Destinado a ser un villano - Capítulo 12
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12: 8 años 7 meses parte 3 12: 8 años 7 meses parte 3 Kael llegó a urgencias del hospital más cercano, sostenido apenas por dos paramédicos que corrían entre el pasillo lleno de personas asustadas y murmullos.
La sangre manchaba su ropa y la piel, y cada segundo que pasaba parecía un riesgo mortal.
—¡Está perdiendo sangre muy rápido!
—gritó uno de los médicos—.
¡Llévenlo al quirófano ahora!
La camilla avanzaba a toda velocidad, rodeada de médicos, enfermeros y paramédicos que se movían con precisión y urgencia.
Algunos padres se apartaban del camino, otros solo miraban con los ojos abiertos, incapaces de apartar la vista de aquel joven que parecía colgar entre la vida y la muerte.
Kael apenas podía mantener los ojos abiertos.
Sentía cómo el dolor le atravesaba el pecho, y a cada respiración le costaba más concentrarse en algo que no fuera la oscuridad que se cernía frente a él.
Su respiración era irregular, y el corazón parecía latir más lento de lo normal, como si supiera que la muerte estaba cerca.
La camilla frenó frente a la puerta del quirófano, y los médicos lo trasladaron rápidamente al interior.
Las luces brillantes del techo resaltaban los colores rojos y azulados de la sala, el zumbido de los monitores y las órdenes rápidas llenaban el aire.
—Prepárense para transfusión de emergencia —dijo un cirujano mientras otro colocaba intravenosas y verificaba los signos vitales—.
Este chico no puede esperar.
Kael sintió un último destello de conciencia mientras las manos expertas lo manipulaban.
Entre la confusión y el dolor, una parte de él deseaba poder levantarse, pelear, sobrevivir… pero el resto solo podía dejarse llevar, consciente de que esos minutos decidirían si viviría o no.
Kael veía a su mamá reflejada en la luz brillante del techo del quirófano.
Su voz apenas salió: —Ma…má… Los cirujanos y médicos se movían a su alrededor con precisión mecánica, cada gesto calculado para mantenerlo con vida.
Una enfermera conectó la transfusión de sangre, y Kael sintió cómo el líquido frío entraba por su vena.
Al principio era solo un escalofrío, pero pronto se extendió por todo su cuerpo como un hielo que lo atravesaba de pies a cabeza.
Su respiración se volvió entrecortada; la fiebre subió y bajó en oleadas, y la piel le ardía y se helaba al mismo tiempo.
Cada parpadeo era un esfuerzo.
La cabeza le daba vueltas, y por un instante creyó que estaba flotando fuera del tiempo, en un lugar entre la vida y la muerte.
—¡Presión, anestesista!
—gritó un cirujano—.
Mantengan la oxigenación estable, rápido.
Kael sintió un calor extraño en el pecho, seguido de un frío que lo paralizaba.
Su visión se nublaba; sombras se mezclaban con las luces blancas del quirófano.
Cada segundo parecía eterno.
Pensó en su mamá, en Javiera, en todo lo que todavía no había vivido.
Su cuerpo estaba al límite.
—¡No podemos perderlo ahora!
—vociferó otro médico, ajustando los monitores—.
La transfusión está funcionando, pero está reaccionando fuerte… escalofríos intensos, fiebre… puede ser una reacción alérgica leve, pero vigilemos signos de shock.
Kael sintió que el mundo se desvanecía y, por un instante, creyó que nunca volvería a abrir los ojos.
Su mente luchaba entre la conciencia y la oscuridad; cada respiración era un esfuerzo titánico, y cada latido de su corazón resonaba como un tambor en su cabeza.
Pero la sangre seguía fluyendo.
Poco a poco, los escalofríos cedieron un poco, la fiebre bajó, y su pulso, aunque débil, empezó a estabilizarse.
Kael estaba suspendido entre el frío de la muerte y la tibieza de la vida, atrapado en un hilo invisible que los médicos sujetaban con manos firmes.
—¡Vamos, Kael, aguanta!
—susurró uno de los cirujanos, como si hablara directamente a su alma—.
Respira, cada segundo cuenta.
Y en esa mezcla de dolor y esperanza, Kael apenas percibió la luz del quirófano transformarse en un halo cálido.
Su mamá estaba ahí, en su mente, dándole fuerzas invisibles para no ceder.
Cada minuto que pasaba en el quirófano era una batalla silenciosa entre la vida y la muerte.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, los monitores empezaron a marcar signos de estabilidad.
La transfusión había surtido efecto, la hemorragia estaba controlada y la respiración de Kael volvió a un ritmo constante.
Los cirujanos intercambiaron miradas de alivio; lo habían logrado.
Kael estaba vivo.
Su cuerpo estaba destrozado, pero la vida había ganado.
Tenía ambos brazos rotos, una costilla fracturada y una herida de arma blanca en el abdomen, pero cada uno de esos daños era ahora reparable.
Lo trasladaron cuidadosamente a la sala de recuperación, donde la anestesia aún lo mantenía medio inconsciente.
