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Destinado a ser un villano - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 cap 8 Las sombras del pasado
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21: cap 8 “Las sombras del pasado” 21: cap 8 “Las sombras del pasado” Kael yacía en su trono de ébano, una estatua de impaciencia contenida.

La ciudad de Kaldren aguantaba la respiración, un organismo de sombras y acero listo para morder.

Entonces, llegó el mensajero, cayendo de rodillas con el aliento en la garganta.

—¡Vienen, Señor Sombra!

¡Por el horizonte sur!

Kael se alzó y caminó hasta el balcón.

El ejército del Gremio Divino era un manto blanco desplegándose sobre la tierra, una mancha de pureza arrogante en su dominio de oscuridad.

Y entonces, la vio.

Amaralt.

Morena, bonita, como el recuerdo que lo atormentaba.

Pero ahora transfigurada, envuelta en una armadura blanca inmaculada y una aura de santidad que le resultaba nauseabunda.

Un torrente de emociones lo atravesó, tan violento que por un segundo la máscara no pudo ocultar la tensión en su cuerpo.

Rabia.

El deseo visceral de estrangularla con sus propias manos.

Deseo.

Un eco tóxico de un sentimiento que una vez fue puro.

Y luego, los recuerdos, afilados como cuchillas.

«—Kael, es que eres muy intenso—.

La voz de Amaralt, fría, distante.

¿Por qué estás enojada?

Porque le contaste a tu “amigo” cosas de nosotros.

Y ese “amigo”, el mismo que siempre estaba ahí, susurrándole en el oído, intoxicándola contra él.

Y después, el vacío.

Ella buscó a todos, a todos menos a él.

Lo dejó solo, de nuevo, como todos siempre lo hacían.» Un emisario del Gremio, con una armadura dorada ridícula, se adelantó.

Su voz retumbó, falsa y grandilocuente.

—¡Señor Sombra!

¡La luz del Gremio Divino ha llegado para purgar tu herejía!

Ríndete ahora y tu muerte será piadosa.

¡Resiste, y perecerás!

Pero Kael ya no lo escuchaba.

Su mirada, a través de la máscara, estaba clavada en un punto detrás de Amaralt.

Allí, con una sonrisa de superioridad, estaba él.

Su supuesto “amigo”.

El mismo que envenenó su relación.

Y Amaralt estaba a su lado, su hombro rozando el de él.

La confianza entre ellos era palpable.

La traición no era solo un recuerdo; era un espectáculo que se repetía frente a sus ojos.

Algo en Kael se quebró.

No fue la rabia fría del estratega.

Fue la rabia hirviente y animal del adolescente burlado, del chico de la calle al que siempre le quitaban todo.

—Perra —masculló, un sonido tan bajo que solo él lo oyó, pero cargado con todo el veneno de su pasado.

Sin una orden, sin un plan, impulsado por un odio puro y perfecto, activó la habilidad por la que había pagado una fortuna en impuestos acumulados durante meses.

Su cuerpo, cuyas estadísticas ya superaban las 500 y lo ponían a la par de los Top 10 del mundo, se saturó de un poder ancestral.

«Florecimiento del Monte Hua.» No fue un golpe.

Fue un fenómeno.

El aire se llenó del aroma de cerezos.

De la punta de su espada negra, un árbol de cerezo espectral brotó en un instante, hermoso y mortal, sus pétalos rosados girando con elegancia letal.

Luego, con un gesto de su mano, el árbol entero se desplomó sobre el frente del ejército enemigo.

Fue un cataclismo.

Diez mil soldados, inquisidores y paladines fueron arrasados en un instante, sus cuerpos destrozados por la belleza violenta de la técnica del Murim.

El sonido fue el de un bosque entero cayendo sobre ellos.

El silencio que siguió fue aterrador.

La llanura estaba sembrada de cadáveres.

Entonces, Amaralt alzó las manos.

Una luz dorada, pero de un tono enfermizo, brotó de ella.

Barrió el campo de batalla.

Los caídos se movieron.

Se levantaron.

Pero algo estaba horriblemente mal.

No había vida en sus ojos.

No había alivio, ni confusión, ni gratitud.

Solo un vacío espeluznante.

Se pusieron en pie con movimientos espasmódicos, como marionetas cuyas cuerdas fueran hilos de luz.

Estaban vivos, pero no había conciencia en ellos.

No habían sido devueltos a la vida; habían sido reclamados.

Kael los observó, y por primera vez desde que comenzó la batalla, una sonrisa fría y genuina se dibujó bajo su máscara.

—Así que ese es tu dios, puta —su voz distorsionada cortó el aire, cargada de un desprecio triunfal, repitiendo el insulto como un martillo sobre el yunque de su odio—.

No da la vida…

sólo hace esclavos.

No vinisteis a salvar almas.

Vinisteis a recolectar soldados.

El verdadero horror del Gremio Divino acababa de ser expuesto.

Y la guerra había cambiado para siempre.

La revelación del poder profano de Amaralt colgó en el aire, un desafío silencioso.

