Destinado a ser un villano - Capítulo 2
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2: Momentos 2: Momentos La luna roja se alzaba sobre el ducado de Lunareth; el aire olía a sangre y, a cada minuto, el choque del metal resonaba como un metrónomo.
Kael —el que nunca dormía por miedo a la traición— afilaba la espada mientras observaba a la gente matarse entre sí.
—Ho… hola, Kael.
¿No duermes?
—dijo Faen, la voz hecha un hilo, sin atreverse a mirar la hoja.
Kael alzó la vista y lo miró con frialdad.
—Dormir es para quienes confían en el amanecer —respondió, seco.
Faen tragó saliva.
—Kael… ¿te arrepientes de lo que haces?
—preguntó, inocente, como si aún creyera en segundas oportunidades.
Kael no respondió.
Una gota de sangre resbaló por la espada y cayó al suelo; el sonido seco marcó el silencio.
—Yo era químico en el mundo original —dijo Faen, buscando un ancla humana—.
Trabajaba en un conglomerado farmacéutico.
Cinco años de estudios… y terminé aquí.
No sé nada de mi familia ni de mis amigos.
Supongo que tú tienes a quién volver, ¿no?
Kael siguió afilando, el movimiento metódico como un rito.
—¿Yo?
—murmuró sin levantar la vista—.
No tengo familia.
Ni amigos.
Sobreviví en la calle.
Fui golpeado y humillado hasta que una noche lo decidió: mate a quien me hacía eso.
Su voz era plana; no había dramatismo, solo un recuerdo frío.
—Fue mi primer asesinato.
Lo recuerdo con una claridad que me asusta.
Era sábado.
Él estaba intentando… —se detuvo, apretó la mandíbula—.
Había un cuchillo en la cocina.
Se lo clavo en el cuello.
No paré hasta que dejó de respirar.
Desde entonces… me gusta matar.
Faen retrocedió, pálido.
—La vida humana te vale algo?
—preguntó, con la voz quebrada.
Kael esbozó una sonrisa sin ternura; sus ojos eran dos astillas de ira contenida.
—Tú crees que sí?
—replicó.
Faen miró la hoguera; el vacío de la respuesta lo atravesó.
Comprendió que no había redención allí.
Cerró la mano alrededor de su frasco y se alejó sin mirar atrás.
Kael quedó solo un instante, y los recuerdos vinieron en fragmentos distorsionados: noches en la calle, la sensación del puño que dolía, el gusto metálico de la traición.
El mundo lo había abandonado; Él había devuelto el favor.
Entonces un ruido rompió la quietud: pasos apresurados.
Un de unos diez años irrumpió en la plaza, escapando de un hombre adulto que blandía una espada.
Sus ojos eran grandes, pero no había pánico; Había decisión.
Kael lo reconoció en la postura, en la rabia contenida.
Algo en él se mueve.
El hombre se lanzó; Kael fue más rápido.
Un tajo, la cabeza cayó.
No hubo espectáculo, solo eficacia.
El niño ni siquiera gritó.
Se quedó inmóvil, la mirada fija en Kael.
— ¿Cómo puedo llegar a ser tan fuerte?
—preguntó con voz pequeña, mezcla de inocencia y determinación.
Kael lo miró, sin suavizar la expresión.
—Con frialdad y experiencia —dijo, y su tono no permitió réplica.
La luna roja seguía alta sobre Lunareth cuando las horas se estiraron como una cinta.
El niño, quieto aún junto a la hoguera, miraba a Kael con ojos que no conocían la sorpresa ni el miedo, solo una pregunta que necesitaba respuesta.
Faen, en silencio, observaba desde el borde del fuego.
—¿Qué hace un niño aquí?
—preguntó Faen, al fin, rompiendo el hielo.
Kael levantó la vista, simplemente.
—Intentó robar comida la noche pasada.
Lo alcancé.
Lo salvé de morir apuñalado —dijo, sin matices.
Erya arqueó una ceja y, por un instante, aquello se transformó en algo parecido al respeto.
Pensó en Kael como protector; la idea le gustó más de lo que esperaba.
Lucen avanzando sin demasiada sorpresa; para él, la fuerza respondía por sí sola.
