Destinado a ser un villano - Capítulo 24
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24: Las Consecuencias 24: Las Consecuencias La luz dorada de la Intervención Divina se desvanece en el cielo.
Los portales se cierran, llevándose al dragón ancestral.
Kaldren queda en un silencio pesado, una victoria vacía.
Pasan los días.
Kael no se levanta de su cama.
La cámara del Señor Sombra está en penumbra.
Quien asume el mando es Luna, la líder de las Ocho Espadas.
Bajo su dirección precisa y letal, la ciudad no solo funciona, se fortalece.
Las Espadas ejecutan las órdenes pendientes con una eficiencia mortal, y los Sabuesos responden a su autoridad temporal.
La maquinaria de guerra del reino oscuro pulsa con fuerza renovada, pero carece de su voluntad rectora.
Hasta que el mensaje llega.
Luna irrumpe en la cámara sin anunciarse, su rostro, siempre un enigma, muestra la más leve tensión alrededor de sus ojos.
Sostiene un cristal rúnico que emite un pulso de luz roja de emergencia.
—Señor Sombra —dice su voz, fría como el acero de sus espadas—.
Informe urgente.
El Gremio Divino no se ha retirado.
Están movilizando una fuerza de invasión masiva.
Dos millones de soldados.
Su objetivo es el continente americano.
Kael, inmóvil en la oscuridad, no responde.
Pero la cifra —dos millones— quema en su mente.
La población humana superviviente no llega a los cinco mil millones.
Es un ejército diseñado no para conquistar, sino para aniquilar.
Luna deja el cristal sobre una mesa y se retira con la misma discreción con la que entró.
Sabe que esta batalla, por ahora, no es suya.
La habitación vuelve a sumirse en el silencio.
Horas, o tal vez días después, una fuerza innoble empuja a Kael a levantarse.
Se acerca tambaleándose a un espejo de obsidiana.
Y no se reconoce.
La figura pálida y demacrada que lo devuelve el reflejo le es ajena.
Los ojos rojos han perdido su fuego de odio para convertirse en cristales opacos de vacío.
El rostro que una vez fue de un joven herido es ahora la máscara inexpresiva de un monstruo que incluso a sí mismo le resulta extraño.
—¿Qué…
qué he hecho?
—susurra, y la voz le suena hueca, como de otro.
Los recuerdos lo asaltan con una claridad brutal.
Amaralt en la silla.
El primer brazo.
Su súplica.
El segundo brazo.
Su grito final.
La guillotina.
No fue justicia.
No fue una venganza noble.
Fue carnicería.
Fue la tortura metódica de alguien a quien una vez…
amó.
—¿Por qué?…
—pregunta a su reflejo, pero el reflejo guarda silencio—.
¿Por qué la maté?
¿Por qué la torturé?
La pregunta resuena en el vacío de su ser y no encuentra respuesta, solo un eco aterrador: Nada.
No hay rabia que lo justifique, ni dolor que lo ennoblezca.
Solo el acto cruel, frío y esencialmente vacío.
Kael, por primera vez, comprende el verdadero peso de su inhumanidad.
No era el Señor Sombra forjado en el dolor.
Era un niño herido que, en su ira, destrozó el único juguete que le importaba.
Al matar a Amaralt, no había ganado.
Había perdido lo único que, en el fondo, lo mantenía atado a los restos de su humanidad: la capacidad de sentir algo por alguien más allá del odio y la utilidad.
Kael lamentablemente perdió lo único que lo hacía humano.
Y ahora, frente a su reflejo y a la aniquilación inminente de un continente, se encuentra irremediablemente vacío.
El hombre más poderoso del mundo es, también, el más pobre.
La habitación está en penumbra.
Kael yace en el suelo, consumido por una desnutrición severa que ha convertido su cuerpo en poco más que piel y huesos.
Las lágrimas resbalan por sus mejillas, los primeros signos de emoción humana en años, mientras recuerdos de Amaralt lo ahogan: el primer abrazo torpe, el “te amo” pixelado en una pantalla fría.
Está al borde del colapso total.
De repente, una ventana del Sistema brilla con una luz carmesí frente a sus ojos nublados.