Por un instante, el campo de batalla fue un cuadro de pesadilla.

Pero ese instante de pausa fue suficiente para que la rabia de Kael, que había encontrado un breve respiro en su desprecio, volviera a hervir con la fuerza de un volcán.

La imagen de Amaralt y su “amigo” seguía ahí, incrustada en su mente como un cuchillo.

El insulto anterior no había sido suficiente.

La destrucción de diez mil hombres no había bastado.

El dolor, enterrado por años bajo capas de odio y poder, emergió con una violencia catártica.

“¡Puta!

¡Puta!

¡Hija de puta!

¡Muérete, aweona’ culía!” Su voz, amplificada y desgarrada, no era solo un rugido de odio.

Era el quejido de una herida que nunca cerró.

“¡Y vo’, hijo de la perra, amigo de la Amaralt!

¡Te voy a desmembrar yo mismo y vivo, culía’ imbécil!” Giró entonces directamente hacia ella, su cuerpo temblando de manera visible, la máscara blanca apuntando como un espectro acusador.

La furia estratégica del Señor Sombra se quebró de repente, y por primera vez, la voz que salió de él fue únicamente la de Kael, el joven traicionado, cruda y despojada de toda distorsión, cargada de un dolor tan inmenso que cortó el sonido mismo de la batalla incipiente.

“¡Amaralt, hija de perra!

¡Te voy a matar yo mismo!”, gritó, y su voz se quebró.

“¿Por qué chucha me abandonaste?

¿Por qué?

¡Todas esas noches que lloré!

¡Que no podía comer!

¡Que no podía beber!

¡Que me odié a mí mismo!” Las lágrimas, negras como la tinta de su alma, comenzaron a manar desde bajo la máscara, surcando el ébano.

Su puño golpeó la barandilla del balcón, partiendo la piedra.

“¡Devuélveme todo eso, hija de perra!

¡DEVUÉLVEMELO!

¡PORQUE CHUCHA ME ABANDONASTE!” El grito final fue un sonido desgarrado, un alarido que contenía toda la soledad, el hambre y la autodesprecio de años.

No era la orden de un señor de la guerra a su enemiga.

Era la acusación desesperada de un hombre roto a la mujer que ayudó a romperlo.

Ese grito, cargado de más verdad que cualquier hechizo, congeló por un segundo incluso a los muertos vivientes.

Los soldados de Kaldren, que moments antes se preparaban para cargar, vacilaron, confundidos por el dolor humano que brotaba de su dios oscuro.

Y en el centro de la llanura, Amaralt, la Santa, palideció.

La máscara de serenidad divina se agrietó.

Sus ojos, por un instante, no vieron al Señor Sombra, sino al chico vulnerable al que una vez conoció.

Y en ellos, por primera vez, brilló algo que no era convicción, ni poder, ni lástima.

Era culpa.

Kael, al ver esa grieta en su armadura de santidad, jadeó.

Había logrado lo que ningún ejército podría: herirla.

Y con esa herida, su rabia encontró un nuevo y más peligroso propósito.

El silencio que siguió al estallido anterior fue más ensordecedor que cualquier grito.

Kael, el Señor Sombra, el arquitecto del miedo, respiraba con la furia jadeante de una bestia acorralada.

Su pecho se elevaba y hundía de manera convulsiva bajo la máscara.

La revelación profana de Amaralt, la visión de su “amigo” a su lado…

todo se fundió en una tormenta que ya no podía contener.

La cordura se rompió.

“¡HIJA DE LA MARACA AWEONA CULIA!” El nuevo insulto, crudo y visceral, explotó en la llanura con la fuerza de un hechizo prohibido.

No era solo rabia.

Era la voz de las calles, del dolor que se expresa con la lengua de los golpes y la miseria.

“¡TE VOY A MATAR, OISTE!

¡PORQUE CHUCHA ME ABANDONASTE!” Gritó, y su voz ya no era la del comandante.

Era la del adolescente herido, la del fantasma que ella había creado.

Dio un paso al frente en el balcón, su cuerpo ya no era la estatua impasible, sino un manojo de nervios al rojo vivo.

“¡DIMELOOOO!

¡PORQUEEEEEE!” La pregunta no era para la Santa.

Era para el eco de su propio pasado, un lanzazo dirigido al recuerdo de cada noche en vela, de cada lágrima ahogada en silencio.

“¿Por qué le creíste a él y no a mí?”, vociferó, y en esa pregunta estaba el núcleo de toda su damnación.

“¿Por qué no me preguntaste?

¿Por qué me odiaste sin siquiera preguntarme?” Cada palabra era una herida que se reabría, un veneno que finalmente encontraba salida después de años de fermentar.

“¡TE ODIO!

¡TE ODIO!

¡TE ODIO!” El grito final no fue una declaración de guerra.

Fue una confesión.

La admisión de que, por debajo de todo el poder, las estadísticas y el imperio de sombras, lo que ardía en su núcleo era un odio personal, íntimo y devastador.

Kael ya no era el frío y calculador villano.