Darius frunció el ceño: dudaba.
¿Quién podía permitirse negar algo a Kael?
Nadie.
Elián, encorvado y distraído, se encogió de hombros: aquello no iba con él.
Faen abrió la boca, buscando palabras, pero no alcanzó a decir nada.
La plaza, casi sin aviso, se llenó de un zumbido: la pantalla del sistema apareció frente a Kael, blanca y fría en el aire.
¡ANUNCIO DEL SISTEMA!
Alerta global: La antigua ciudad de Valdros ha sido conquistada por una facción desconocida.
Recompensa por información: 2.500 monedas — +10 reputación regional.
Kael lo escuchó y por un instante su mirada se tornó distante.
Valdros.
Un nombre, una oportunidad.
La idea brotó como un cálculo automático en su mente: Lunareth era ruina; Valdros, dominio.
¿Y si él no se quedó en un rincón?
¿Y si tomaba más?
Se puso en pie con calma.
La espada aún tenía restos de sangre, pero su postura no era la de un bárbaro; era la de un planificador.
—Vamos a conquistar Lunareth —dijo, frío—.
Reuniremos gente.
Quien no se una… morirá.
No fue una amenaza retórica: fue una directiva.
Darius presionó la mandíbula y, por obligación o conveniencia, ayudó.
Lucen entusiasmado con crueldad.
Erya ya veía rutas y puntos ciegos.
Elián murmuró fórmulas de apoyo.
Faen respiró hondo, todavía dividido entre la moral y la supervivencia.
La noche cerró sus ojos sobre ellos, y bajo la luna roja, algo más grande comenzaba a latir: un plan que no pediría permiso.
El grupo salió a la noche con hambre y sangre en la lengua.
No tardaron en toparse con un pequeño contingente: hombres magullados, heridas sin curar, miradas que median oportunidades.
Kael no perdió tiempo.
—Únanse —ordenó, simple.
Los heridos, sin opciones, aceptaron.
Les dieron armas rudimentarias, algo de pan y una instrucción: obedecer o huir.
Muchos eligieron obedecer.
Entre ellos había herreros, curtidores y dos exmilicianos; sus clases no importaban tanto como las ganas de no morir.
Más adelante, en una calle abierta, surgió otro grupo: una banda organizada de guerreros, armadura remendada y estandarte improvisado.
No aceptaron unirse.
Sus ojos desafiaron a Kael.
El líder alzó la espada y gruñó algo desafiante.
Kael avanzó primero, sin fanfarria.
En un movimiento tan limpio que parecía coreografiado, dejó la espada hablar.
El golpe fue fulminante: la cabeza del líder cayó, y el metal hasta el arma del caído tembló con un sonido que heló a todos.
— ¿Quién sigue?
—preguntó Kael, con la voz sin emoción.
El silencio duró un suspiro.
Luego, las manos se alzaron —no por honor, sino por miedo.
Uno a uno se arrodillaron o extendieron sus armas en señal de entrega.
En minutos, aquellos hombres que habían desafiado, ahora eran sombras más en la fila de Kael.
La marcha continuó, y no tardaron en encontrar otro contingente: cincuenta personas en una plaza, en actitud hostil.
Eran cuarenta contra cincuenta, desfavorables en número y en posición.
Los murmullos comenzaron; la tensión se presiona como una cuerda.
Kael no esperaba que pensaran.
Atacó primero.
Sus movimientos fueron precisos, fríos, sin el alarde de un salvaje: tres cayeron a su espada, luego cuatro más por su mano y la de los recién reclutados.
No era espectáculo; era demostración.
La sangre salpicó la piedra y los gritos se transformaron en un rumor ahogado.
La gente observaba con los ojos abiertos de quien presenciaba un fenómeno: no entendían del todo, pero comprendían el mensaje.
En esa plaza, el poder dejó de ser una idea y pasó a ser algo tangible.
Cuando el polvo se asentó, Kael miró a su alrededor.
Rostros nuevos, manos temblorosas sujetando armas, voluntades que antes hubieran huido.
Darius limpió el acero con un gesto rápido; Erya ya calculaba rutas de patrulla; Elián murmuró algo sobre soportes mágicos; Faen tenía la mirada en blanco, apretando su frasco como si necesitara sostener la realidad.
