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Destinada a Cuatro Alfas Aunque Soy Muda - Capítulo 55

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55: Lobo terco 55: Lobo terco Punto de vista de Damian
Caminaba de un lado a otro en mi estudio.

No podía parar, porque si lo hacía, me pondría a pensar en lo que le hice a Cielo y me volvería loco.

Me dolía el pecho, era el vínculo de pareja.

Me arañaba las entrañas porque había herido
a la única persona que se suponía que debía proteger.

Mi corazón temblaba, necesitaba romper algo para acallar el ruido que mi lobo hacía en mi cabeza.

Caminé hacia la lámpara de mesa metálica, la alcancé, la agarré y la golpeé una y otra vez hasta que cayó al suelo.

¡Clang!

¡Clang!

¡Clang!

Entonces me di la vuelta para encarar a mi Beta, Félix, que estaba junto a la puerta observando cómo se desarrollaba todo.

—¿Viste su cara, Félix?

—pregunté.

No podía pensar en otra cosa que en la forma en que levanté la mano para golpearla y en cómo cayó al suelo.

Félix no dijo nada.

Se limitó a seguir mirándome.

—Todavía tenía la marca de mi mano en la cara —dije desesperado.

Me arrepentía de todo.

Me arrepentía de cada una de las cosas hirientes que le había hecho.

Y de la forma en que levanté la mano para pegarle.

Miré la mano que la había golpeado.

Todavía temblaba.

—Si tan mal te sientes, entonces deberías hablar con ella —dijo Félix.

Félix intentaba ayudar, me decía que fuera a hablar con Cielo y que le hiciera entender que la había golpeado sin querer, pero no podía.

No soy capaz de plantarme delante de ella y mirarla a los ojos, y mucho menos de hablarle.

Negué con la cabeza y volví a mi escritorio.

Agarré la botella de vino que había allí y llené una copa hasta el borde.

Me la bebí de un trago.

Luego serví otra copa y me la bebí toda de un trago otra vez.

El vino me quemaba el pecho, pero no me importaba.

El dolor de mi corazón y la culpa que sentía eran mucho mayores.

—¿Quieres que te traiga algo de comida de verdad?

—preguntó Félix.

Agité la mano.

Deseché la idea.

—No.

No quiero comer.

—Pero esa es tu séptima botella de vino.

Y sabes que no deberías beber con el estómago vacío —dijo Félix, tratando de persuadirme.

Lo miré y él bajó la cabeza de inmediato.

Odio que me falten el respeto y él lo sabe.

—Vale.

Vale.

Entiendo que no quieras comer.

¿Hay algo que quieras que te traiga?

—dijo, levantando las manos en señal de rendición.

—Tráeme más informes —dije, bajando la vista hacia las pilas de informes que ya había revisado.

Pero aun así necesitaba mantenerme ocupado.

Para olvidar todo lo que pasaba por mi cabeza, aunque no sirviera de mucho.

Félix suspiró.

—Esto te va a agotar.

Y todavía sientes dolor.

Quizá debería llamar a los Alfas, puede que ellos consigan convencerte de que descanses un poco.

Él lo había visto.

La forma en que me agarraba el pecho.

La mueca de dolor cuando el vínculo tiraba de mí.

Las emociones de Cielo fluían a través del vínculo de pareja.

Su dolor y su sufrimiento estaban por todas partes en mi pecho y en mi mente.

Me estaba matando.

—No, no los llames y no te preocupes por mí.

Limítate a ir a por lo que te he pedido —dije, intentando contenerme.

Félix pareció querer discutir.

Pero no lo hizo, sabía que yo ya estaba a punto de estallar contra él por preocuparse cuando le había dicho varias veces que no lo hiciera.

Me miró durante un buen rato, luego asintió y se dio la vuelta.

Llegó a la puerta, la abrió y la cerró con cuidado.

Cuando se fue y por fin estuve solo, mi lobo empezó a perder el control.

Dentro de mi mente, mi lobo aullaba.

Me gritaba y me exigía que fuera a ver a nuestra pareja.

«¡Por favor, ve a verla!

¡Necesitamos verla!

¡Ahora!»
Gritó mi lobo en mi cabeza.

—¡Cállate!

—grité, pero mi lobo no me hizo caso.

Tampoco es que pensara que me iba a hacer caso, porque era muy testarudo.

Tengo un lobo muy testarudo.

«¡Es nuestra pareja!

¡Está sufriendo!

¡Nosotros hemos causado esto!»
—¡Lo sé!

Pero no hay nada que pueda hacer —rugí.

Agarré otra copa de mi escritorio.

La lancé a través de la habitación.

Se estrelló contra la pared y se hizo añicos por todas partes.

—No quiere vernos, nos odia a ti y a mí en este momento.

Así que cállate y déjame en paz —le grité a mi lobo.

«¡Entonces arréglalo!

¡Ve a verla y dile cuánto lo sientes!»
—No puedo hacer eso.

La he herido tanto que no creo que quiera escucharme.

Para entonces, las lágrimas empezaron a caer por mi cara.

Me dolía de verdad y mi lobo no me estaba facilitando las cosas.

«Deberías al me…»
—¿Puedes cerrar la puta boca de una vez?

¡Estoy intentando pensar, así que cállate!

—lo interrumpí, pero obviamente no me hizo caso.

Era demasiado fuerte.

Siguió hablando y hablando e intentó hacerme sentir aún más culpable por haber herido a Cielo.

Volví a mi silla y me senté, pasándome la mano por el pelo.

La había cagado y lo sabía.

¿Cómo se suponía que iba a conseguir que me perdonara si ni siquiera yo podía perdonarme?

Todavía podía ver toda la escena en mi cabeza.

La forma en que perdí el control y la golpeé, y ella cayó al suelo.

La forma en que me miró, herida, y yo ni siquiera hice nada para ayudarla a levantarse.

Mi lobo gimió lastimosamente, como si estuviera de luto y sintiera cada ápice de dolor.

«Por favor, ve a verla»
Dijo mi lobo, pero yo no podía ni quería.

Mi orgullo no me permitía ir con ella y mi vergüenza me frenaba.

¿Y si de verdad me odiaba ahora?

¿Y si me miraba con miedo en lugar de con la dulzura con que solía hacerlo?

¿Y si hubiera destruido el vínculo entre nosotros para siempre y no hubiera forma de repararlo?

Me serví otra copa de vino y mi mano no dejaba de temblar mientras me la llevaba a la boca.

Me la bebí, dejé la copa y tomé otro informe de las pilas que había en mi escritorio.

Me pasé la mano por el pelo mientras hacía todo lo posible por concentrarme y olvidarme de todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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