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Destinada a los Alfas Trillizos - Capítulo 16

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16: ¿Me quisieron?

16: ¿Me quisieron?

**************
CAPÍTULO 16
~Punto de vista de Jade~
Xander no dio más explicaciones.

Se alejó, dejándome a solas con mis pensamientos.

—¡Jade!

—la voz de Isadora me sacó de mis pensamientos.

Me hizo un gesto para que me acercara, recordándome que teníamos clase.

Las primeras clases pasaron volando y, por suerte para mí, evité cualquier problema.

Sonó la campana, que indicaba el comienzo del descanso.

Como Isadora y yo teníamos clases diferentes justo antes, no la vi y me dirigí a la cafetería sola.

Justo cuando estaba a punto de entrar, la oí gritar mi nombre y esperé.

Acortó la distancia entre nosotras, luciendo completamente entusiasmada y tímida con sus bonitas gafas redondas, su liso pelo rubio y su uniforme perfecto.

La cafetería estaba más ruidosa de lo habitual.

Isadora se quedó junto a mí en la entrada, con la mirada nerviosa, como si esperara que alguien se abalanzara sobre ella.

Eso y la forma en que agarraba su bolso la delataban.

Tomamos nuestra bandeja de comida, seguimos la fila y nos sirvieron.

Aun así, sus nervios estaban a flor de piel.

—Relájate —dije en voz baja, mientras nos dirigíamos a la zona de mesas—.

Nadie va a derribarte.

Busquemos un sitio para sentarnos.

Hizo una mueca.

—Para ti es fácil decirlo.

No eres tú cuya mejor amiga acaba de ser reclamada públicamente por tres Alfas.

Puse los ojos en blanco.

—Venga ya.

Suspiró dramáticamente, pero me siguió hasta la mesa y se deslizó en el asiento de enfrente.

—Vale —dijo, bajando la voz mientras yo colocaba ordenadamente mi juego de cubiertos, lo que no le pasó desapercibido.

—Viejas costumbres —mascullé, arrepintiéndome al instante de haberlo hecho.

—Nanay… es una costumbre nueva, Jade.

La vieja costumbre era mi mejor amiga empollona que comía con un tenedor o una cuchara, no esta… Mega Abeja Reina.

Isadora tenía razón.

Pero que te metieran en la cabeza las lecciones de Dama Ember… Esta se convirtió en mi nueva yo.

—Es difícil de explicar.

—Puede ser.

Pero eres mi mejor amiga.

Ahora, cuéntame todo lo que me he perdido desde que nos vimos por última vez la tarde de Nochevieja.

Jugueteé con mi comida.

—¿Todo?

—Sí.

Todo.

Dudé y luego suspiré.

—Encontré a mis parejas.

Y a mi verdadera familia.

—Lo dije de la forma más vaga que pude.

Era mi mejor amiga, pero no quería revelar mi verdadera identidad todavía.

Su tenedor cayó con estrépito sobre la bandeja.

—¿Tus qué?

—siseó—.

Jade, no puedes decir eso y seguir como si nada.

—Lo intento —mascullé—.

Es que… es mucho.

—Inténtalo más rápido —dijo ella—.

Porque me estoy muriendo de la curiosidad.

Sonreí débilmente y dejé los cubiertos.

—Te lo contaré.

Pero no todo de golpe.

Se reclinó en su silla, estudiándome.

—Tu vida acaba de ponerse patas arriba, ¿verdad?

Asentí.

—Sí, pero para mejor.

Cuando llegué a casa, la verdad es que no esperaba nada.

Estaba agotada por los interminables susurros que me rodeaban y… por mis parejas.

Aun así, me alegraba estar en mi zona de confort, lejos de todos los interminables asuntos de la realeza.

Respiré hondo, mi pecho subía y bajaba al exhalar.

—Estar en casa se siente… —hice una pausa, olfateando el aire del recinto, cuando de repente abrí los ojos de golpe.

Tiré el bolso y corrí dentro de la casa, con el corazón latiéndome salvajemente en el pecho.

—Mamá.

—Abrí de par en par la puerta de entrada, corriendo hacia el salón mientras la llamaba a gritos—.

¡Mamá!

—En la cocina —me informó Javelin, y corrí hacia la puerta de la cocina.

Sin embargo, en el segundo en que mis dedos tocaron el pomo, tiraron de él desde el otro lado.

Perdí el equilibrio y caí de bruces sobre la persona que salía.

