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Destinado a ser un villano - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 8 años y 7 meses
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10: 8 años y 7 meses 10: 8 años y 7 meses Javiera invitaba a Kael a tomar once a su casa casi todos los viernes.

A veces él dudaba en ir, porque no estaba acostumbrado a ser recibido con sonrisas ni con pan calentito sobre la mesa.

Pero ella insistía tanto que al final terminaba cediendo.

—Mi mamá hizo queques —decía Javiera con entusiasmo, tirándole del brazo—.

¡Y esta vez no se le quemaron!

La casa de Javiera era pequeña, pero para Kael parecía enorme.

Todo olía a hogar: a mantequilla, a té caliente, a risas que no dolían.

Su madre lo miraba con cierta distancia al principio, pero con el tiempo empezó a tratarlo con cariño.

Le servía más pan, le ofrecía jugo y le decía con una sonrisa cálida: “Come no más, mijito, hay harto”.

Mientras comían, Javiera hablaba sin parar.

Le contaba todo lo que había hecho durante el día, los sueños que recordaba, hasta lo que había comido en el almuerzo.

Kael la escuchaba en silencio, con una sonrisa que le nacía sin darse cuenta.

—Oye, Kael —dijo ella un día, con un trozo de pan en la mano—, cuando seamos grandes quiero que sigamos siendo amigos.

—¿Amigos?

—repitió Kael, levantando una ceja.

—Sí, pero de esos que nunca se olvidan.

Kael se quedó callado unos segundos, luego asintió.

—Está bien —respondió—.

Prometido.

Ella sonrió y, sin pensarlo, le pasó medio pan con mantequilla.

—Entonces ya somos amigos de verdad.

Compartimos la once.

Esa noche, mientras regresaba al Sename, Kael miró el cielo y sintió algo que no recordaba: paz.

Por primera vez, no se sintió solo.

A los 8 años y 5 meses, Cristián se dio cuenta de algo y le preguntó a Kael: —Oye, Kael… ¿qué son tú y Javiera?

Kael, confundido, respondió: —¿Amigos?

¿Por qué lo preguntas?

—Es que se ven muy juntos, la verdad, y no me gusta para nada que pase eso —decía Cristián, creyendo tener derecho a imponer cosas sobre su amigo.

Kael, claramente enojado, replicó: —¿Acaso eres mi papá para darme órdenes sobre con quién juntarme o no?

Además, ella es una amiga y me ha dado mucho más que tú —dijo Kael, totalmente molesto.

—Y… ya, pero tal vez podrías… alejarte un poco —replicó Cristián, tartamudeando y algo asustado.

—¿Y a ti qué te importa con quién me junte?

¡Métete en tus propios asuntos!

—dijo Kael, completamente enojado.

—K… Kael, por favor, no te enojes —decía Cristián con la voz temblorosa y los ojos llenos de miedo.

Kael sintió cómo la rabia le subía por el pecho.

Por un instante pensó en golpearlo, en hacer que se callara, pero algo dentro de él lo detuvo.

Cristián había sido su mejor amigo durante tres meses… su primer amigo.

Contuvo el impulso, respiró hondo y bajó el puño.

Lo que ninguno de los dos supo en ese instante fue que aquel acto —contener la rabia y no golpear— le salvaría la vida a muchos.

Y, al mismo tiempo, condenaría la de otros.

A los ocho años y siete meses, la paciencia de Cristián se rompió.

La idea de que Kael pasara tanto tiempo con Javiera lo consumía; los celos se habían convertido en rabia.

Una tarde, después de clase, reunió a los chicos que odiaban a Kael: los de cuarto, quinto y sexto.

Eran los mismos que para él significaban poder.

—Hoy estamos reunidos para acabar con Kael —dijo Cristián, con la voz temblando entre tensión y excitación—.

Desde que llegó a este colegio ha causado desastres: ha golpeado a gente, se mete con los grandes, defiende a los débiles… Hoy terminamos con eso.

Un murmullo aprobatorio recorrió el grupo.

Un niño más pequeño se atrevió a preguntar con voz temblorosa: —¿Y cómo lo vamos a hacer?

Cristián, que hasta ese momento había intentado mantener la compostura, abrió la mano y mostró algo que brilló a la luz de la farola: un objeto filudo, pequeño, pero lo bastante amenazante como para cortar el silencio.

Era un cuchillo.

El resplandor metálico dejó helados a algunos; a otros los llenó de adrenalina sucia.