[EL DIOS DEL ODIO QUIERE PONERSE EN CONTACTO CONTIGO] [¿ACEPTAS?] Kael, sin la fuerza ni la voluntad para cuestionarlo, con un último y débil impulso de su mente, acepta.
La realidad a su alrededor se desvanece y se reforma instantáneamente.
Ya no está en su cámara oscura.
Está en una habitación sencilla: una cama deshecha, un escritorio abarrotado de papeles y diagramas de estrategia caóticos.
A través de una ventana, ve un vasto campo de entrenamiento desolado, marcado por cicatrices de batallas pasadas.
Y ahí, de pie frente a él, hay una figura que emana una presencia abrumadora.
Una mujer de pelo pelirrojo tan largo que le llega hasta las rodillas, enmarcando un rostro de belleza antigua y serena.
Viste un kimono negro sencillo.
Sus ojos, del color de la sangre seca, observan a Kael con una mezcla de curiosidad y…
comprensión.
Kael intenta arrastrarse hacia ella, pero sus brazos no responden.
No ha comido en días, su cuerpo es un cascarón vacío.
Solo un jadeo débil sale de sus labios.
La Diosa del Odio se acerca, sus pasos no hacen ruido.
Se arrodilla a su lado, sin una pizca de desdén por su estado.
—Sé lo que has pasado —dice su voz, sorprendentemente suave, como el susurro de la brisa antes de una tormenta—.
Yo, cuando era un ser terrenal como tú y todos los que te rodean, también fui así.
Vacío.
Roto.
Después de…
pérdidas similares.
Kael la mira, sus ojos rojos apagados suplicando sin palabras.
—Pero —ella continúa, inclinándose ligeramente—, ¿qué pasaría si te dijera que existe una forma de revivir a tu amada?
¿La aceptarías?
Los ojos de Kael se abren desmesuradamente.
Un destello de algo que no era odio ni desesperación, sino esperanza pura y voraz, ilumina su mirada por un instante.
Intenta hablar, formar un “sí”, pero sus cuerdas vocales solo emiten un sonido áspero y quebrado.
Su boca se abre y se cierra en un gesto mudo y patético.
La Diosa observa su lucha con una paciencia infinita.
—Entonces supondré que es un sí —concluye, como si estuviera cerrando un trato—.
Bueno, escúchame bien, Kael.
Esta es mi oferta.
Crea el reino más grande del mundo.
Supera a cualquier reino, a cualquier imperio, a cualquier jugador.
Unifica este mundo fracturado bajo tu sombra.
Logra eso…
y te la reviviremos.
Hace una pausa, dejando que el peso de la tarea se pose sobre el cuerpo quebrantado de Kael.
—En cambio…
si no logras hacerlo…
—sus ojos carmesí brillan con un desteno familiar— …no morirás.
No te dejaré caer tan fácilmente.
Te convertirás en mi Apóstol.
Tu dolor, tu odio, tu vacío…
se convertirán en mi combustible y mi poder será el tuyo, para siempre.
Es tu única oportunidad de recuperarla, Kael.
¿O prefieres quedarte aquí, muriendo en el suelo como un perro?
Con un esfuerzo sobrehumano, Kael logra mover su mano y aferrar el dobladillo del kimono de la Diosa.
No con fuerza, sino con una desesperación infinita.
Era todo el acuerdo que podía ofrecer.
La Diosa del Odio sonríe, una expresión llena de una piedad terrible.
—Bien.
El pacto está sellado.
La habitación se desvanece, y Kael es arrojado de vuelta a su realidad, desplomado en el suelo frío de su cámara.
Pero ahora, en sus pupilas vacías, arde una nueva llama.
Ya no es la llama del odio ciego, sino el fuego frío y calculador de una misión divina.
La esperanza, la más peligrosa de las motivaciones, había renacido en el corazón del Señor Sombra.
Kael yace en el suelo de su cámara, el débil agarre al dobladillo del kimono de la Diosa aún ardiendo en su memoria como un juramento fantasma.
La desesperación y el vacío son abrumadores, pero a través de ellos, una nueva determinación, fría y absoluta, comienza a bombearse en sus venas.
Con un esfuerzo titánico, arrastra su cuerpo consumido hacia un arcón cercano.