—Registren a los heridos —ordenó Kael—.
Quien no pueda luchar, trabajará.
Curen.
Forjen.
No quiero vagabundos en mi techo.
La orden fue aceptada con murmullos.
La ciudad de Lunareth, ruina por ruina, estaba empezando a formar algo con dientes: una fuerza que se alimentaba de miedo y necesidad.
Y mientras la luna roja bajaba un poco en el cielo, Kael tuvo la sensación de que aquello solo era el primer movimiento de una partida más grande.
Kael se acercó a Erya y le preguntó: — ¿Tú harías lo mismo que yo?
—Sí —respondió firme, sin dudar.
Su voz era tan fría como el filo que Kael sostenía.
Kael asintió apenas, y su mirada se movió hacia los demás.
—Darius, ¿y tú?
El hombre lo pensó, los nudillos tensos alrededor del mango de su espada.
—Si el objetivo lo exige… sí.
Kael pasó la vista a Lucen.
—No me interesa justificar la violencia —respondió el guerrero con una sonrisa torcida—.
Solo quiero ganarla.
Elián ni siquiera levantó la cabeza de los símbolos que dibujaba en la tierra.
—Mientras me dejes estudiar y no interfieras en mis experimentos, no me importa lo que hagas.
Kael finalmente miró a Faen.
—¿Y tú?
Faen dudó.
Por primera vez, todos los ojos se posaron en él.
—Yo… no.
No podría.
No quiero vivir en un mundo construido sobre cadáveres.
El silencio fue inmediato.
Solo el fuego crepitó.
Kael lo observó unos segundos, sin emoción visible.
Luego, simplemente dijo: —Entonces no estás hecho para este mundo.
No lo mató.
No aún.
Pero el mensaje quedó grabado con más peso que una amenaza.
Esa noche, mientras el grupo descansaba en los restos de una taberna derruida, Kael quedó despierto.
Su espada reposaba en su regazo, y el resplandor rojo de la luna se reflejaba en su filo.
Pensaba en lo que vendría después: la conquista del condado entero.
Pasan las horas.
Kael, el que nunca dormía, aquella noche cayó rendido sin resistencia.
En sus sueños, los recuerdos lo atacaron sin piedad: las palizas, el abuso, el hambre.
Veía su infancia como si reviviera cada golpe.
Su padre, borracho, entrando tambaleante, el sonido del cinturón… todo con una precisión tan cruel que el miedo lo hizo temblar incluso en el sueño.
—¡Kael!
¡Kaël!
—la voz de Erya sonó alterada, pero él no reaccionó.
Estaba rígida, la respiración entrecortada, atrapada en su propio infierno.
Faen lo movía una y otra vez, desesperado.
—¡Kael, despierta, por favor!
Nada.
Hasta que Darius, con un impulso brusco, le dio una cachetada que resonó en la taberna.
Kael despertó sobresaltado, los ojos desorbitados, sudando como si acabaría de salir de una batalla.
— ¿Qué te pasó?
—preguntó Faen, aún jadeando.
Kael tardó en responder.
Miró sus manos, temblorosas, luego a los demás.
Su voz salió baja, casi un susurro: —Recordé… por qué no duermo.
Faen, algo confundido, preguntó en voz baja: —¿Por qué… te pasa eso?
Kael lo miró con los ojos hundidos y la respiración entrecortada.
—Por mis traumas —respondió sin emoción, mirando el suelo cubierto de ceniza.
Erya se quedó helada; Nunca había escuchado a Kael hablar de su pasado.
Siempre lo había visto como una bestia sin alma, pero en ese instante entendió que su frialdad era una coraza, no una naturaleza.
Darius, preocupado, intentó acercarse, pero dudó.
Elian permaneció sentado sobre un trozo de piedra, limpiando su cuchillo con indiferencia.
El pequeño Víctor, temblando, se atrevió a abrazar a Kael.
—Pero ya no estamos en ese mundo —dijo Faen, con un intento torpe de consuelo.
Erya lo miró sorprendida; No esperaba empatía de él.
Kael cerró los ojos, respiró hondo y se levantó.
