Destinado a ser un villano - Capítulo 17
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17: Capítulo 4 17: Capítulo 4 Darius llegó a la escena con el corazón latiéndole en el oído, pero un vistazo a la quietud absoluta de Faen le bastó para saber la verdad.
No servía de nada intentar reanimarlo.
La vida había abandonado ese cuerpo hacía rato, dejando solo una mancha púrpura en el cuello como amarga firma de la muerte.
El caos estalló antes de que pudiera articular una orden.
Un mensajero del ducado, cubierto de polvo y con el rostro desencajado por el pánico, irrumpió jadeante en el lugar.
—¡Las carpas de la retaguardia!
—gritó, señalando hacia la parte trasera del campamento con un brazo tembloroso—.
¡Las están quemando!
Erya, que estaba a su lado, no esperó una confirmación.
Como una flecha, salió disparada hacia la nube de humo negro que comenzaba a elevarse.
Sus pies eran rápidos, su determinación feroz, pero el fuego y la confusión eran más veloces.
Cuando llegó, ya no había nada que hacer.
Las llamas devoraban con voracidad las carpas, los suministros, las armas de repuesto.
El crepitar de la lana y la madera era el único sonido, un festín siniestro que consumía los últimos recursos del ejército.
El calor le chamuscó el rostro, pero el frío que sintió en el pecho fue infinitamente más intenso.
No servía de nada luchar contra el fuego.
No servía de nada gritar.
No servía de nada.
Era una humillación completa, calculada.
El enemigo no solo les había arrebatado a su líder en la más absoluta oscuridad, sino que ahora les quemaba su retaguardia a plena luz, burlándose de su impotencia.
Les estaban demostrando que podían moverse entre ellos como fantasmas, golpear donde quisieran y desaparecer sin dejar rastro.
No era una derrota.
Era una ejecución.
Kael observaba desde la colina, la risa ahogada en su garganta como un veneno dulce.
Cada orden que transmitía a las Ocho Espadas era un clavo más en el ataúd del viejo orden.
La Banda de Lunareth había sido útil, pero ahora era un riesgo, un vínculo sentimental con una era de debilidad que necesitaba erradicar.
«Luna», proyectó a través del enlace del sistema, su voz mental tan fría como el acero.
«El objetivo es Darius.
Llévalo al punto de extracción con los diez rankers.
No es una pelea, es una cosecha.» Del otro lado, Luna, cuya lealtad se vendía exclusivamente a las monedas del sistema y al poder de Kael, recibió la orden sin un solo parpadeo emocional.
Darius no era un nombre, era un objetivo.
Un paquete de experiencia y un obstáculo a eliminar.
Mientras tanto, Darius, con la rabia hirviéndole en la sangre, intentaba formar una línea de defensa en medio del caos.
«¡Reagrúpense!
¡Protejan los suministros que quedan!», rugía, su voz ronca por el humo y la furia.
En ese momento, un pelotón de magos menores—meros peones desechables que Kael había comprado con promesas vacías—lanzó un ataque sorpresa contra su flanco.
Eran lo suficientemente molestos como para provocarlo, lo suficientemente débiles como para ser perseguidos.
La táctica funcionó a la perfección.
Darius, cegado por la necesidad de una victoria, por imponer orden en el caos, cayó en la trampa.
—¡Conmigo!—ordenó a sus hombres—.
¡Acabemos con estos ratas!
Cargaron tras los magos,que retrocedieron de manera calculada, alejándolos del corazón del campamento y adentrándolos en un desfiladero rocoso y sombrío, el lugar designado para la emboscada.
Al llegar a una hondonada circular, los magos se desvanecieron entre las rocas como humo.
El silencio cayó de golpe, roto solo por la respiración jadeante de Darius y sus hombres.
De las sombras, entre las grietas de la roca, surgieron diez figuras.
No hubo gritos de guerra, ni insultos.
Solo el silbido del viento y el crujido de la grava bajo sus botas.
Eran rankers, y su aura de poder era tan densa que resultaba difícil respirar.
En el centro de ellos, una mujer delgada y pálida, con ojos que reflejaban la luz como escamas de pez muerto, lo observaba.
