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Destinado a ser un villano - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 ASIMILACION
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1: ASIMILACION 1: ASIMILACION Era un día cualquiera.

Las mañanas en Santiago —o en cualquier ciudad— siempre tenían ese ritmo mecánico: bocinas a lo lejos, gente arrastrando la rutina, cafeteras que escupían vapor en esquinas y el olor a pan recién hecho mezclado con smog.

Nadie prestó atención cuando el primer hombre cayó.

Una señora empujaba su cochecito; un ciclista revoleó la bicicleta al ver al tipo desplomarse como si lo hubiesen apagado; nadie comprendió al principio.

Al segundo, la confusión se multiplicó.

Gritos, pisadas, una docena de celulares apuntando a la escena sin que nadie supiera qué grabar.

Al tercero, la gente corrió en todas direcciones.

En cuestión de minutos el planeta entero se sumió en un silencio pesado, denso y absoluto.

Millones de cuerpos, en plazas, en oficinas, en trenes, se fueron al suelo uno tras otro.

No hubo respiro, no hubo explicación.

El mundo moderno —con sus industrias, sus estados, sus fronteras— quedó dormido en un parpadeo.

Cuando despertaron, ya no estaban en la Tierra.

El cambio fue tan brutal que la gente se sintió enferma antes de entenderlo.

El cielo no era el que conocían: en lugar de azul y nubes discretas había un techo enorme de tonos púrpura donde flotaban tres lunas, cada una con una luz distinta, pálida, plateada, y una más rojiza que parecía hervir en el horizonte.

Montañas flotantes recortaban el cielo; en el horizonte se elevaban columnas de piedra hueca cubiertas de runas que brillaban con una fosforescencia leve.

Un aire nuevo, denso, húmedo y eléctrico, les rozó las membranas; quienes sabían ignorar la ciencia por un momento sintieron cómo algo dentro se activaba: calor en la nuca, un hormigueo que no era ni placer ni dolor, sino señal.

Criaturas que no pertenecían ni a bestiarios ni a pesadillas de ningún cuento se movían a lo lejos, recortando siluetas imposibles.

Bestias con colmillos como lanzas, aves con plumas que parecían cuchillas, insectos transparentes que emitían notas como cristales.

Las ruinas de una civilización anterior se alzaban aquí y allá: arcos gigantes, estatuas medio enterradas con rostros que tal vez —quizá— alguna vez fueron dioses.

Pánico, síncope, negación.

Lo que siguió fue una mezcla de culpa y supervivencia: la gente se agrupó, buscó a los suyos, lloró, discutió y trató —en vano— de que algo lógico explicara lo ilógico.

Los gobiernos, donde existían, no respondían; los militares despertaron en campos abiertos sin órdenes y con armas inútiles frente a lo incomprensible.

En horas, las ciudades se convirtieron en pequeños microcosmos de supervivencia.

Las alianzas nacieron por necesidad.

Los saqueos, el hambre y la rabia también.

A pocos kilómetros del primer lugar donde la ciudad dejó de ser la ciudad, un joven se limpiaba la sangre que le había quedado en las manos.

No era sangre humana: tenía un tinte verdoso y aceitoso.

La vida anterior de ese joven no había sido amable; su nombre era Kael.

Había pasado por noches donde la calle era escuela y cárcel a la vez, donde aprender a pegar era la forma más rápida de sobrevivir.

Tenía cicatrices que no siempre dolían, recuerdos que apretaban el estómago.

Y en esa mezcla de recuerdo y presente, encontró algo que le resultó familiar: el instinto, la violencia justa para recibir al mundo cuando este lo empujaba.

El bosque que lo rodeaba respiraba con una luminosidad extraña.

Árboles cuyas hojas emitían un brillo suave se mecían sin viento aparente.

Un olor metálico le llegó a la nariz, y al girar, Kael vio la criatura: pequeña, rápida, con ojos amarillos que reflejaban la luz como piedras.

Un goblin, o la versión de un goblin, con incisivos desiguales y una piedra afilada entre las manos.

El primer impulso fue huir, como cualquier instinto primario.

Pero había peores hábitos que huir.