—¿Jade?

—la voz se quebró y, antes de que pudiera darme cuenta, unos brazos me rodearon, cálidos y temblorosos.

El pecho de mi madre se apretó contra el mío, sus lágrimas empapando mi pelo.

—Mamá… yo… —se me quebró la voz y las palabras se me ahogaron en la garganta.

Me abrazó más fuerte y, por un segundo, me permití respirar su aroma.

Tras un largo minuto de abrazo, me sequé las lágrimas e intenté apartarme, pero Alanna —mi mamá, como se me permitía llamarla— me sujetó aún más fuerte.

Durante un largo rato, nos quedamos sentadas en el suelo, dejando que el abrazo hablara por las dos.

Me dolía el pecho, sentía la garganta en carne viva y, sin embargo, las palabras que quería decir se negaban a salir.

Apoyé la cabeza en su hombro, con la mirada fija en el suelo de baldosas.

—Tus viajes —dije en voz baja—.

¿Qué tal estuvieron?

—Fueron bien —respondió tras una pausa—.

Fue un viaje largo y… revelador.

Asentí, aunque algo se retorció con fuerza en mi pecho.

—No llamaste.

Contuvo el aliento.

—Me perdí, Jade.

Pasaron cosas y… estuve un poco abandonada a mi suerte.

Para colmo de males, mi viaje se alargó más de lo que pretendía.

A veces no sabía qué hacer.

Perdida.

Dejé que esa palabra flotara entre nosotras.

Durante un mes, yo también había estado perdida, inmersa en entrenamientos, expectativas, peligros y silencio.

Pero nadie me había preguntado si estaba sobrellevándolo.

Asentí lentamente, pero se me formó un nudo en el estómago.

Quería alegrarme de que estuviera en casa, celebrar su regreso, pero las excusas y las verdades a medias me lo ponían difícil.

—¿No te preocupaste por mí?

—pregunté.

—Ya eres mayorcita, Jade.

Sabía que podías cuidarte sola.

Las palabras dolieron más de lo que esperaba.

Lo bastante mayor para sobrevivir sola.

No lo bastante importante como para que se asegurara de que estaba bien.

Exhalé lentamente.

—Si soy tan mayorcita —dije—, ¿entonces por qué nunca me dijiste que era adoptada?

Sus ojos se abrieron como platos.

—¿Por qué no me dijiste que no me habías dado a luz?

—mi voz se elevó a mi pesar—.

¿Por qué dejar que creyera que mi padre estaba muerto?

¿Por qué dejar que creciera pensando que no tenía a nadie?

Abrió la boca y volvió a cerrarla.

El miedo y la culpa cruzaron su rostro.

Reí suave y amargamente, y luego me aparté un poco, lo suficiente para mirarla a los ojos.

—¿Sabes lo humillante que es enterarse de la verdad por extraños en lugar de por la mujer que te crio?

Alanna negó con la cabeza, con los ojos también brillantes.

—Cariño…

Levanté la palma de la mano, y su expresión de pura conmoción hizo que algo retorcido dentro de mí se sintiera exultante.

—Descubrí quiénes son mis padres —esbocé una media sonrisa, conteniendo las lágrimas—, el Rey Licano y la Reina Licana.

Se puso rígida.

No se esperaba esa revelación.

—Todo el mundo piensa que es una especie de milagro —continué, mientras las palabras salían a borbotones—.

Como si debiera estar agradecida.

Como si hubiera ganado un premio.

Me temblaban las manos, y todas las emociones que había logrado reprimir empezaron a desbordarse.

—Pero nadie me preguntó si quería esto… si estaba preparada.

Simplemente… me recogieron y me dejaron caer en una vida llena de expectativas, política y, probablemente, enemigos que me quieren muerta.

Se me quebró la voz.

—Me entrenaron, Mamá.

Incluso me presionaron.

Y tuve que quedarme ahí y aceptarlo porque, al parecer, ese es mi deber.

Tragué saliva con dificultad.

—Todo eso fue soportable.

Incluso cuando se reveló el resultado de la prueba de ADN que me habían hecho en secreto, que demostraba que yo era realmente la hija del Rey, me aferré a la idea de que sí, que por fin conocería o sabría algo de mi madre biológica.

Aun así, mi padre ni siquiera quiere decirme por qué mi madre me abandonó.

¿Acaso yo…?

De repente sentí que me faltaba el aire en los pulmones y se me oprimió el pecho.

