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Destinado a ser un villano - Capítulo 11

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11: siguiente parte de 8 y 7 meses 11: siguiente parte de 8 y 7 meses Kael llegó a la sala de profesores justo cuando Cristián hizo la señal.

Por un segundo la puerta pareció cerrarse alrededor de ellos: voces que se apagaban, pasos que venían de todos lados.

Los chicos grandes aparecían como sombras que llenaban el aula.

Cristián abrió la mano y mostró el cuchillo; el brillo del metal rompió el aire.

—¿Cristián, qué es eso?

—dijo Kael, sorprendido, incapaz de ocultar el miedo en la voz.

Al ver el filo, algo en Kael se agrieto por dentro.

Un recuerdo saltó con fuerza: la noche de su casa, la sangre, el cuchillo en sus manos.

La memoria no era un detalle sensorial sino una orden oscura: calma, frío, un impulso que le susurraba romper todo.

Por un instante la rabia y el pánico se mezclaron en su pecho; la voz que siempre admiró en Kael —la de Javiera, la de la posibilidad de otra vida— apareció entonces, frágil pero real, y lo frenó.

Se encontró en un abismo: dejarse someter y sobrevivir, o responder y arrastrar a otros a la misma oscuridad que lo había moldeado.

No sabía qué elegir.

Antes de que pudiera decidir, el primer de los grandes se lanzó encima de él.

No hubo tiempo para pensar.

La sorpresa fue la única defensa posible; Kael optó por no luchar.

Se dejó empujar y golpear, sin pelear de vuelta.

La sala, débilmente iluminada, tenía una sola puerta: escapar era imposible.

Los golpes cayeron.

Kael se agachó, la ansiedad lo atravesó como una corriente fría; se cubrió las orejas con las manos, no para ignorar el dolor físico, sino para ahogar el ruido que lo empujaba hacia adentro.

Sentía cada impacto, pero también sentía, detrás de la furia, la elección que lo retenía: Javiera, su promesa, la imagen de algo humano que aún no se había roto.

Cristián se inclinó, la sonrisa torcida bajo la luz artificial.

—¿Acaso no te gusta que te peguen?

—le decía con tono burlón—.

¿Vas a llorar con tus papás?

Ah, claro, que no tienes.

Las palabras de Cristián eran cuchillos distintos: buscaban humillar, arrancarle lo poco que lo hacía humano.

Kael sintió la humillación y el dolor; se quedó allí, golpeado, con el mundo girando a su alrededor, y una decisión imposible clavada en la garganta.

Kael ya no pudo más.

Algo dentro de él se quebró, una grieta invisible que había soportado demasiado.

El dolor físico dejó de importar; era el ruido, la humillación, las risas.

Era la traición.

Y entonces lo sintió.

Una presión empezó a crecerle en el pecho, como si su propio corazón se hubiera convertido en un fuego oscuro.

No era simple rabia.

Era algo más antiguo, más profundo, algo que ningún ser humano normal podría soportar.

Un odio tan grande que parecía tener vida propia.

Odio por Cristián, por su traición.

Odio por los niños que lo golpeaban sin razón.

Odio por los adultos que nunca hicieron nada.

Odio por el pasado que lo había hecho así.

Y, por primera vez, incluso odio por Javiera… porque en su mente rota, el dolor le susurraba que tal vez ella también formaba parte del plan.

El aire se volvió pesado.

Kael sentía cómo su respiración se volvía irregular, y su mirada —antes temerosa— ahora era vacía, como si algo dentro de él hubiera muerto y renacido convertido en furia pura.

Sus manos temblaban, pero no de miedo.

Era contención, una contención que amenazaba con romperse.

Por primera vez en su vida, Kael no quería defenderse ni huir.

Quería que todos sintieran lo que él había sentido.

Quería que el mundo doliera.

Y en ese momento, su alma dejó de ser la de un niño.

Kael hizo lo imposible, lo impensado.

Se levantó, aun con los huesos rotos, impulsado por algo más poderoso que el dolor: el odio.

Golpeó al primero, cayó.

Golpeó al segundo, también cayó.

Uno tras otro fueron cayendo, hasta que solo quedó Cristian.

El silencio era insoportable.

Kael lo miró con una mezcla de furia y vacío, mientras la sangre goteaba de sus manos.

Cristian, temblando, retrocedió hasta chocar con la pared.

—No… no te acerques —balbuceó.

Y entonces, en un ataque de pánico, hundió el cuchillo en el abdomen de Kael.

Kael no reaccionó.

No gritó.

Solo lo miró, como si su alma ya no existiera.

Cristian soltó el arma y huyó, dejando atrás el sonido del metal al caer.

Kael quedó de pie unos segundos más, tambaleante, hasta que su cuerpo finalmente cedió y cayó al suelo.

Pasaron las horas, y la rectora del SENAME comenzó a preocuparse.

Kael no había regresado.

Algo dentro de ella le decía que algo estaba mal.

Sin pensarlo dos veces, tomó las llaves y fue al colegio.

El lugar estaba oscuro, silencioso… demasiado silencioso.

Recorrió los pasillos con pasos rápidos, hasta que, al abrir una puerta, su corazón se detuvo.

Kael yacía en el suelo, cubierto de sangre, con una profunda herida en el abdomen.

—Ka…

Kael, ¡despierta, por favor!

—gritó ella, arrodillándose a su lado, la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas.

Temblando, sacó su teléfono y llamó a emergencias.

La ambulancia tardaría quince minutos en llegar.

Quince minutos que decidirían no solo la vida de Kael… sino también la de muchas personas más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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