Kael recordó un puñado de noches en las que la nada, la indiferencia de los demás, le vaciaba los bolsillos y el estómago.

Recordó el frío.

La rabia subió, limpia y precisa.

Se plantó.

El goblin atacó con una velocidad sucia, un rayo de dientes y piedra.

Kael respiró hondo, el cuerpo recordando ocasiones en las que la supervivencia dependía de un movimiento.

Esquivó por un costado, apoyando el talón en una raíz y girando con la inercia, su mano encontrando una rama gruesa que se transformó en arma improvisada.

Con un golpe seco al mentón de la criatura, escuchó un chasquido que resonó como un golpe en su memoria.

La sangre verde salpicó su brazo.

No esperó a que el animal reaccionara: golpeó otra vez, y otra hasta que la cosa dejó de moverse.

Se quedó allí, jadeando, con las manos llenas de algo que no olía a persona.

La adrenalina iba y venía como un tren.

Y entonces, como si el mundo quisiera jugar una broma con lo humano, una luz azul se condensó ante sus ojos y una voz —o más bien un conjunto de símbolos flotantes— anunció en letras nítidas: ¡LOGRO DESBLOQUEADO!

Primer ser humano en matar una criatura humanoide.

Recompensa: +15 en todas las estadísticas.

¡LOGRO EXTRA!

Primer ser humano en matar una criatura.

Recompensa: 1.000 monedas del sistema.

Era una interfaz sencilla, minimalista, transparente como el vidrio, con bordes que vibraban apenas.

Dentro, un menú: Inventario.

Tienda.

Habilidades.

Misión Principal.

En la esquina superior, en letras más pequeñas: [Sistema Universal de Adaptación — Nivel 1].

No había tono de voz ni sonido sintetizado; todo se presentó como un hecho y desapareció —dejando en su lugar la certeza de que las reglas habían cambiado.

Kael no supo si reír o vomitar.

Tocó la palabra “Tienda” casi por impulso.

Una lista emergió: armas, armaduras, herramientas, objetos extraños con nombres que no tenían traducción.

Muchos ítems ostentaban precios inalcanzables salvo para quien, como él, acababa de conseguir monedas del aire.

Los ojos se le clavaron en dos cosas: —Espada Rara de Hierro Negro — 950 monedas.

—Traje de Ladrón Sombrío — 50 monedas.

No era que no hubiera economía, era que la economía ya no era la de antes: eran monedas que el sistema depositaba como premio en algún cajero invisible.

Kael sintió la tentación.

La espada le pareció pesada, aunque solo la había visto en brillo.

La ropa prometía sigilo.

Compró ambos sin titubear.

Sintió la transacción como si alguien hubiera apretado un interruptor dentro de su pecho.

Una luz envolvió su cuerpo; la espada apareció en su mano con un peso que era real, la tela del traje le rozó la piel con un frescor que reconoció como promesa.

Guardó la hoja en la espalda y se ajustó la capucha.

Era una gracia: una ganga por la que había pagado con sangre y la primera moneda del sistema.

A lo lejos, una estructura sobresalía entre la bruma: una ciudad.

Ruinas que alguna vez fueron fortaleza.

Murallas quebradas, torres desplomadas.

Y en el medio, un campanario, su silueta recortada contra las lunas múltiples.

El aire olía a óxido, a humo, a cosas podridas.

Sin embargo, algo en esa ciudad lo llamaba.

Avanzó por senderos que habían sido calles, entre casas sin techos, por tiendas que ya no vendían nada.

A cada paso encontraba restos: toldos hechos jirones, banderas quemadas con símbolos que no comprendía, pictogramas quejumbrosos que prometían seguridad en un mundo que ya no sabía lo que hacía.

Y por el camino, pequeños grupos de personas salían de agujeros y escondrijos: miradas ansiosas, barbillas sin afeitar, manos con cortes.

Apenas puso un pie en una plaza central la ventana de misiones se iluminó, con una notificación más formal, con un retintín imperceptible que le recordó a una alerta de teléfono antiguo: ¡MISIÓN DESBLOQUEADA!

“Devuélvele la paz al antiguo Ducado de Lunareth.” Recompensa: 5.000 monedas — +20 puntos de estadísticas.

