Destinada: la luna no deseada del Alfa - Capítulo 3
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3: Su lobo 3: Su lobo —¡De rodillas, Hueca!
—ordenó, usando su aura autoritaria Alfa para forzarla a caer.
Viola cayó de rodillas con una fuerza que le lastimó las rótulas, con la cabeza gacha mientras la sangre goteaba de su ojo al suelo, y su cuerpo temblaba bajo el peso de la energía del Alfa.
—Yo… lo siento, Luna —dijo, mientras lágrimas calientes se mezclaban con la sangre al rodar por su cara.
—Te habría matado, pero nuestra manada se está quedando sin Huecos para trabajar y servir a mi Luna.
¡Fuera!
—gritó, desechando a la inútil Hueca antes de volver a centrar su atención en su pareja.
—¿Por dónde íbamos, mascota?
—ronroneó Evan—.
Déjame soplarte en el dedo.
Antes de que Viola cerrara la puerta de la habitación, se giró para mirar por encima del hombro y observó a la pareja con su ojo sano, con puro resentimiento.
Durante los días siguientes, Viola no pudo ver por el ojo derecho y le dolió la cabeza constantemente.
No le dieron de comer y, aun así, la obligaron a tomar la píldora para ocultar su aroma mientras trabajaba sirviendo a la Luna de la manada.
Muchas veces pensó que moriría por los retortijones de estómago que le provocaban la píldora y la falta de comida, pero no fue así.
La muerte habría sido bienvenida, pero la Diosa Luna no consideraba que una criatura insignificante como ella fuera digna ni de eso.
Se cruzó con sus padres y antiguos amigos en los pasillos de la mansión del Alfa varias veces, pero ellos actuaban como si no la conocieran al pasar a su lado.
La trataban como si fuera aire, aunque al menos el aire era reconocido, porque la gente lo respiraba.
Su padre podría haberla salvado de este destino, pero como no era su hija biológica, no le sorprendió que permitiera que sufriera.
Solo la habían tolerado por los beneficios que les reportaba mientras aún estaba con Evan y por su potencial para convertirse en Luna.
Ahora que había sido reducida a una Hueca, ya no tenían ninguna razón para reconocerla o tolerarla.
Había vivido la mayor parte de sus diecinueve años entrenando para ser una Luna, haciendo que sus padres adoptivos se sintieran orgullosos para que nunca se arrepintieran de su decisión de rescatarla de una pesadilla, y la habían presentado felizmente a todo el mundo como su querida hija, hasta que hace cuatro años se convirtió en una deshonra.
Y si se dijera a sí misma que cada uno de los rechazos no le desgarraba el alma, sería una mentira que nunca podría creer de verdad.
Hacerla pasar hambre no era suficiente tormento para la nueva Luna.
Muchas veces, Leni la mandaba a llamar para que la sirviera y buscaba deliberadamente la forma de complicar las cosas para torturarla aún más.
Todas las antiguas amigas de Viola habían empezado a rondar a la nueva Luna y se unieron para hacerle la vida imposible.
—Parece un fantasma andante y huele a cloaca.
¡Oye, Hueca, límpiame los tacones con la lengua ahora mismo!
—ordenó una de las amigas de la Luna, que una vez fue amiga de la propia Viola.
Todas se rieron mientras la veían obedecer sus órdenes de la forma más humillante posible.
—Pedazo de mierda inútil.
Espero que no te robe la comida, ¿verdad, Luna?
No parece lo bastante hambrienta para ser una Hueca —comentó Lilly, la hija del Beta de una pequeña manada vecina que buscaba el favor de la Manada Saucelluna; alguien que se había pasado la vida lamiéndole el culo a Viola en el pasado y hablando mal de Leni.
Leni echó un vistazo a la delgada Hueca arrodillada ante su invitada; el uniforme de sirvienta le colgaba del cuerpo como un saco.
«Pronto se volverá invisible de lo delgada que se está quedando», pensó Leni con silenciosa satisfacción.
—No se atrevería a robar, porque toda Hueca conoce las consecuencias de una acción así —dijo la Luna con una sonrisa disimulada y, acto seguido, continuó haciendo la vida de Viola aún más dura.
—¡Ay, me ha cortado en el dedo!
—gritaba Leni, y el Alfa aparecía en un parpadeo, golpeando a Viola u ordenando a los Deltas que le dieran una sobredosis de acónito y la obligaran a arrodillarse fuera, bajo el sol.
—¡Me ha dejado el pelo demasiado corto!