Ahora se movía por rabia.

Por una rabia inimaginable.

Esa transformación fue palpable en el aire.

La energía que emanaba de la ciudadela ya no era la de una estrategia calculada, sino la de una herida sangrante a escala continental.

Y esa rabia, impredecible y absoluta, era mil veces más peligrosa que cualquier plan del Señor Sombra.

Desde la llanura, Amaralt no pudo responder.

La máscara de la Santa se había quebrado por completo, dejando al descubierto a una joven asustada y, por primera vez, terriblemente insegura.

Había venido a purgar un monstruo, y en su lugar, había despertado a un fantasma.

Su propio fantasma.

El aire en la llanura se había vuelto pesado, cargado de una electricidad que no era divina ni profana, sino puramente humana.

El último alarido de Kael, ese “TE ODIO TE ODIO TE ODIO”, aún resonaba en los oídos de todos, un eco de un dolor tan primitivo que había silenciado incluso la batalla.

Kael ya no era el Señor Sombra.

Era un volcán de rabia pura, una herida abierta que gritaba desde las alturas.

Su cuerpo, antes una estatua de ébano, temblaba de manera visible, y su respiración era un jadeo áspero que todos podían oír.

En el centro de la luz, la Santa, Amaralt, estaba paralizada.

El muro de fe y certeza que la rodeaba se agrietó.

Esas palabras, ese dolor específico y dirigido…

no podían ser de un simple hereje, de un ente de oscuridad.

Golpeaban una parte de su pasado que ella misma había enterrado bajo capas de oración y servicio.

Un recuerdo prohibido cruzó su mente como un relámpago: No era el Señor Sombra.

Era el chico callado, el de la sonrisa tímida, el que ella había ilusionado y luego abandonado por seguir a alguien mayor, a alguien que parecía tener más mundo, el mismo que después intoxicó todo en su contra.

El horror se apoderó de su rostro.

La máscara de la Santa se quebró, dejando al descubierto a la joven asustada que había sido.

—Ka…

—tartamudeó, su voz un hilo de incredulidad—.

¿Kael?

Desde el balcón, la figura enmascarada soltó una risa cortante, un sonido que no tenía nada de alegría, solo hiel y amargura infinita.

—¿Por fin?

¿Por fin me reconoces, hija de la grandísima perra?

Su voz ya no estaba distorsionada por ningún artefacto.

Era la voz de Kael, cruda, rota, llena de un dolor que traspasaba la distancia y se clavaba en el pecho de Amaralt con más fuerza que cualquier espada.

—¿Por qué chucha buscaste a otro que no era yo?

—gritó, y cada palabra era un lamento, una acusación desgarrada—.

¡¿Por qué?!

¡¿POR QUÉ?!

¡¿PORQUÉ?!

Ka…

Kael, te lo puedo explicar —la voz de Amaralt era un hilo de súplica, un intento desesperado por frenar lo inevitable.

—No —cortó Kael, su voz un muro de hielo.

—No hay nada que explicar, Amaralt.

Simplemente…

ríndete.

Movió su mano con un gesto frío y calculador.

No era el ademán furioso de antes, sino la señal serena de un cazador que sabe que su presa ya no tiene escape.

De las sombras a sus pies, dos figuras se materializaron.

No eran simples asesinos.

Eran Sabuesos del Señor Sombra.

El Top 50 y el Top 78 del ranking mundial.

Su mera presencia hizo que el aire se volviera pesado y el sonido de la batalla pareciera amortiguarse a su alrededor.

—Tráiganmela viva —ordenó Kael, y sus palabras resonaron con una autoridad absoluta—.

Quiero que vea cómo su dios no vendrá a salvarla.

Las dos sombras se deslizaron a través del campo de batalla como serpientes de oscuridad.

Los muertos vivientes que intentaban interceptarlos simplemente se desintegraban al contacto con su aura.

En segundos, habían cruzado la distancia que separaba las murallas de Amaralt.

La Santa alzó las manos, y un escudo de luz dorada brotó a su alrededor.

Pero era inútil.

El Top 50 simplemente extendió una mano y el escudo se quebró como cristal bajo una roca.

La otra sombra, el Top 78, lanzó unos hilos de oscuridad que envolvieron a Amaralt, sellando su magia y arrastrándola hacia atrás, lejos de la protección de su ejército.

—¡SUÉLTENME!

—gritó Amaralt, pero los hilos de sombra solo se apretaron más, ahogando sus palabras.

Kael observó la escena desde su balcón, una sonrisa fría bajo su máscara.

—Llévensela a las mazmorras más profundas —ordenó—.

Allí tendremos nuestra…

conversación.

Mientras arrastraban a la Santa hacia la ciudad, Kael giró su atención hacia el resto del ejército del Gremio Divino, que observaba paralizado la captura de su líder.

—En cuanto a ustedes —dijo, su voz amplificada retumbando sobre el campo de batalla—.

Mátenlos a todos.

No dejen a nadie con vida para contar lo que vieron aquí hoy.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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