A su alrededor, el equipo médico trabajaba con suavidad, vendando y asegurando cada fractura, limpiando la herida del abdomen y colocando suero para mantenerlo hidratado y fortalecer su cuerpo debilitado.
A pesar de todo, Kael estaba estable.
En algún lugar de su mente, todavía sentía el frío y el dolor, pero también una nueva sensación: la certeza de que había sobrevivido.
La vida le había dado una segunda oportunidad, y aunque su cuerpo tardaría en sanar, su espíritu permanecía intacto Kael estaba tendido en la sala de recuperación, rodeado de máquinas que pitaban suavemente y luces que ya no cegaban, sino que iluminaban con calma su cuerpo maltrecho.
Sus brazos y su costilla estaban inmovilizados, vendajes apretados mantenían la presión sobre las heridas, y su abdomen descansaba con cuidado sobre almohadas especialmente colocadas.
Cada respiración le dolía, pero no había colapsado.
Cada latido aún era un recordatorio de que había ganado la primera batalla.
Sus ojos se movían con lentitud, observando las paredes blancas del hospital, los carteles con instrucciones y los equipos médicos que vigilaban cada signo vital.
Su mente, aunque nublada por el dolor y la anestesia que aún dejaba rastros de confusión, empezó a procesar la magnitud de lo sucedido.
Por primera vez desde la tragedia en la sala de profesores, se permitió sentir alivio.
Había sobrevivido.
Pero la mente de Kael no solo estaba llena de alivio; también era un torbellino de emociones encontradas.
Recordaba la traición de Cristián, la violencia, la sensación de impotencia mientras lo atacaban, y cómo, por un momento, un odio inmenso había crecido en su interior.
Ese odio todavía estaba allí, latente, pero algo nuevo había surgido: comprensión.
Comprendió la fragilidad de la vida y la fuerza que necesitaba para seguir adelante.
Había sentido la muerte tan cerca que ahora nada podía asustarlo igual.
A su lado, una enfermera le acariciaba la frente con suavidad, revisando sus signos vitales y asegurándose de que la transfusión y los líquidos continuaran fluyendo.
Kael no podía moverse mucho, pero percibía la humanidad en esos gestos: la dedicación, la paciencia y la calma de quienes estaban allí para salvar vidas, no para juzgar.
Ese contraste con la violencia que había enfrentado hacía que su corazón se inclinara hacia algo que aún le era familiar: la esperanza.
Pensó en Javiera.
En cómo su sonrisa y sus pequeños gestos habían sido un refugio antes de todo aquello.
En cómo había creído en la bondad de las personas cuando menos lo esperaba.
Esa fe, aunque frágil, lo había contenido en un momento en que el odio podría haberlo consumido por completo.
Si no hubiera sido por ella, si no hubiera tenido esa pequeña chispa de humanidad a su alrededor, quizá la historia habría terminado de otra manera.
Los minutos se convirtieron en horas.
Kael se dio cuenta de que estaba vivo, sí, pero que su cuerpo tardaría en volver a ser suyo.
Cada movimiento dolía, cada respiración recordaba el trauma sufrido, pero la vida era más fuerte.
Con cada momento que pasaba, la confianza en que podía superar aquello se reforzaba.
Cada segundo era una pequeña victoria.
El equipo médico, aunque concentrado en su trabajo, también dejaba escapar sonrisas de alivio mientras veían que Kael empezaba a estabilizarse de manera sólida.
Había sobrevivido a una herida que podría haber sido mortal, y aunque sus huesos necesitaban tiempo para sanar y su abdomen aún estaba dolorido, la vida había triunfado.
En la tranquilidad del hospital, Kael empezó a soñar despierto con el futuro.
Se imaginó levantándose de la cama, aunque fuera con dificultad, con los brazos vendados, caminando lentamente hacia un mundo donde podría protegerse y proteger a otros.
Pensó en los amigos verdaderos, en la confianza que se puede tener en las personas correctas, y en la importancia de no dejar que la violencia determine su destino.
A lo lejos, escuchó voces familiares: los médicos hablando sobre su recuperación, la enfermera comentando sobre su fuerza de voluntad, y por un instante, creyó ver la sombra de su mamá junto a la cama, dándole ánimos silenciosos.
La sensación de que había sobrevivido algo imposible, de que su vida no había terminado allí, lo llenó de un calor reconfortante que no había sentido en mucho tiempo.
Kael sabía que el camino hacia la recuperación sería largo.
Los huesos rotos sanarían con yesos, los músculos con fisioterapia y paciencia.
La herida en el abdomen tardaría en cicatrizar, y el recuerdo de lo ocurrido le acompañaría siempre.
Pero ahora entendía algo fundamental: no importaba cuánto dolor hubiera, no importaba cuán cerca hubiera estado de perderlo todo; había una segunda oportunidad.
Y con ella, una oportunidad de crecer, de aprender y de ser más fuerte que antes.
Mientras las luces del hospital se apagaban suavemente al anochecer, Kael cerró los ojos por primera vez sin temor.
Su cuerpo estaba herido, su corazón estaba cargado de emociones, pero su espíritu permanecía intacto.
Había sobrevivido a lo imposible.
La vida lo había sostenido, y él, aunque aún débil, estaba listo para continuar.
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