Destinada a los Alfas Trillizos - Capítulo 56
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Capítulo 56: Llevado
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CAPÍTULO 56
~Punto de vista de Jade~
Ese día en la escuela fue un desastre. A mis parejas les costaba mantener la compostura. Era como si todo el mundo anduviera con pies de plomo a su alrededor.
A este ritmo, era imposible que la Directora no se enterara de lo que estaba pasando.
Justo cuando me iba al terminar las clases, pasé por delante del despacho de la directora para entregarle la llave del laboratorio de física a nuestro profesor y oí a su secretaria decirle a la Profesora Aqua que la Directora Vale se había ido más temprano.
Solté un suspiro de alivio y seguí mi camino con la cabeza gacha. No tardé en salir del edificio de la escuela y dirigirme hacia la entrada.
Apenas había dado unos pasos fuera del edificio cuando una voz familiar me llamó por mi nombre. Alcé la vista y vi a Kael caminando hacia mí, con una mano metida en el bolsillo.
—¿Kael?
Sonrió en cuanto nuestras miradas se encontraron, y algo en mi pecho se relajó a pesar del caos del día.
—Jade —saludó afectuosamente mientras acortaba la distancia entre nosotros. Su mano permanecía metida despreocupadamente en el bolsillo, pero no había nada de informal en la agudeza de su mirada. Parecía un hombre que ya estaba en medio de algo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté—. Creía que trabajabas hasta tarde.
—Así es —respondió con suavidad—. Hoy me reúno con el informante. Hay que hacer una compra.
Mi andar vaciló. —¿Una compra?
Sus labios se curvaron ligeramente al ver mi expresión. —Es hora de atraparlos.
Abrí los ojos como platos. —¿Atrapar a quién exactamente?
Se rio entre dientes y alargó la mano para darme un golpecito en la frente. —No te preocupes por mi operación. Tú céntrate en la escuela. Yo me encargaré del resto.
Eso no me tranquilizó tanto como él parecía pensar.
—Lo digo en serio —continuó, suavizando el tono—. Vete a casa. Te he preparado algo rico de comer. Pollo asado, huevos revueltos, verduras y arroz. Comida de verdad. No esas galletas con las que pretendes cenar.
No pude evitar sonreír. —¿Has cocinado tú?
—¿Recuerdas que yo solía preparar la cena para ti y tu madre siempre que venía de visita, verdad? —preguntó.
—Vaya, yo pensaba que era mamá.
—¿Esa es la mentira que te contó? —se rio entre dientes—. Siempre cocinaba yo. Ella veía mis visitas como una vía de escape y unas vacaciones. No puedo creer que se llevara todo el mérito —dijo, con un falso agravio parpadeando en sus ojos.
—Yo tampoco me lo creo —bromeé.
—Qué graciosa. Ahora vete. Volveré tarde.
—Ten cuidado —murmuré.
—Siempre lo tengo.
Asentí y pasé a su lado, aunque una sensación de pesadez se instaló en mi estómago mientras me alejaba.
En lugar de ir a casa de los Trillizos Alfa para entrenar como de costumbre, decidí coger un taxi directo a casa. Tampoco estaba de humor para los murmullos de los demás estudiantes, ni quería encontrarme con Isadora o Ziva.
Necesitaba silencio.
El trayecto en taxi empezó con normalidad. La ciudad tenía el mismo aspecto de siempre: el tráfico era constante, los vendedores ambulantes pregonaban desde las aceras y la vida seguía adelante como si nada hubiera cambiado.
Apoyé la cabeza en el asiento y cerré los ojos un momento, reviviendo el incidente de esta mañana, cuando sentí que el coche reducía la velocidad.
Por instinto, abrí los ojos para ver por qué nos habíamos detenido. Delante de nosotros, unas barricadas naranjas bloqueaban la carretera.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté al conductor.
El conductor se inclinó hacia delante, entrecerrando los ojos. —Parece que han cortado la carretera. A lo mejor son obras.
Extraño. No había obreros, ni señales ni linternas. Así que, definitivamente, no eran obras.
Murmuró algo por lo bajo y metió la marcha atrás. —Tomaré otra ruta, señorita. Póngase cómoda y relájese.
Giramos por una calle más pequeña. Exhalé lentamente, pero la inquietud no desapareció. Apenas un minuto después, el conductor frenó en seco.
—¿Y ahora qué? —pregunté, incorporándome en el asiento.
Un gran camión estaba cruzado en la carretera, en ángulo, como si se hubiera averiado o hubiera sufrido un accidente. Tenía las luces de emergencia apagadas. No había nadie fuera.