Con dedos temblorosos, saca una Poción de Nutrición Máxima del Sistema, un bien carísimo que había acumulado y nunca necesitó.
Destapa el frasco con los dientes y bebe el contenido espeso y dorado de un trago.
Un calor inmediato lo recorre.
La carne se rellena bajo su piel, el color vuelve a su rostro cadavérico y un poder renovado, no solo físico sino de voluntad, fortalece cada músculo.
Se pone de pie, y ya no es la sombra quebrada de momentos antes.
Es el Señor Sombra, pero con un propósito nuevo y terrible brillando en sus ojos rojos: la esperanza convertida en obsesión.
Camina hacia el centro de la sala y, con una voz que ya no suena quebrada sino como el filo del acero, proyecta una orden mental que reverbera a través de los núcleos de poder de sus seguidores más letales.
—Convocatoria inmediata.
Sala del Trono.
Ahora.
En menos de cinco minutos, la majestuosa y oscura Sala del Trono de Kaldren está llena.
A un lado, las Ocho Espadas, lideradas por la impasible Luna, forman una línea de elegancia mortal.
Al otro, los Sabuesos del Señor Sombra, una masa de sombras parpadeantes y auras contenidas de puro poder asesino, emanando una presión que llena el aire.
Todos observan a Kael, quien se sienta en su trono de ébano.
No explica su ausencia.
No habla de su colapso.
Su mirada barre la sala, y cada uno de ellos siente el peso de una decisión irrevocable.
—El juego ha cambiado —anuncia Kael, su voz clara y cortante, sin espacio para dudas—.
Nuestros objetivos previos eran…
pequeños.
Locales.
Hace una pausa, dejando que las palabras se asimilen.
—El Gremio Divino enviará dos millones de soldados a este continente.
Es una molestia.
Pero es una molestia que encaja en un nuevo propósito.
Mi nuevo propósito.
Se levanta de su trono, y su sombra parece crecer, devorando la luz de las antorchas.
—Ya no luchamos solo por territorio.
Ya no luchamos por venganza.
—Sus ojos se clavan en Luna, luego recorren a los Sabuesos—.
A partir de hoy, luchamos para forjar el imperio más grande que este mundo haya conocido.
Un reino que eclipsará a todas las naciones, a todas las facciones de jugadores, a todos los rezagados del Viejo Mundo.
Un reino unificado bajo una sola bandera.
La mía.
Un murmullo de asombro, casi imperceptible, recorre la sala.
Es una ambición demencial.
—Ustedes —continúa Kael, señalándolos a todos— son los cimientos.
Las Ocho Espadas serán la punta de lanza, los generales que doblegarán reinos.
Los Sabuesos serán el veneno que corromperá sus cimientos desde dentro.
No habrá tregua.
No habrá diplomacia.
Habrá sumisión…
o aniquilación.
Camina hacia el frente del estrado, y una sonrisa fría, la primera en mucho tiempo, se dibuja en sus labios.
—Empezaremos por consolidar este continente.
Luego, cruzaremos los mares.
Nada se interpondrá en nuestro camino.
—Su voz baja a un susurro cargado de poder—.
¿Comprenden?
No fue una pregunta.
Fue un decreto.
Luna, desde su lugar, inclina la cabeza levemente.
—Por supuesto, Señor Sombra.— Desde la masa de sombras, surge un único y siniestro susurro coordinado de los Sabuesos, una sola palabra que sellaba el destino de millones: —Sí.— Kael asiente.
El pacto con la Diosa del Odio estaba en marcha.
La máquina de guerra más letal del mundo acababa de ser reactivada con una meta divina: conquistar el mundo, o caer en la esclavitud eterna.
Kael se encuentra en su trono de ébano, revisando mentalmente las complejas interfaces del Sistema.
De repente, sus ojos rojos se enfocan en una nueva opción que brilla con un resplandor distinto, una que no estaba allí antes de su encuentro con la Diosa del Odio.
Una sonrisa lenta y calculadora se dibuja en sus labios, una expresión cargada de un conocimiento terrible.
—Con esto —murmura para sí, su voz un susurro lleno de presagio— estamos a un paso por delante de todos.
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