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Destinado a ser un villano - Capítulo 15

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15: termino arco 2 kael 15: termino arco 2 kael El día que Kael cumplió 14 años, su celular vibró.

Una notificación.

Un mensaje de Amaralt.

—Feliz cumpleaños, Kael, que los cumplas feliz.

Por un momento, el corazón se le detuvo.

Aquella simple frase lo dejó inmóvil, como si todo lo que había intentado enterrar durante meses hubiera vuelto a la superficie con solo nueve palabras.

Kael no pudo contenerse más.

Tomó el celular, sus dedos temblaban mientras escribía.

—Amaralt… ¿por qué me hablas?

—envió el mensaje.

Pasaron unos segundos eternos antes de que apareciera la notificación.

—No lo sé —respondió ella.

El silencio que siguió pesó más que cualquier palabra.

A Kael se le volvió rutina hablar con Amaralt.

Se mandaban mensajes todos los días, a cualquier hora; era casi automático.

Sin embargo, en el colegio no cruzaban palabra.

Ni una mirada, ni un saludo.

Era como si el mundo virtual y el real existieran en universos distintos.

Kael ya estaba en octavo básico.

Un año más y llegaría a la media… pero no imaginaba que ese cambio marcaría algo mucho más grande que solo pasar de curso.

Kael hablaba y hablaba con Amaralt; las conversaciones parecían no tener fin.

Ella era su refugio, su motivo para sonreír.

Pero un día, todo cambió.

Amaralt, con la voz temblorosa pero sincera, le confesó que le gustaba alguien.

El corazón de Kael se aceleró.

Por un instante, creyó que hablaba de él.

Pero no.

Era otro.

Un chico del curso anterior, alguien que apenas se había acercado a hablarle.

El mundo de Kael se vino abajo.

No supo qué decir, ni qué sentir.

Aquella revelación lo rompió más de lo que imaginaba posible.

Había soportado muchas cosas antes, pero una pena de amor…

fue lo que finalmente lo llevó a su punto más bajo.

Kael cayó en la dependencia emocional.

Si ella no le hablaba, el vacío en el pecho lo hacía vomitar.

Si ella se sentía mal, él se sentía peor.

Aquello era más fuerte que cualquier droga existente, un vínculo invisible que lo consumía poco a poco.

Hasta que, un día, ocurrió lo impensado.

Amaralt le dijo: —Te amo—.

Kael se quedó inmóvil.

No supo si debía sentirse feliz o aterrorizado.

Su corazón latía con fuerza, pero su mente no entendía nada.

Por primera vez, no supo si ese amor era un alivio… o una nueva forma de dolor.

Kael le dijo —yo igual—.

Kael le dijo simplemente: —Yo igual.

Y así siguieron las cosas, entre silencios y momentos confusos, hasta que un día Amaralt volvió a decirle que le gustaba otro chico.

Esa vez, Kael ya no pudo más.

Fue el comienzo de la decadencia entre ambos, el punto donde todo empezó a romperse.

Hasta que, finalmente, llegó el clímax: Amaralt creyó unas mentiras sobre Kael…

y dejaron de hablarse.

—Kael… Kael, despierta —dijo Luna, sacudiéndolo suavemente—.

Ya tomamos la ciudad de Kaldren, ahora es nuestra.

Kael abrió los ojos lentamente.

El aire olía a hierro y ceniza.

Miró a su alrededor, confundido, viendo los muros destruidos y las llamas consumiendo las torres.

—Qué… extraño sueño —susurró, llevándose la mano a la cabeza.

Por un momento, las imágenes de su antigua vida cruzaron su mente como un relámpago.

Su pasado… su otra realidad.

Kael volvió al presente.

Su voz resonó en el salón helado: —Saquen a todos los magos de la Torre y tráiganlos ante mí.

A su orden, más de dieciocho rankers partieron de inmediato.

Minutos después, los magos fueron arrastrados hasta el gran salón, sus túnicas temblando bajo el frío.

Kael los observaba desde el trono de Kaldren, la ciudad del hielo, con una mirada tan gélida como el entorno que lo rodeaba.

Kael, con la máscara puesta, se presentó ante ellos como el “Señor Sombra”.

Su voz, amortiguada por la tela blanca, sonaba extraña y distante; cada palabra calaba honda en los que lo miraban.

Sacó de un saco pequeño unos gusanos envueltos en una envoltura plateada —los había comprado en la tienda del sistema— y les ordenó, con una calma que helaba la sangre, que tomaran uno cada uno.

Les explicó qué eran: un veneno que no solo mataba, sino que se enlazaba al mana del portador, controlando sus impulsos y su voluntad.

Si intentaban expulsarlo, sufrirían dolores inconcebibles, un suplicio más cruel que cualquier tortura conocida, y morirían en el intento.

La habitación quedó en silencio; el miedo pesó como una losa.

Algunos temblaron, otros miraron a Kael con incredulidad; nadie parecía capaz de negarse.

Kael observó cada rostro con frialdad.

Aquello no era juego ni espectáculo: era una demostración.

Entre la amenaza implícita y la promesa de un castigo mayor, la sumisión se fue apoderando del grupo como una ola.

Uno a uno, con manos vacilantes, tomaron la envoltura.

El eco del papel al romperse sonó demasiado alto en la sala.

Y mientras la sustancia invisible comenzaba a hacer su trabajo, Kael mantuvo la máscara pegada al rostro, sin perder la compostura.

Sus ojos, tras la blanca superficie, eran doble filo: decisión y algo parecido al remordimiento, aunque ninguno de los presentes lo alcanzó a distinguir.

El “Señor Sombra” había hablado; ahora sus palabras, como el veneno, ya corrían por dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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