Kael sonrió, y esa sonrisa no tenía luz.

Era un esbozo frío, calculador.

“Pues lo haré… a mi manera”, murmuró.

No por honor.

No por bondad.

Porque todo en su vida anterior le había enseñado a transformar oportunidades en supervivencia, y sobrevivir, para él, era crear reglas diferentes.

Esa noche encontró la taberna: un edificio con las paredes medio caídas y un letrero que todavía tenía letras doradas pegadas al polvo.

Allí se refugiaban cinco personas.

Tres hombres de miradas endurecidas, una mujer con ojos rápidos y un adolescente que apretaba un frasco de plástico como si fuera su único tesoro.

La tensión en el lugar era densa; las manos buscaban armas; los cuchillos de cocina se apoyaban en las mesas como siluetas de amenaza.

—¿Quién eres?

—preguntó el hombre más alto, con barba reseca y un tono que olía a años de trampas.

—Me llamo Kael —dijo él, sin más—.

¿Buscan protección?

¿Alguien que sea capaz de golpear?

Hubo un silencio que olía a negociación.

Alguien miró a la otra persona y luego a él.

Sus ojos buscaban una razón para confiar.

La ciudad ya no era un lugar de normas; era un tablero de ajedrez donde cada ficha operaba movida por un miedo distinto.

Aceptaron, porque aceptar era el camino más corto entre la nada y la posibilidad de algo.

Salieron en patrulla, moviéndose entre ruinas y sombras, con el sigilo que da el cansancio.

No pasó mucho hasta que el peligro se presentó en forma de forma cuadrúpa: goblins, pequeños en número pero feroces.

Eran más organizados de lo que parecían: salían de los escombros con hilera y colmillos, con ojos locos.

El primer goblin saltó como un látigo hacia uno de los supervivientes.

Kael no pensó: se movió.

La espada negra se elevó con una precisión que no tenía nada de belleza artística; era pura eficiencia.

El filo se hundió entre costillas pequeñas no humanas; el cuerpo se partió como una rama.

El segundo goblin vino por la mujer; Kael giró, puso el talón atrás y cortó en un arco que separó la cabeza.

El tercer goblin, sin esperar, quiso escapar.

Kael lo persiguió, lo alcanzó y con un tajo preciso cortó las piernas del animal para que su cuerpo se viniera abajo, inútil.

No fue espectáculo; fue mensaje.

La sangre verde salpicó como tinta y dejó una marca indeleble en las miradas humanas.

—¿Por qué nos haces esto?

—susurró uno de ellos, con los ojos más grandes que la prudencia.

—Por diversión —respondió Kael, clavando la punta de la espada en la tierra como un cetro.

Las palabras cayeron.

La gente de la taberna no supo si reír o temblar.

Algunos vomitaron por la repulsión; otros, sorprendidos y sin palabras, tomaron distancia.

Aun así, la dinámica que se creó fue clara: Kael había demostrado que protegía, sí, pero bajo sus propios términos.

No era un ángel ni un salvador; era una fuerza.

En ese mundo, una fuerza tenía tanta utilidad como las monedas.

Esa noche, frente a una hoguera pequeña, Kael pidió que se presentaran.

Quería nombres, clases, capacidades.

Era un hábito aprendido: conocer a los demás es empezar a controlarlos.

Darius fue el primero.

Era el tipo grande, con cicatrices que le cruzaban el cuello, como mapas de peleas antiguas.

Se presentó con voz rugosa.

—Darius.

Tanque.

Diez puntos en salud.

Elian, flaco, con ojos inquietos, habló con voz suave y segura.

—Elian.

Mago.

Once puntos en sabiduría.

Lucen golpeó su pecho con la palma.

—Lucen.

Guerrero.

Ocho puntos en fuerza.

Erya dio un paso adelante con una sonrisa tensa, la mano apoyada en la empuñadura de una daga.

—Erya.

Ladrona.

Nueve puntos en sigilo.

Por último Faen, el muchacho con frascos.

—Faen.

Alquimista.

Veinte puntos en sabiduría.

Kael los miró, uno por uno.

Era curioso: Faen, con veinte puntos en sabiduría, parecía el más inútil en apariencia pero quizá el más valioso en práctica.

