Destinada: la luna no deseada del Alfa - Capítulo 68
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- Capítulo 68 - 68 Competición Parte 3
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68: Competición: Parte 3 68: Competición: Parte 3 Zoe asintió y luego hizo un último ajuste en las mangas del equipo mientras decía: —Lo hice grueso para que ayude si tienes que enfrentarte a un lobo.
Ofrecerá un poco de resistencia contra mordiscos y garras.
Estás preciosa, Vee —dijo mientras miraba a su amiga a través del espejo, admirando su figura perfecta que muchas envidiarían o incluso por la que matarían.
Tenía el rostro y los rasgos más hermosos que era imposible no quedarse mirando para admirar, y Zoe esperaba que no fuera un desperdicio ese día.
—Gracias —dijo Viola mientras veía a Zoe salir del lugar, limpiándose las mejillas al marcharse.
A Viola le ardía la garganta por cómo Zoe había estado sollozando en silencio, lo que solo aumentaba su miedo, y no podía permitirse el lujo del temor y las lágrimas ahora.
Necesitaba pensar con claridad y calcular cuidadosamente su estrategia.
Cuando Zoe se fue, Viola se giró hacia el espejo y se miró fijamente a los ojos.
A pesar de lo mucho que detestaba aceptar nada del Alfa, se había puesto las lentillas para poder afrontar esta batalla sin preocuparse de que se le cayeran las gafas en mitad de la contienda.
Lo último que quería era quedarse ciega en medio de una pelea o en un momento crítico.
No sabía por qué le había enviado esas cosas la noche anterior y, después de haberle colgado, su orgullo no le permitía devolverle la llamada para preguntarle al respecto o pedirle una aclaración.
Viola era muy consciente de a qué se enfrentaría gracias a la chuleta.
Se quedó mirando el traje que le había dado Zoe, luego la muñequera de Nick y, por último, las lentillas del Alfa que llevaba puestas, ajustándose a su visión a la perfección.
—Regalos de gente a la que solo puedo corresponder con mi victoria —susurró suavemente.
Luego añadió para sus adentros que el Alfa era la excepción, por supuesto, pues sabía que tenía motivos ocultos que tendría que descubrir sobreviviendo a esto.
El Alfa seguía siendo desconcertante e impredecible para ella, un hombre que aún no podía comprender.
Viola cogió sus dagas y las ajustó con cuidado en la funda del cinturón.
Su corazón latió un poco más rápido, golpeando con fuerza contra sus costillas, pero reprimió cada ápice de miedo, cada punzada de duda, y los hundió en el rincón más oscuro de su mente.
No podía permitírselos, no ese día, no cuando todo estaba en juego.
Salió de la habitación y, al poco tiempo, le tomaron fotos a ella y a los otros dos participantes.
En el momento en que sus imágenes se proyectaron en la gran pantalla del interior de la arena y en todas las pantallas holográficas de Plata, mucha gente no pudo evitar admirar el traje que llevaba la chica sin lobo y su poderosa postura.
En lugar de tener la imagen de un lobo a su espalda como los demás participantes, ella aparecía de pie, sosteniendo con firmeza el arco y las dagas en sus manos, con aspecto de estar lista para la batalla.
La mirada feroz de sus ojos azules mientras miraba directamente a la cámara hizo que muchos casi creyeran que quizá no era tan débil como habían supuesto.
Solo que tenía la mala suerte de no tener un lobo, porque un arco y unas dagas no bastarían para salvarla de lo que le esperaba ese día.
Sebastian, que estaba sentado en el palco de honor reservado para la familia gobernante dentro de la arena, la miraba fijamente en la enorme pantalla que tenía delante con una expresión completamente impasible que ocultaba sus pensamientos.
—Tío, el arco y las flechas no la salvarán —comentó Matt a su lado, mirando la pantalla con leve escepticismo y sintiendo algo de lástima por la chica sin lobo que, simplemente, debería haber aceptado la oferta de ir a América hacía meses.
De haberse ido, ahora tendría una casa propia y se habría asegurado una fuente de ingresos mensuales fijos del Alfa, pero dejó escapar esa oportunidad por esto.
Y esos malditos ancianos ya estaban empeñados en deshacerse de ella hoy en esta competición y en bloquear cualquier posibilidad de que ganara.
Por mucho que a Matt no le cayera especialmente bien, no deseaba su muerte.
—¿Quién le aconsejó que eligiera esas armas?
No le servirán de nada, Seb.
La comisura de los labios de Sebastian se crispó ligeramente.
—Te sorprenderá para qué puede usarlas —dijo él con calma, aunque su tono encerraba un doble sentido.
«Es preciosa», pensó mientras la miraba en la pantalla.
Su belleza era algo que uno no habría notado meses atrás, pero ahora estaba saliendo a la luz, sobre todo con esa bonita y pequeña nariz que acentuaba sus delicados rasgos.
No solo era una belleza, sino que era audaz; obstinadamente audaz.
«Y es mi chica.
Mi chica ganará, no debe morir», dijo Muffin con una confianza inquebrantable.
«Su terquedad podría ser su perdición hoy.
Puede que no gane», replicó Sebastian con un suspiro silencioso.
«¿Otra vez con eso?», preguntó Muffin, molesto de que Sebastian volviera a subestimar a su pareja.
Sebastian no la estaba subestimando; era realista.
Había visto el juego y ella necesitaría a su loba para tener una oportunidad real, pero no la tenía.
Había desaparecido de su cuerpo o se escondía por razones que él desconocía o no comprendía.
La había llamado la noche anterior para ayudarla y para decirle que se reuniera con él en los campos de entrenamiento para darle algunos consejos de supervivencia, pero ella le había colgado e incluso se atrevió a bloquear su contacto después, poniendo a prueba los límites de su paciencia.
Nadie le colgaba jamás, ni siquiera sus aliados más cercanos.
Sebastian se había molestado tanto la noche anterior que, después, le había enviado un mensaje a Laila y había vuelto a apoyarla, ya que empezaba a parecer que ella podría ser la verdadera ganadora de ese día, tal y como los ancianos ya habían predicho.
Las posibilidades de Viola ese día no solo eran escasas, sino casi imposibles.
Se quedó mirando su foto de perfil, sintiendo cómo su corazón se oprimía dolorosamente mientras sus entrañas ardían ante la sola idea de perderla, pero era incapaz de hacer nada ahora que era demasiado tarde para interferir o ayudarla de la forma que había pretendido la noche anterior.
«Pequeña idiota testaruda, más te vale ganar y no hacerme pasar por el intenso desconsuelo de perder a una pareja.
Más te vale convertirte en mi esposa y conseguir tus tres deseos».
En el poco tiempo que había pasado con ella, la había encontrado mucho más interesante que todas las mujeres que había conocido hasta el momento y sentía un deseo desconocido por conocerla mejor.
Pero, por otra parte, si no ganaba esta competición, significaría que no tenía lo que hacía falta para ser su Luna y que no se lo merecía.
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