—gritaba Leni, y un Evan enfurecido pateaba o golpeaba a Viola sin importarle el daño que le causaba.
Esa noche, Viola yacía destrozada y dolorida en la fría habitación de los Huecos, contemplando el resquicio de luz de luna que se filtraba por la ventana mientras lágrimas silenciosas rodaban por las comisuras de sus ojos.
No pudo evitar preguntarse, por enésima vez, qué había hecho que Leni, y el hombre al que se lo había dado todo, la odiaran hasta ese punto, y por qué la Diosa Luna había elegido semejante destino para ella.
—¿Por qué yo, Diosa Luna?
¿Es por lo que hice hace años?
Solo era una chica embriagada de amor y ya me arrepiento, ¿no es suficiente castigo?
—susurró para sus adentros, sintiendo un nudo enorme en la garganta.
Había sido una persona terrible en nombre del amor, pero ese amor la había abandonado, dejándola con un presente doloroso y amargo.
Se había arrepentido de muchas cosas que hizo en el pasado, ¿no era suficiente castigo?
¿Era ese realmente su destino?
—No me gusta mi destino… Quítame la vida si vas a seguir haciéndome sufrir por ser una sin lobo quebrada.
Viola estaba acostumbrada a llorarle a la luna y no obtener nunca una respuesta, ni consuelo de nadie, porque no tenía a nadie.
Durante cuatro años, sus días habían estado llenos de sufrimiento y una soledad inmensa que lentamente carcomía algo en su alma.
No tener a nadie en el mundo era como una dolorosa maldición que lentamente quebraba el corazón y destrozaba el alma.
Pero en ese momento, de repente sintió una extraña agitación de energía que comenzó a crepitar en lo profundo de sus venas, como un poder o un ser ajeno.
Nunca antes se había sentido así.
¿Qué le estaba pasando?
Se agarró la cabeza.
Justo cuando esa pregunta se formaba en su mente, oyó una voz extraña y lejana dentro de su cabeza.
«No eres una sin lobo.
Estoy aquí.
Haz lo correcto y encuéntrame.
Encuentra a nuestra pareja destinada y encuentra a Ivy; cuando lo hagas, acudiré a ti».
Viola se incorporó de golpe, conmocionada por la repentina voz de su loba.
¿Su loba?
¿Ella… tenía una loba?
Su corazón comenzó a latir con fuerza y buscó en los recovecos de su mente a esa voz que acababa de sobresaltarla y, al mismo tiempo, le había dado una esperanza repentina, pero solo encontró un tranquilo vacío, como si el ser que acababa de aflorar en su interior se hubiera desvanecido de repente.
Era casi como si lo hubiera imaginado.
Por mucho que intentó volver a llamarla, solo el silencio le respondió; nada más que el sonido de su propio corazón martilleando en sus oídos.
¿Acaso había imaginado esa voz?
No todo el mundo tenía la capacidad de comunicarse con sus lobos; se decía que solo los Alfas podían hablar con sus lobos interiores.
¿Qué podía significar?
Su loba no había emergido, pero ella había oído claramente su voz hacía solo unos momentos.
¿A qué se refería con «encuéntrame»?
¿Y con «nuestra pareja destinada»?
Eso era imposible.
Sin una loba, nunca se podía encontrar a su pareja destinada ni reconocerla.
Y sin una pareja, Viola sabía que se pudriría aquí para siempre y moriría siendo una Hueca.
Pero Ivy…
Cada músculo de su cuerpo se tensó al oír el nombre que había intentado borrar de su vida, que no había logrado borrar y que todavía la atormentaba.
Ivy, su hermana gemela y la única persona que la había querido de verdad en este mundo.
Sin embargo, Viola lo había arruinado todo y provocado su separación, del mismo modo que había arruinado su propia vida por confiar en Evan y amarlo.
Si Ivy y su pareja destinada eran la única forma de que recuperara a su loba y fuera libre, entonces… Viola sabía que era casi imposible.
Nunca podría encontrar a su pareja destinada sin su loba.
Y su hermana gemela…
¿Era por la ausencia de su gemela por lo que su loba se había negado a emerger?
Se preguntó Viola, y su corazón se hizo añicos al asimilar la idea, sabiendo que era imposible encontrar a Ivy ahora, no después de lo que Viola le había hecho años atrás.
—Estoy condenada… —sollozó para sí, haciéndose un ovillo en el frío suelo, con los brazos apretados con fuerza alrededor de las rodillas, y llorando hasta caer en otro sueño de pesadilla, uno sobre su gemela, que la había perseguido sin descanso durante años.
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