Mis pensamientos se arremolinaban y todas mis emociones reprimidas volvieron de golpe.

—¿No me querían?

¿No me deseaban por ser una niña o…?

La lágrima que había estado conteniendo rodó por su mejilla.

—Shhh…
Sorbí por la nariz, sin saber si era ella la que necesitaba consuelo o si era yo la que lo necesitaba.

Aun así, omití deliberadamente cualquier cosa sobre mis parejas, supuestamente lo único bueno que había salido de todo esto.

—Siempre supe que no venías de una familia corriente, gracias a tu marca de nacimiento, pero… —dudó.

Instintivamente, bajé la mirada a mi pecho y me llevé la mano a la parte superior del escote, entre los senos, donde se encontraba mi marca de nacimiento en forma de estrella y luna creciente.

Afortunadamente, aparte de mis padres biológicos y Alanna, nadie sabía que tenía esa marca de nacimiento.

Podía sentir el miedo que emanaba de ella mientras elegía sus palabras con cuidado.

—Es solo que… nunca pensé que fueras de la realeza.

Siento mucho que hayas tenido que enfrentarte a todo eso sola…
Sus palabras eran pesadas pero reconfortantes, aunque no borraran el dolor que sentía.

—Yo… quiero saberlo todo —murmuré.

Asintió, su mano sujetando la mía.

—¿Cómo acabaste conmigo cuando mi padre aún vivía?

Sus labios temblaron mientras contaba la historia.

—Te encontré en una carretera, llorando.

Acababa de romper con mi novio y… ni siquiera sé por qué, pero supe que estabas destinada a ser mía.

Quería orinar en los arbustos y oí tus llantos.

Yo… no podía dejarte allí.

Asintió rápidamente.

—Sí.

Solicité la adopción tan rápido como pude.

—¿Por qué no intentaste buscar a mis padres?

Alanna negó con la cabeza.

—Llámame egoísta… pero ¿una niña abandonada en medio de la nada?

Parecía que tus padres no querían que los encontraran.

La honestidad dolió, pero era lo primero sincero que había dicho en todo el día.

Sintiendo el daño que había causado sin saberlo, negó con la cabeza.

—Pero sobre todo… solo quería que estuvieras a salvo, amada y protegida.

Quería que fueras mía.

Me apartó el pelo de la cara mientras me secaba la mejilla.

—Siento que tuvieras que enterarte de esta manera.

La miré, y entonces una rabia y un dolor incontrolables que había intentado calmar surgieron dentro de mí.

¿Lo sentía?

¿Lo decía en serio?

—Mamá… ¿ibas a decírmelo alguna vez?

Alanna dudó antes de negar con la cabeza.

—No hasta que fueras mayor.

Sus palabras me sentaron fatal.

—¿Cuánto mayor?

—espeté—.

¡Merecía saberlo!

—¡Tenía miedo!

—sollozó—.

Miedo de que me dejaras por ellos.

No sabía cómo una Reina podía abandonar a su única heredera, Jade… pero nunca te vi como a alguien no deseada.

Nunca.

—Bueno, felicidades —susurré, mientras más lágrimas corrían por mis mejillas—.

Tenías razón en tener miedo… porque duele.

Me pasé toda la vida intentando no existir de forma demasiado notoria.

Y ahora todo el mundo espera que sepa cómo ser importante.

Sus manos temblaron al alcanzar las mías.

—Por eso no te lo dije.

Se necesita más que dar a luz a un niño para formar una familia.

Tú… tú eres mi hija.

Quiero que sepas que te quiero.

Te quiero a ti.

Siempre.

Reprimí un sollozo, me levanté bruscamente y di un paso atrás.

Sentía el pecho oprimido.

Necesitaba aire, distancia… cualquier cosa.

Pero sus brazos me envolvieron en un cálido abrazo antes de que pudiera alejarme, atrayéndome de nuevo hacia abajo.

Me resistí medio segundo.

Entonces, todo lo que había estado conteniendo se hizo añicos.

—Te quiero, Jade.

Eres mía.

La sangre no tiene nada que ver.

Mis manos se movieron solas, envolviendo sus brazos, aferrándome a ella como si pudiera volver a desaparecer.

Me abrazó más fuerte mientras sollozos desordenados e incontrolados brotaban de mí.

—Yo no pedí nada de esto —lloré—.

Solo quería a mi mamá.

—Lo sé.

Y ahora estoy aquí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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