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Destinado a ser un villano - Capítulo 16

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16: capítulo 3 16: capítulo 3 Faen despertó con la noticia que recorría la ciudad como un reguero de pólvora: Kaldren, la imponente ciudad de los magos, había caído.

Un grupo desconocido, del que solo circulaban susurros y rumores exagerados, se había alzado con el control.

Una chispa de esperanza, la primera en mucho tiempo, iluminó sus ojos cansados.

Se incorporó en su modesto lecho, los dedos aferrándose a la áspera lana de su manta.

«Esta… esta es mi oportunidad», musitó para sí mismo, la voz aún ronca por el sueño.

Mientras los demás solo veían caos y una nueva amenaza, la mente de Faen, entrenada para ver patrones donde otros veían desorden, comenzó a trabajar a toda velocidad.

Si los antiguos amos de Kaldren habían sido derrocados, significaba que su poder no era absoluto.

Que existían grietas.

Y en las grietas, un hombre sabio podía plantar semillas.

Se levantó, decidido.

No sabía quién estaba detrás de la conquista, pero estaba seguro de una cosa: aquel vacío de poder era el lienzo perfecto para pintar un nuevo futuro para Lunareth.

O, al menos, esa era la ilusión que su sabiduría, por una vez, le impedía ver.

Faen irrumpió en el salón principal, su figura demacrada ahora erguida con una determinación que hacía tiempo no se veía en él.

Sus ojos, siempre cargados de la pesadumbre de un sabio, ahora brillaban con un fuego nuevo.

—¡Convoquen a todo el ejército!

—gritó, su voz, por una vez, no fue la de un erudito que sugería, sino la de un líder que ordenaba.

El eco de sus palabras se apagó, dejando un silencio incómodo.

Darius, que afilaba su espada, dejó de frotar la piedra contra el metal.

Elian, enfrascado en un grimorio, alzó la vista lentamente.

Todos lo miraban, esperando una explicación, una razón para semejante locura.

Faen recorrió la estancia con la mirada, desafiante, convencido.

—Hoy —anunció, clavando los ojos en cada uno de los presentes— vamos a conquistar Kaldren.

Darius, con los ojos encendidos por un fuego largo tiempo contenido, golpeó el pomo de su espada contra el suelo.

—¿Vamos a la guerra?

—preguntó, su voz un rugido ronco que resonó en el silencio expectante.

Faen lo miró, sin pestañear.

No hubo un discurso, ni una arenga.

Solo una palabra, simple, cortante y cargada con el peso de un destino irrevocable.

—Si.

Esto llevó a un estruendo inmediato en la sala.

Voces entrecortadas y exclamaciones de incredulidad llenaron el aire, hasta que Faen alzó la mano, imponiendo un silencio tenso y expectante.

—Hoy —declaró, con una voz que no admitía réplica— vamos a conquistar Kaldren.

Reunieron a todo el ejército del Ducado de Lunareth: alrededor de diez mil soldados y cinco Rankers.

Con este poderío, eran el segundo grupo más fuerte de la región, solo por detrás de Valdros, quien ostentaba el indiscutible título del número uno.

El ejército partió al amanecer, una serpiente de acero y determinación que se deslizaba entre las ruinas de Lunareth hacia las llanuras desoladas.

Diez mil soldados y cinco Rankers marchaban con la pesada carga de las esperanzas de un ducado.

Llevaban consigo todo lo necesario para un asedio prolongado: arietes desmontados, torres de asalto cuyas ruedas chirriaban bajo su propio peso, y carromatos cargados con barriles de agua y sacos de grano que representaban semanas de racionamiento.

La marcha fue silenciosa, solo interrumpida por el crujir de la tierra bajo miles de botas y el ocasional relincho de un caballo de tiro.

El aire estaba cargado no con el fervor de la batalla, sino con la pesadumbre de una apuesta desesperada.

Al caer la tarde, la silueta de Kaldren se recortó en el horizonte.

Sus torres, que antes se alzaban orgullosas hacia el cielo púrpura, ahora parecían cicatrices negras contra la luz moribunda del día.

No se veía movimiento en sus murallas, ni el destello de armaduras.

