te forjaré un arma digna de tu desafío —declaró Herman, estrechando con firmeza la mano de Eldric.
No tuvo que tasar los objetos uno por uno, ya sabía que todos eran valiosos.
¡Ni siquiera le importaría darle también un conjunto de armadura!
Mientras Diana observaba el intercambio, no pudo evitar sentir una sensación de asombro.
Después de todo, Eldric no debería estar cazando Zombis más fuertes…
Debería estar escapando de ellos.
«¿Busca venganza?
¿O quizá un botín que quería conseguir?», reflexionó Diana para sus adentros mientras negaba con la cabeza.
En fin, ella también tenía otras tareas que hacer, así que regresó rápidamente a su pequeño taller.
El tiempo pasó rápido y, al día siguiente, cuando la luz del sol llegó a su refugio, su mañana comenzó con el tintineo de sus herramientas mientras preparaba su puesto de trabajo, y las ascuas de la forja la saludaban con un cálido resplandor.
Debido a la escasez de comida, solo podían comer una o, rara vez, dos veces al día.
Si tenías tu propia reserva de alimentos, era aún mejor, ya que podías consumirla aparte de la comida que proporcionaba el Refugio.
No obstante, para ella no era un gran problema, ya que a medida que subía de nivel, su fuerza y agilidad aumentaban, lo que le facilitaba seguir con vida con solo la comida suficiente.
Además, a ella le tocaría ser la siguiente en saquear zombis y ganar experiencia, pues en este refugio había un sistema de rotación.
Los guardias del refugio, un variopinto grupo de supervivientes, cada uno con su propia historia, solían pasar por su taller abierto, compartiendo noticias o buscando reparaciones.
—Buenos días, Luke.
¿Ese escudo tuyo aguanta?
—preguntó Diana tras ver al hombre acercarse con un trozo de pan para ella como tentempié…
—Apenas.
Ayer recibió una paliza de un Zombi Bruto.
¿Crees que puedes reforzarlo?
—respondió Luke mientras le daba a Diana un trozo de pan.
—Déjamelo a mí.
Le añadiré unas púas para darles a esos zombis en qué pensar —dijo Diana, y añadió que guardaría el pan para más tarde.
Aún no tenía mucha hambre.
Pasaba las tardes inmersa en la meticulosa fabricación de armas y armaduras, con el martilleo rítmico como un compás reconfortante en medio del caos del mundo exterior.
De vez en cuando, hacía una pausa para compartir una comida con los demás, y sus conversaciones eran una mezcla de estrategia y consuelo.
—¿Cómo van las reservas de comida, Mira?
—preguntó Diana.
—Mejor desde que asaltamos ese supermercado la semana pasada.
Encontramos una reserva de frijoles enlatados.
Solo murió uno de nuestro equipo de asalto…
Por suerte, lo asaltamos de inmediato, porque oí que el Clan Luna Azul había tomado ese lugar como parte de su territorio…
—Alguien murió, eh…
Cada vez es más y más difícil sobrevivir.
Pero…
¿frijoles otra vez?
Bueno, al menos no pasaremos hambre —murmuró Diana, ya que en realidad no podían plantar verduras en su territorio.
Cuando el sol se ocultaba bajo el horizonte, Diana a menudo se encontraba en lo alto de las murallas del refugio, observando cómo la noche invadía su remanso de paz.
Era allí donde intercambiaba gestos de asentimiento con la guardia nocturna, en un entendimiento silencioso que era un compromiso compartido para proteger lo que habían construido.
—¿Noche tranquila, Tomás?
—le preguntó Diana al guardia.
—Por ahora.
Pero ya sabes cómo es esto.
Las noches tranquilas son las que te atrapan —respondió Tomás.
—No he oído nada de Herman hace un rato…
¿Sigue ocupado?
—continuó Diana.
—Sí…
Todavía estaba haciendo esa arma para ese carroñero…
—respondió Tomás mientras retrocedía, ocultándose en la sombra como si no quisiera mostrar la cara.
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