Destinado a ser un villano - Capítulo 20
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20: cap 7 20: cap 7 La luz de las tres lunas se filtraba por el vitral del nuevo trono de Kael en Kaldren, tiñendo de púrpura y plateado el informe que sostenía.
No era un pergamino, sino una tableta de cristal rúnico, otra herramienta comprada al Sistema.
Semana a semana, los movimientos del Gremio Divino habían sido predecibles: purgas en pueblos fronterizos, sermones en plazas públicas, la típica bulla de una teocracia expandiéndose.
Molesto, pero manejable.
Hasta hoy.
Las runas en la tableta se reconfiguraron, mostrando un mensaje cifrado de su espía más profundo dentro del Gremio.
No hablaba de escaramuzas.
Hablaba de una Cruzada de Purificación.
Objetivo: La Región Metropolitana.
Blasfemo Primario: El ente conocido como “Señor Sombra”.
Ejecución: En 14 ciclos lunares.
Kael, tras la máscara de ébano, no mostró emoción.
Pero sus ojos, aquellos ojos rojos que ahora brillaban con una calma gélida, se estrecharon.
No era una incursión.
Era una declaración de guerra existencial.
Iban a por todo.
Iban a por él.
Su voz, distorsionada por la máscara, resonó en la cámara vacía, un susurro que era una orden.
—Convocar a los Sabuesos.
No hubo trompetas, ni heraldos.
Una frecuencia de mana, indetectable para cualquier otro, vibró en los núcleos de poder de una docena de individuos dispersos por sus territorios.
Los Sabuesos del Señor Sombra.
No eran soldados.
Eran herramientas de precisión.
Asesinos, saboteadores, mentes retorcidas que habían encontrado en la causa de Kael la libertad para ejercer sus artes más oscuras.
Todos, Rankers del Top 1000 para abajo.
Su lealtad no era al hombre, sino a la oscuridad que él encarnaba.
En menos de una hora, doce siluetas ocupaban el salón del trono.
No se saludaron.
No se miraron.
Sus ojos, de diversas formas y colores, estaban fijos en la máscara blanca.
—El Gremio Divino cree que puede traer su luz a nuestras tierras —comenzó Kael, su voz un zumbido metálico—.
Creen que su dios los protege.
Se equivocan.
Projectó un mapa etéreo de la región.
—En 14 días,su ejército cruzará el Paso del Lamento.
Su objetivo es Kaldren.
Nuestro hogar.
La cuna de mi reinado.
Hizo una pausa, dejando que el peso de las palabras cayera.
No había miedo en los Sabuesos, solo una expectación predatoria.
—No los enfrentaremos en el campo de batalla.
No les daremos el martirio que desean —continuó—.
Los ahogaremos en su propia arrogancia.
Actúen.
Reúnan a toda alma útil en las ciudades.
Recluten por la fuerza, por la promesa, por el miedo.
Todo aquel que pueda sostener una lanza, una hoz, una piedra, será parte del muro.
Quien se resista…
es un obstáculo.
Y los obstáculos se eliminan.
No hubo preguntas.
Un simple asentimiento colectivo, y los Sabuesos se desvanecieron en las sombras, como si nunca hubieran estado allí.
Las dos semanas siguientes fueron un torbellino silencioso.
Las carreteras se llenaron de columnas de personas conducidas por los agentes de Kael.
No era un ejército, era una marea humana de desesperación y fanatismo inducido.
Herreros, campesinos, ladrones, antiguos soldados…
todos fueron arrastrados hacia Kaldren, la ciudad que ahora respiraba con una energía opresiva.
Las bandas criminales, antes caóticas, ahora operaban como policía de Kael, imponiendo un orden brutal.
Kaldren se había convertido en la antítesis perfecta del Gremio Divino: un lugar donde la oscuridad no solo sobrevivía, sino que gobernaba.
Y entonces, el mensaje llegó.