Solo un silencio inquietante, tan profundo que resultaba más amenazador que cualquier grito de guerra.

Acamparon a una distancia prudencial, lo suficiente para que una flecha perdida no alcanzara sus líneas, pero lo bastante cerca para que la sombra de la ciudad oprimiera sus espíritus.

La noche cayó con una frialdad inusual.

Dos lunas, una plateada y otra de un rojo enfermizo, colgaron sobre el campamento, bañando las tiendas de campaña con una luz espectral.

Faen se retiró a su tienda después de una ronda de inspección.

No había cenado.

La tensión, la responsabilidad de haber llevado a su gente a aquel precipicio, le habían sellado el estómago.

Darius lo había visto entrar, la espalda recta pero los hombros cargados con el peso de un ducado.

Lo inesperado sucedió en la hora más oscura de la noche, justo antes del amanecer, cuando el sueño es más profundo y la vigilancia más laxa.

Fue Elian quien dio la alarma.

Su tienda estaba cerca de la del líder, y un grito ahogado, un sonido breve y cortante que no pertenecía a los ruidos habituales del campamento, lo despertó.

Corrió hacia la tienda de Faen, seguido de cerca por Darius, que ya empuñaba su espada, la cara congestionada por el sueño interrumpido y el instinto de peligro.

—¡Faen!

—gritó Elian, alzando la lona de la entrada.

La escena en el interior era de una quietud macabra.

Una lámpara de aceite, colocada sobre un arcón, proyectaba luces danzantes que hacían que las sombras se contorsionaran en las paredes de lona.

Faen yacía boca arriba en su lecho de campaña.

Sus ojos, que horas antes brillaban con fuego decidido, estaban abiertos, vidriosos, reflejando el tenue resplandor de la lámpara como charcos de luna estancada.

Su boca entreabierta parecía contener una palabra que nunca llegó a pronunciar.

No había sangre.

No había señal de lucha.

No había un arma clavada en su pecho.

La muerte había llegado con una discreción aterradora.

Darius se arrodilló a su lado, sus dedos gruesos buscando un pulso en el cuello de Faen, sabiendo de antemano que no encontraría nada.

La piel estaba fría, cérea.

—No…

—masculló, retirando la mano como si le hubiera quemado—.

No hay heridas.

Elian, con el rostro desencajado, examinó la tienda.

Sobre una mesa plegable, los mapas de Kaldren seguían desplegados, los compases y reglas exactamente donde Faen los había dejado.

Una taza de té de hierbas, ya fría, estaba a medio beber.

Todo estaba en un orden perfecto, salvo por el hecho de que el hombre que lo habitaba estaba muerto.

Fue entonces cuando Elian lo vio.

Casi imperceptible, en el lado derecho del cuello de Faen, justo bajo la línea de la mandíbula, había una pequeña marca.

No era un corte, sino una mancha minúscula, del tamaño de la cabeza de un alfiler, de un color púrpura oscuro, casi negro, rodeada por un halo de piel de un blanco cadavérico.

Parecía la picadura de un insecto venenoso, pero infinitamente más precisa, más…

intencionada.

—Darius —susurró Elian, señalando la marca con un dedo tembloroso.

El guerrero se inclinó para observar.

Su rostro se ensombreció.

—No es una flecha.

No es un cuchillo —dijo, su voz un rumor grave y lleno de furia contenida—.

Esto es…

algo más.

La noticia se extendió por el campamento como un nuevo reguero de pólvora, esta vez cargado de frío y terror.

El ejército de Lunareth había perdido a su líder, no en el campo de batalla, no frente a un enemigo visible, sino en la aparente seguridad de su propia tienda, asesinado por una sombra, por un método que ninguno de ellos comprendía.

La muerte de Faen no fue un acto de guerra convencional.

Fue un mensaje.

Un mensaje que gritaba, en su silencio absoluto, que el nuevo poder en Kaldren no solo era fuerte, sino despiadado, omnisciente y capaz de llegar a quien quisiera, cuando quisiera.

Y en el corazón helado de cada soldado, la determinación de conquista comenzó a morir, reemplazada por una semilla de pánico y la pregunta aterradora: si podían hacerle esto a su líder, ¿qué les esperaba a ellos?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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