Era Luna.
Sus dagas, gemelas y curvas, ya estaban desenvainadas.
No había reconocimiento en su mirada, ni odio, ni nada.
Darius era un obstáculo.
Nada más.
—¿Quién eres?
—rugió Darius, alzando su espada, el corazón golpeándole el pecho con fuerza—.
¿Qué quieren?
Luna no respondió.
Solo se lanzó al ataque.
No era un duelo.
Era el movimiento final de una partida de ajedrez que Kael había ganado hacía rato.
Darius, por primera vez, no se enfrentaba a un rival, sino a la fría e impersonal maquinaria de la eliminación.
Y en sus últimos segundos de vida, lo que sintió no fue miedo a la muerte, sino el horror de ser eliminado por una asesina que ni siquiera sabía su nombre.
Kael, desde la distancia, recibió la notificación de misión completada en su interfaz.
Un logro más.
Un paso más cerca del control absoluto.
La Banda de Lunareth era ahora solo un recuerdo.
Y los recuerdos, para Kael, eran un lujo que no podía permitirse.
Y así continuó la purga, una sombra tras otra cayendo sobre lo que quedaba de la Banda de Lunareth, hasta que solo quedó un cabo suelto: Erya.
La ladrona, ágil y escurridiza como una anguila, había logrado esquivar las primeras oleadas de muerte, su instinto de supervivencia alertándole de que cada sombra escondía un cuchillo para ella.
Pero ahora estaba acorralada en los almacenes quemados, con la espalda contra una pila de sacos carbonizados.
Kael, observando desde las sombras, decidió que este hilo lo cortaría personalmente.
Era un cierre poético.
Renato, uno de sus rankers más jóvenes y ansioso por probarse, se adelantó.
—Déjamela,Señor Sombra.
Acabaré con ella rápidamente.
Kael puso una mano en su hombro, deteniéndolo.
Su voz fue calmada, pero contenía el peso de una ley natural.
—No te preocupes,niño.
Yo me encargo.
Era el tono que se usa para hablar de una tarea doméstica, no de una ejecución.
Avanzó hacia el claro donde Erya jadeaba, su daga empuñada con desesperación.
La diferencia de poder era obscena.
Kael, un Top Ranker del Top 10 del sistema, una fuerza capaz de alterar el equilibrio de regiones enteras, frente a una ranker inferior, más baja incluso que los reclutas más novatos de su propia Banda del Señor Sombra.
No hubo lucha.
No podría haberla.
Un simple movimiento de la mano de Kael, un latigazo de energía sombría, desarmó a Erya y la arrojó contra los escombros, inmovilizándola.
Se acercó con pasos lentos y deliberados, el eco de sus botas sobre la ceniza era el único sonido.
Entonces, con un gesto que era a la vez íntimo y monumental, se quitó la máscara.
Los ojos de Erya se abrieron como platos, la confusión y el dolor destrozando su expresión.
La respiración se le encogió en el pecho.
—Tú…—susurró, la voz quebrada por la incredulidad y la traición—.
Kael…
¿Por…
por qué lo hiciste?
¿Por qué nos traicionaste?
Kael la miró desde arriba, su rostro, ahora expuesto, no mostraba triunfo ni culpa.
Solo la serena certeza de un arquitecto viendo cómo se demuele una estructura vieja para construir una nueva.
—Yo no los traicioné, Erya —respondió, su voz clara y cortante como el filo de su espada—.
Ustedes se metieron en un asunto que no debían.
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se clavara antes del remate final.
—Kaldren —declaró, y cada sílaba resonó con la fuerza de un decreto divino— es MI ciudad.
De nadie más.
Fue la última cosa que Erya escuchó.
La orden ya estaba dada, la sentencia ya estaba escrita.
Kael no necesitó ensuciarse las manos.
Un susurro de sombra surgió a su lado y acabó el trabajo con una eficiencia impersonal.
Kael se volvió, volviéndose a colocar la máscara.
El Señor Sombra había reafirmado su dominio.
El pasado estaba muerto.
Y él era el único futuro que importaba.
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