Destinado a ser un villano - Capítulo 14
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14: inicio arco 2 historia kael 14: inicio arco 2 historia kael Kael yacía en su camilla, mirando el techo blanco del hospital.
Después de todo lo que Javiera le había contado, no quería saber nada más de ella.
Aquella traición marcó un antes y un después en su vida; una herida que ni el tiempo ni la medicina podrían sanar.
Pasaron los años, y con ellos, los recuerdos se fueron desvaneciendo lentamente.
Kael cambió de colegio, de entorno, incluso de manera de ver el mundo.
Conoció nuevas personas, pero jamás volvió a confiar del todo en nadie.
Tenía trece años cuando conoció a amaralt.
Era nueva en el colegio, una chica callada, de mirada curiosa y sonrisa amable.
No conocía a nadie, y Kael, en su habitual frialdad, apenas le prestó atención.
Para él, era solo otra cara más en la multitud.
Sin embargo, el destino decidió entrometerse.
Uno de los amigos de Kael se hizo amigo de amaralt, y aquello, sin que nadie lo notara en ese momento, sería el inicio de una nueva historia… una que arrastraría nuevamente a Kael al borde de la oscuridad.
Kael, quien se centraba en disfrutar su vida escolar, nunca tuvo tiempo ni ganas para el amor.
Le habían propuesto, pero él fríamente decía que no, porque el amor no era lo suyo.
Otro amigo de él se hizo amigo de Amaralt, y Kael empezó a curiosear sobre cómo sería ella.
Hasta que un día, en el Sename, mientras jugaba con los demás niños a la play, en un juego llamado Liga de Campeones, donde los autos chocan una pelota para meter gol al equipo contrario, a su amigo Matías se le ocurre decirle por la llamada que le gustaba Amaralt.
Kael no sabía lo que sentía.
Era la primera vez que experimentaba algo así.
¿Celos?
¿Rabia?
No lo sabía.
Lo único claro era que se sentía mal.
Fingió estar bien, sonrió como si nada pasara, y así fueron pasando las semanas.
Hasta que su amigo Matías le dijo que ya no le interesaba Amaralt.
Algo normal para la edad que tenían, al fin y al cabo, estaban en plena preadolescencia.
Kael empezó a hablar con Amaralt.
Eran pocas interacciones, simples, como preguntarle por la tarea o si sabía algo del colegio.
Aunque, en realidad, Kael siempre conocía la respuesta: era demasiado inteligente como para necesitar ayuda.
Hasta que un día, Amaralt le dijo algo que se le quedaría grabado en la mente: —Oye Kael, hablamos mucho, pero no tengo tu número… ¿me lo pasas?
Kael lo recuerda tan vívidamente.
Era el final de las clases; justo antes había tenido Religión, una hora que prácticamente era libre.
El profesor, un hombre de unos sesenta años, nunca hacía nada, y todos lo sabían.
Les dejaba cambiarse de puesto, y siempre amaralt se quedaba sola, porque sus amigas tenian otras amigas y ellas se iban allá, entonces amaralt siempre se quedaba sola.
Kael, al verla, se acercaba a su mesa e inevitablemente la invitaba a sentarse con él y sus amigos.
Entre ellos estaba Vicente, su gran compañero —nada que decir en su contra—, un amigo de verdad, de esos que sabes que te acompañarán toda la vida.
Junto a él y los demás formaban un grupo divertido, lleno de bromas y complicidades.
Pero no todo era tan simple: uno de sus amigos comenzó a sentir algo por Amaralt, en silencio, sin decirlo.
Kael ya lo intuía… porque él también empezaba a sentir algo por ella.
Amaralt era morena, bonita para su edad, callada, no la más brillante de la clase, pero sí increíblemente esforzada.
Y eso… eso fue lo que atrapó a Kael.
Y Kael seguía así todos los días, hasta que Amaralt ya formó su grupo de amigas y Kael era feliz porque la veía feliz; y si ella estaba feliz, él también.
Kael empezó a contarle a su grupo de amigos más cercanos que le gustaba Amaralt, y así, hasta que un amigo de él le dice que lo filtraron, porque estaba hablando con quien le gustaba a ese amigo y dijo: “A Kael le gusta alguien”.
Y Quien le gustaba a ese amigo dijo: “¿La Amaralt, verdad?” Ese amigo no sabía cómo lo había descubierto ella y no quiso decirlo.
Más tarde, le contaron a Kael lo sucedido, y él no supo qué hacer.
Empezó a investigar, y un amigo llamado Luis le dijo que sabía quién había sido, pero que era inocente.
Kael le preguntó quién, pero Luis se negó a decirlo Kael, en ese momento, no sospechó nada, ni sospecharía nada hasta bastante tiempo después.
Sin embargo, se vio obligado a confesarse, porque no quería que se enterara de otra manera.
Fue un viernes 13 de octubre de 2023; Kael lo recuerda con total claridad.
Después de las clases de Historia con el tío Franco —un gran profesor que Kael recordaría por siempre por su enorme corazón— les estaban enseñando sobre el Imperio Romano.
Kael, con decisión, tiró un papel sobre la mesa de Amaralt que decía: —¿Podemos hablar?
Ella lo miró y respondió que sí.
A la salida, Amaralt tenía que apurarse porque debía recoger a su hermano.
Kael, decidido y directo, le dijo con voz corta y precisa: —Me estás empezando a gustar.
Ella lo miró, algo incómoda, y respondió con sinceridad: —Lamentablemente, no.
Kael, sin decir nada más, se fue corriendo con Luis, quedándose con la sensación de vacío y desconcierto.
Después, Kael comenzó a asistir al psicólogo.
Lo que descubrió allí cambió su vida por completo: le diagnosticaron ser neurodivergente.
Kael no podía creerlo; sentía que, finalmente, había una explicación para tantas cosas que antes no entendía de sí mismo y del mundo que lo rodeaba.
Kael se aisló del mundo.
No respondía mensajes, evitaba cualquier contacto y apenas interactuaba con quienes lo rodeaban.
Sus días se reducían a jugar a la Play y a ejercitarse, intentando encontrar un equilibrio dentro de su propia mente mientras lidiaba con todo lo que había descubierto sobre sí mismo.
A finales de año, Kael alcanzó rangos altos en un juego y eso lo hizo sentir feliz, satisfecho consigo mismo.
Pero nadie podía imaginar lo que le depararía el próximo año.
A sus 14 años, enfrentaría algo que incluso muchos adultos aún no logran superar.
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