—Bueno, bueno… ya basta.
Mucho drama por hoy.
Vámonos.
Nos falta poco para conquistar la ciudad… pero antes, compremos lo que podamos.
El grupo avanzó entre los restos de lo que alguna vez fue un mercado.
Las estructuras estaban derrumbadas, el aire olía a óxido y muerte, y las antorchas que aún ardían lanzaban sombras deformes sobre los muros agrietados.
Los cadáveres de los comerciantes aún yacían entre los escombros, y algunos vagabundos hurgaban entre la basura buscando comida o piezas que vender.
Kael se detuvo frente a una tienda medio quemada donde un viejo herrero, con la mitad del rostro cubierta por una máscara metálica, aún trabajaba.
¿Buscas algo, forastero?
—preguntó con voz ronca.
Kael observó las armas oxidadas hasta que una le llamó la atención: una espada larga, con inscripciones antiguas apenas visibles bajo la sangre seca.
—Esa… —murmuró Kael.
—La espada del rey —dijo el herrero, golpeando el yunque con su martillo—.
Fue encontrado entre las ruinas del palacio; nadie ha podido blandirla sin perder la cordura.
Kael·la tomó.
El aire se volvió pesado; un leve zumbido recorrió la hoja.
—Ahora es mía —dijo, sin apartar la vista del filo.
El herrero murmuró, más para sí que para ellos: —Dicen que esa espada fue de Lumin Lunareth, un antiguo líder del ducado.
El más fuerte.
Destronó a su padre y lo mató él mismo.
Kael sintió una punzada de identificación.
Lumin había hecho lo mismo que él.
De pronto, un flashback lo golpeó: recordó aquella noche con el sabor metálico de la sangre mientras apuñalaba al hombre que lo había abusado, una y otra vez.
Fue la primera vez que mató por necesidad —y la primera vez que descubrió que no había retorno.
El recuerdo golpeó con fuerza.
La cocina húmeda, la luz mortecina de una vela, el olor a metal y sudor.
El hombre que lo había atormentado durante años estaba frente a él, desprevenido, confiado.
Kael sintió el miedo y la rabia mezclarse en su pecho, un cóctel que nublaba todo pensamiento excepto la necesidad de sobrevivir.
El primer cuchillo se hundió en la carne; la sorpresa del hombre le dio segundos preciosos.
Cada movimiento era instintivo, automático, pero con una precisión que jamás había experimentado antes.
La sangre salpicó las paredes, el suelo y las manos de Kael.
No hubo júbilo, no hubo emoción: solo una calma aterradora que lo llenaba mientras el cuerpo caía.
Cuando terminó, el silencio de la habitación era casi ensordecedor.
Kael se quedó mirando su propia mano, cubierta de sangre, y por primera vez entendió algo esencial: no podía permitirse debilidad.
La fuerza, la frialdad y la determinación eran lo único que lo salvarían de volver a ser víctima.
Ese instante definió al Kael que Faen veía ahora: un hombre que no dormía, que mataba con eficacia, que planeaba y calculaba.
La infancia rota había forjado un guerrero, alguien que entendía que el mundo no ofrecía segundas oportunidades, solo supervivencia y control.
Un escalofrío recorrió su espalda mientras bajaba la vista a la espada del herrero.
La conexión con Lumin Lunareth no era casualidad: ambos habían aprendido que el poder se ganaba con sangre, no con misericordia.
Kael presionó el mango de la espada, sintiendo la resonancia de cada golpe que había dado y que aún daría.
—Esto… esto es solo el comienzo —murmuró para sí mismo.
La ciudad, Lunareth, el ducado entero: nada podría detenerlo.
La sangre que había derramado en el pasado solo era un adelanto de lo que estaba por venir.
Afuera, la luna roja parecía observarlo, cómplice de sus aviones.
Los compañeros, aunque ignorantes de su tormento interno, lo seguirían.
Era inevitable.
Kael respiró hondo, dejando que la oscuridad lo rodeara; la calma que sentía era aterradora para cualquier otro, pero para él, era hogar.
buenas chavales si les gusto la historia apoyenla me sirve de muchisimo, gracias por todo el apoyo!
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