Elian y Faen podían complementarse; Darius daba cuerpo; Lucen la fuerza bruta; Erya, el sigilo.

Todo cuadraba.

—Mi nombre es Kael —dijo finalmente—.

Mi clase es —hizo una pausa y dejó que la bruma de la hoguera jugara con sus palabras— …Maestro de Estrategia y Combate.

Tengo quince puntos en todas las estadísticas.

Las palabras cayeron con el peso de una afirmación y también de un aviso.

Ni alarde ni mentira: con el tiempo la gente descubriría la verdad de ese número, pero por ahora bastó para que el silencio se hiciera más denso.

Miradas que antes dudaban ahora sopesaban la conveniencia de alinearse con él.

El mundo nuevo no daba tiempo al romanticismo; la lealtad se cosechaba con miedo y pan.

—Desde hoy —decretó Kael, clavando la espada en la tierra como quien marca fronteras—, esta será la Banda de Lunareth.

La hoguera arrojó lenguas naranjas al aire.

Entre sombras, las formas humanas se convirtieron en una promesa.

Algunos miembros murmuraron el nombre con sorpresa; para otros era solo una etiqueta más.

Pero en el fondo, Kael supo que lo tenía, al menos por el momento: manos, hambre y voluntad.

Mientras la ciudad se hundía en la noche, Kael no durmió.

Observó las ruinas, las torres rotas, los símbolos medio borrados.

En uno de los muros, una figura tallada resistía: una luna con una estrella en el centro, un símbolo viejo que no supo leer pero que le produjo una punzada en la intuición.

Lunareth.

El nombre le sonó antiguo, como el eco de algo que había ocurrido antes del nuevo mundo.

Tal vez un ducado, una dinastía, o solo un recuerdo pintado en piedra.

Le gustó el sonido.

Era una marca que podía usar.

Hacia el alba, mientras los primeros rayos de las lunas se filtraban por entre la polvareda, Kael dejó que la ciudad murmurara su primer secreto.

Recorrió calles menores, recogió trozos de metal, piezas de armas, restos que servían para forjar o trocar.

Faen, a su lado, tomó notas en un cuaderno arrugado sobre compuestos que podrían curar o envenenar.

Elian murmuraba fórmulas en voz baja, probando sílabas mágicas que flotaban en la atmósfera como motas de luz.

Darius reparó una puerta para que por la noche nadie entrara.

Lucen afiló la espada que le dieron.

Erya desapareció por unos minutos para traer de vuelta un par de sacos con comida.

Kael observó y calculó.

No era un líder por carisma; su liderazgo era utilitario.

Pero la utilidad en un mundo novo se convierte pronto en ley.

Hizo que dibujaran un símbolo simple en la entrada de su refugio: una luna atravesada por una línea oscura, un loto estilizado.

No era poesía; era marca y advertencia.

Con los días vinieron pequeñas victorias y también problemas.

Los goblins volvieron en oleadas más organizadas; una banda de saqueadores humanos intentó tomarse lo que no les pertenecía; una criatura mayor, una araña con caparazón de cristal, cayó sobre un puesto de vigilancia y dejó otro cadáver para la colección.

Cada enfrentamiento era una prueba y a la vez una escuela.

Los nuevos miembros aprendían y Kael les enseñaba métodos a su manera: disciplina, disciplina y otro tipo de disciplina.

No era bonito, pero funcionaba.

Entre las noches, cuando cenaban silenciosamente junto a la lámpara improvisada, Kael tenía pequeños fogonazos de la vida anterior: su madre llamándolo desde un pasillo, la sensación de vacío cuando un puño entró en su cara, un maestro que lo ridiculizó en la escuela.

Esos recuerdos no eran cursis; eran fértiles.

Si algo lo había vuelto frío, era aquello: la certeza de que el mundo no arregla nada si uno no se lo obliga.

Ahora tenía las herramientas —una espada, un traje, monedas del sistema— y el eco de un símbolo antiguo al que tomaría prestado el nombre.

Una semana después, la ventana del sistema se iluminó de nuevo, una notificación más compleja que la primera: ¡Misión secundaria desbloqueada!