Kael observaba desde el balcón más alto de la ciudadela cuando un explorador, cubierto de polvo y con el rostro demacrado por el agotamiento, se arrodilló a sus espaldas.
—Señor Sombra…
—jadeó el hombre—.
Vienen.
El ejército del Gremio…
ha cruzado el Paso.
Se dirigen aquí.
Dicen los rumores…
que traen un “Instrumento de Purificación”.
Kael no se volvió.
Sus ojos rojos escudriñaron el horizonte, como si ya pudiera ver las antorchas enemigas manchando la llanura.
—Bien —murmuró, su voz apenas un susurro para sí mismo—.
Que vengan.
Una sonrisa fría se dibujó bajo la máscara.
Su reino de oscuridad estaba listo.
Y estaba ansioso por demostrarle al Gremio Divino que algunas sombras son demasiado profundas incluso para su luz.
Kael era una estatura de ébano y paciencia en su trono.
Desde la oscuridad de su salón en la ciudadela de Kaldren, orquestaba el silencio previo a la tormenta.
Cada callejón era una trampa, cada plaza, un campo de muerte preparado.
Esperaba el movimiento predecible del Gremio Divino con la frialdad de un jugador que ya ha visto el final de la partida.
La noticia de que el ejército enemigo había cruzado el Paso del Lamento fue solo un dato más en su estrategia.
Pero la segunda noticia…
esa no estaba en el guion.
Fue Élise, su espía maestra, quien se materializó de las sombras, y por primera vez, su voz contuvo un tono de genuina advertencia.
“Señor Sombra.
Confirman los informes.
No es solo un ejército.
El Gremio despliega a su arma definitiva en el continente.
Traen a la Primera Santa de Sudamérica.” Kael inclinó ligeramente la cabeza tras la máscara, un gesto que ordenaba continuar.
Una santa era un problema logístico mayor, un símbolo poderoso, pero aún así, una variable manejable.
Hasta que Élise pronunció el nombre.
“La intelligence de los Sabuesos la identifica…
como Amaralt.” El nombre Amaralt no resonó en la sala.
Se estrelló contra ella.
Por una fracción de segundo infinitesimal, todo en Kael se detuvo.
El flujo calculador de sus pensamientos, el lento latido de su corazón frío.
Fue una grieta instantánea en la fachada del Señor Sombra, tan breve que Élise ni siquiera la percibió.
Pero fue real.
Amaralt.
La chica de los viernes de té y pan con mantequilla.
La que una vez, bajo la luz mortecina de una pantalla en otro mundo, le había dicho “te amo”.
La misma cuyo rechazo y desconfianza final habían sido el clavo final en el ataúd de su humanidad.
La razón por la que había aprendido que el amor era una herramienta más débil que el miedo.
Y ahora…
era una santa.
La encarnación viviente de todo lo que él había jurado destruir.
La pureza que venía a “purificar” su reino de oscuridad.
—Amaralt —repitió Kael, y esta vez su voz distorsionada por la máscara cargó con un eco extraño, como si dos personas hablaran al mismo tiempo: el frío estratega y el adolescente traicionado.
Se levantó de su trono, y su sombra pareció devorar la luz de la sala por completo.
La noticia ya no era solo estratégica; era un desafío personal, un juicio final de su pasado.
—Que vengan —declaró, su voz recuperando su firmeza metálica, pero con una nueva capa de peligrosa intensidad—.
Que traigan a su santa.
A su Amaralt.
Caminó hacia el balcón, mirando hacia el sur, de donde ella avanzaría con su ejército de luz.
—Déjenla venir a mi ciudad.
Déjenla ver el mundo que su rechazo ayudó a crear —susurró, y por primera vez en años, algo que no era odio, ni rabia, sino una ironía profundamente amarga, tintó sus palabras—.
Le mostraremos qué tan lejos puede llegar la oscuridad…
cuando nace de un corazón roto.
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