—Con esto —dijo Cristián, y su sonrisa se volvió fría—.

Con esto lo vamos a asustar, lo vamos a sacar de su lugar.

Algunos chicos se quedaron inmóviles, dudando; otros, empujados por la emoción del grupo, asintieron.

En los rostros más jóvenes se mezclaban miedo y fascinación.

Nadie pensó en las consecuencias reales: en lo que esto podría desencadenar en una vida que todavía no sabía ser cruel.

Esa noche, la promesa de Cristián empezó a fraguarse.

Lo que él creía que arreglaría su orgullo infantil terminaría por abrir una caja de Pandora donde la violencia nacería de una pequeña venganza.

El plan era simple y frío, diseñado por la rabia de un niño que se sentía desplazado.

Cristián se encargó de los detalles menores; los demás obedecían porque querían sentirse poderosos, sin calibrar las consecuencias.

Primero, la llamada.

Cristián llamaría a Kael con voz urgente y preocupada, pidiéndole ayuda para algo “importante” en la sala de profesores después de la salida.

Lo convencería hablándole de Javiera —que “necesitaba ayuda con unas tareas”— para asegurarse de que Kael no sospechara.

Kael, que siempre acudía cuando alguien pedía ayuda, no dudó en aceptar.

Segundo, el lugar.

Eligieron la sala de profesores porque era un sitio apartado, con puerta que se cerraba con llave desde afuera y pocas ventanas.

Además, era un lugar que Kael reconocía como “neutral”, algo que lo haría relajarse y bajar la guardia.

Tercero, la hora.

La cita sería justo después de clases, en el momento en que la mayoría de los alumnos aún se dispersaba y los pasillos se vaciaban.

Era el instante perfecto para que Kael entrara solo, sin que los adultos se fijaran.

Cuarto, la disposición.

Los chicos se repartirían para que pareciera casual: unos merodearían por los pasillos fingiendo buscar un libro; otros estarían cerca de la salida, como si esperaran a sus padres; dos o tres se esconderían dentro de la sala, agazapados entre mesas y armarios, listos para aparecer en el momento exacto.

Cristián sería el último en entrar, cerrando la puerta detrás suyo y fingiendo sorpresa.

Quinto, la señal.

Había un gesto ensayado: cuando Cristián apoyara la espalda contra la puerta y golpeara dos veces con los nudillos, sería la señal para que los escondidos salieran y rodearan a Kael.

Nadie habló mucho de violencia; la idea era intimidar, dejarlo sin salida y humillarlo delante de quienes se suponía que debían respetarlo.

Mostrar fuerza, arrancarle el control que él había demostrado en el patio.

Sexto, el propósito.

No era robar ni hacer daño mortal —era exponerlo.

Que todos vieran a Kael “débil”, que supieran que también podía ser derrotado.

Cristián quería recuperar su posición, su atención, su control.

Para los otros, era una excusa para dejar salir la crueldad que la agrupación les permitía.

Séptimo, la salida.

Tenían pensado dispersarse como si nada al primer grito, mezclándose con la multitud o saliendo por diferentes puertas, de forma que quedara la sensación de que todo había sido un hecho aislado; Cristián sería quien se llevara la última mirada, la que pretendía decir: “Mira lo que eres”.

Por último, nadie pensó en lo que pasaría después.

El plan tenía el orgullo de un niño como motor y la frialdad de quienes seguían a un líder sin cuestionarlo.

Lo que todos veían como una “broma pesada” o una lección, en realidad era una apuesta con consecuencias: humillar a Kael podía encender algo peor que el orgullo herido, y esa noche, sin saberlo, empezaron a sembrar semillas que crecerían más allá de sus intenciones.

Miércoles 9 de noviembre.

Inicia la operación sometimiento de Kael.

El día estaba soleado y Kael se encontraba echándose un partido con otros chicos después de las clases, eran las 5:25.

—K… Kael, ayuda, Javiera está en peligro —decía Cristián con un tono actuado, pero convincente.

—¿Qué pasó?

—preguntó Kael, algo asustado mientras jugaba fútbol.

—Te lo explico en el camino —dijo Cristián, algo actuado pero se notaba apurado.

Kael se despidió de los chicos con quienes jugaba y siguió a Cristián, quien improvisó una excusa: Javiera estaba siendo amenazada por niños más grandes en la sala de profesores.

Kael se enojó y se dirigió hacia la sala de profesores.

Allí fue cuando… dejó la cagada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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