Recupera el estandarte del viejo ducado en la torre del reloj.

Riesgo alto.

Recompensa: 1.200 monedas — Objeto raro.

Kael sonrió.

Era perfecta: exposición, recurso y leyenda en un solo paquete.

La torre del reloj estaba a media hora de su refugio, en el corazón de Lunareth, con columnas derruidas y un pasillo de puertas que crujían como si quisieran que nadie las tocara.

Era una misión apta para forjar mitos.

Esa noche prepararon la expedición.

Darius iría al frente, bloqueando; Lucen sería el músculo; Elian apoyaría con conjuros de luz; Faen llevaría frascos curativos y químicos; Erya cubriría la retaguardia con sigilo.

Kael no explicó todo; no hacía falta.

La idea era simple: entrar, tomar, salir.

Mostrar y consolidar.

Cuando llegaron, la torre era un esqueleto.

Las vigas crujían con el viento y los pasos sonaban como latidos.

Se movieron como sombra que aprende pellejo: Elian murmuró una frase, una luz tenue los protegió; Darius adelantó el paso como muro humano; Lucen rompió un pasillo con furia cuando una puerta se interpuso; Erya trepó por los lados como si conociera cada piedra.

En la cima, el estandarte yacía colgado, deshilachado pero entero.

Era un banderín con la luna y la estrella.

Kael lo arrancó y en ese gesto, frente a una ciudad que no recordaba su pasado pero veía los símbolos, comprendió algo: la historia ofrece herramientas.

Si supiera usar la memoria de un pueblo, podría convertirla en fe o en miedo.

Si supiera colocar su sello en viejas reliquias, la gente lo tomaría como derecho.

Salieron y la ciudad había cambiado con el robo: rumores, miradas, la gente que tardó en creer pero luego susurró.

Lunareth dejó de ser una ruina sin dueños y, con la punta de una espada, Kael empezó a escribir su nombre en la historia.

La banda creció en número a medida que los actos generaban leyenda.

No eran muchos —no aún—, pero lo suficiente para equilibrar la inestabilidad del lugar.

Algunos llegaban por protección, otros por hambre, otros por la inclinación a dejar la moral por la utilidad.

Kael los organizó en roles.

Darius quedó como guardia jefe, Lucen como fuerza de ataque, Erya responsable de exploración y reconocimiento, Elian de apoyo mágico, Faen de invenciones y venenos.

Kael se reservó la dirección y la estrategia, porque sabía trazar el mapa del miedo: cuando la gente teme, obedece; cuando obedece, construyes un poder.

Pero en la noche más oscura, cuando incluso las tres lunas parecían observar en silencio, Kael escuchó un rumor nuevo: viajeros habían visto a alguien en la lejanía con capa blanca, una figura que llamaban “Lumin”.

No era un nombre cualquiera; resonaba como los nombres de historias antiguas que los ancianos solían contar alrededor del fuego, como si el mundo antes del cataclismo hubiese tenido héroes o villanos con rótulos.

Kael dejó que el rumor se esparciera.

Si Lumin era una leyenda, aprovecharla sería valioso; si no, un día podrían encontrarse con algo peligroso.

Nada de eso frenó su ambición, pero sí lo obligó a recordar: detrás de cada mito hay herramientas para quien sabe usarlas.

El primer capítulo de Kael en ese mundo terminó no con gloria ni paz, sino con la promesa de algo más grande: un plan que poco a poco se dibujaba en su cabeza.

No buscaba ser un salvador; buscaba un trono alimentado por miedo, lealtad y moneda.

Y cuando por fin cayó el sueño, su última imagen antes del cansancio fue el símbolo que marcó la entrada a su refugio: la luna atravesada por una línea oscura.

Un emblema sencillo, fácil de bordar en telas, fácil de recordar.

Un signo que, en el futuro, muchos verían antes de decidir si huir o quedarse.

En ese mundo nuevo, Kael había encendido la primera chispa.

No era la chispa de la redención.

Era la chispa del orden que él impondría: no por justicia, sino por dominación.

Y eso, en esos tiempos, era lo que el mundo necesitaba… o al menos, lo que Kael estaba dispuesto a construir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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