—Esto es raro —masculló el conductor. No supe por qué, pero mi pulso empezó a acelerarse. Volvió a poner la marcha atrás—. Tendremos que volver por donde hemos venido.
El motor rugió mientras empezábamos a retroceder. Fue entonces cuando un jeep negro dobló la esquina detrás de nosotros.
Iba demasiado rápido, y entonces se detuvo justo detrás de nuestro taxi, embistiéndonos. Al mismo tiempo, el conductor pisó el freno a fondo para detenerse y evitar una colisión, pero ya era demasiado tarde.
La colisión nos sacudió. Por un momento, todo se volvió borroso, y el único sonido que oí fue un agudo pitido en mi cabeza, seguido de gritos lejanos.
«¿Jade? ¿Jade? ¿Jade?». La voz aterrorizada de Javelin llenó mi cabeza, atrayéndome de vuelta.
Miré hacia el asiento delantero y vi al conductor toser, con manchas de sangre en un lado de la cabeza.
«¿Qué está pasando aquí?».
Mis dedos se aferraron al asiento.
Las puertas del jeep se abrieron casi al unísono y varios hombres enmascarados salieron, moviéndose en nuestra dirección.
—¡Conduce! —ordené, pero el miedo y el pánico se apoderaron de mí cuando los hombres sacaron sus armas. Mi corazón se estrellaba violentamente contra mis costillas. —¡Ahora!
—¿Adónde? ¡No hay a dónde ir! —espetó.
El conductor tragó saliva. —Quédese dentro —susurró, aunque su voz temblaba.
Uno de los hombres se acercó al lado del conductor. En cuanto lo vi levantar el arma hacia la ventanilla destrozada, el instinto se impuso al miedo. Abrí la puerta de una patada y salí del taxi a trompicones.
Mis zapatos pisaron el asfalto de forma irregular y me tambaleé, a punto de perder el equilibrio. La grava se me clavó en las palmas de las manos al apoyarme para no caer, pero me obligué a enderezarme.
El enmascarado que estaba junto al conductor giró la cabeza bruscamente al verme.
Era todo lo que necesitaba. Mis pies se movieron solos y eché a correr. No pensé. No planeé. Simplemente corrí.
«¡Jade!», gritó Javelin en mi cabeza.
Casi de inmediato, unas pisadas retumbaron tras de mí. Cuatro de ellos se separaron del grupo y cargaron en mi dirección, abriéndose en abanico mientras avanzaban. No eran matones cualquiera. Estaban coordinados.
Delante de mí, la parte trasera del camión se abrió con un chirrido. El corazón se me hundió en el pecho cuando otros dos enmascarados saltaron desde allí, cortándome el paso.
Me desvié bruscamente a un lado, en dirección al estrecho espacio que había entre el camión y una valla baja. Si tan solo pudiera pasar…
Una mano salió disparada y me agarró la muñeca. Reaccioné por puro instinto.
Giré bruscamente y le di un rodillazo ascendente con toda la fuerza que pude reunir. Mi rodilla impactó de lleno en su entrepierna. Él gruñó y aflojó el agarre.
Me liberé de un tirón y volví a salir disparada.
Apenas había dado dos pasos cuando algo se me aferró al tobillo.
Grité cuando me derribaron de un tirón en la pierna.
El suelo se precipitó hacia mí con violencia. Mi hombro se estrelló contra el asfalto y un dolor agudo me recorrió el brazo. Rodé sobre la espalda, pataleando salvajemente para intentar soltarme del hombre que me agarraba la pierna.
—¡Suéltame! —grité, pero siguió sujetándome.
En cuestión de segundos, los demás me rodearon, formando un muro a mi alrededor. Sus sombras bloquearon la mortecina luz del día.
Intenté arrastrarme hacia atrás, pero una mano pesada me aplastó el hombro. Otra me agarró la mandíbula y, antes de que pudiera darme cuenta de lo que pasaba, algo me golpeó en la nuca.
El dolor estalló en mi cerebro. Me estremecí, pero al instante siguiente, me presionaron un paño con fuerza sobre la boca y la nariz.
Un penetrante olor a productos químicos inundó mis sentidos. Me debatí, intentando no inhalar, pero los pulmones me ardían y el cuerpo me traicionó. La visión se me empezó a nublar por los bordes.
Los rostros enmascarados que me miraban desde arriba se deformaron y se duplicaron.
«¡Jade!». La voz de Javelin resonó, lejana, mientras la fuerza abandonaba mis extremidades.
El cielo dio vueltas y, de repente, todo se volvió negro.
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