Destinado a ser un villano - Capítulo 25
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25: La huída 25: La huída Kael permanecía inmóvil en su trono de ébano, los dedos entrelazados bajo su mentón como una estatua de oscuridad y paciencia.
Las órdenes estaban dadas.
Los Sabuesos ya se habían desvanecido en las sombras, una red de cuchillos y veneno extendiéndose hacia los confines de su reino para preparar la bienvenida a los dos millones de almas perdidas que el Gremio Divino enviaba a su tumba.
El aire, cargado del runrún de una ciudad que se convertía en una fortaleza, se cortó de repente.
Una de las Ocho Espadas, Élise, se materializó a sus pies, la cabeza inclinada pero la voz firme.
«Señor Sombra.
Los inquisidores han confirmado un nuevo dato.
El contingente principal no vendrá solo.
Las Santas de Combate… las Hermanas del Verdugo Celestial… encabezarán la vanguardia.» Un silencio pesante llenó la sala.
Élise aguardó, esperando una maldición, una muestra de furia, una orden desesperada.
En su lugar, recibió el más sutil de los sonidos.
Un susurro seco y frío escapó de detrás de la máscara blanca.
Kael sonreía.
No era una sonrisa de alegría o de triunfo anticipado.
Era la sonrisa de un jugador que ve a su oponente cometer el error que él mismo había previsto.
Un gesto de puro y gélido desprecio.
«Perfecto,» dijo, su voz un zumbido metálico y calmado que helaba la sangre.
«Que vengan todas.
Cuantas más santas, más espectacular será su caída.
No cambien los planes.
Simplemente… asegúrense de que haya suficientes pétalos para todas.» Élise asintió y se desvaneció, dejando a Kael solo con su silencio y su sonrisa de depredador.
Bajó la mirada hacia sus manos, donde un único pétalo de cerezo espectral, sobrante de su último florecimiento, danzaba sobre su palma.
«Dos millones de soldados… y un puñado de santas,» musitó para sí, cerrando el puño y aplastando el pétalo en una explosión de luz púrpura que se desvaneció al instante.
«El Gremio no envía un ejército a mi ciudad…» Abrió la mano, vacía.
«… está enviando abono para mi jardín.» Kael.
Inmóvil en su trono.
La noticia de las Santas de Combate del Gremio Divino aún resonaba en la sala, sellada con su sonrisa de desprecio.
El aire, sin embargo, no tuvo tiempo de asentarse.
Se DESGARRÓ.
No fue una aparición.
Fue una llegada violenta.
Una de las sombras de más alto rango, el Sabueso que custodiaba la frontera norte, se materializó CAYENDO de rodillas sobre el frío suelo de la sala.
El sonido de sus armaduras quebrándose fue un crujido sordo y húmedo.
Su capa estaba hecha jirones, su máscara, agrietada, dejaba ver un ojo hinchado y cegado por la sangre que le brotaba de un corte en la frente.
Un brazo colgaba en un ángulo antinatural.
—¡SEÑOR!
—Su voz no fue un grito, fue un estertor, un sonaje animal de advertencia y dolor.
Kael no se movió.
Ni un músculo.
Pero la atmósfera en el trono se volvió de repente tan densa que el aire pesaba como plomo.
El Sabueso tosió, escupiendo sangre oscura sobre el pulido suelo de ébano.
—El Rey Demonio…—Jadeó, ahogándose—.
Su ejército…
no son escaramuzas…
es…
la Horda Completa.
Kael seguía inmóvil, una estatua de oscuridad.
—Nuestras misiones…
se cruzaron con las suyas…
—continuó el Sabueso, con la voz quebrada—.
Hubo…
roces…
matamos a sus heraldos…
ellos…
a tres de los nuestros…
—Una convulsión lo recorrió—.
Rastrearon las firmas de mana…
hasta Kaldren.
Hizo una pausa, tragando sangre, y alzó la mirada, su ojo bueno encontrando los ojos rojos incandescentes tras la máscara de Kael.
—Vienen.
Hacia aquí.
Todos.
Silencio.
Un silencio que ya no era de poder, sino del instante antes de que una montaña entera se derrumbara.
El peso de dos ejércitos legendarios, cada uno capaz de borrar un continente, avanzando ahora hacia la misma ciudad.
Hacia su ciudad.
Kael, lentamente, con una calma que era más aterradora que cualquier grito, giró la cabeza.
Sus ojos rojos se posaron en Élise, quien permanecía petrificada, esperando la orden de retirada, de desesperación, de un milagro.
Lo que llegó fue un susurro.
Un susurro plano, frío, y cargado de una revelación tan monstruosa que heló el alma.
—Dos ejércitos —dijo Kael, como si estuviera anotando un dato trivial—.
Dos fuerzas que se han deseado la mutua aniquilación desde tiempos inmemoriales…
—Hizo una pausa, y entonces, una sonrisa, no de desprecio, sino de puro y absoluto cálculo genial, se extendió bajo la máscara—.
…Y los hemos invitado a la misma fiesta.
Se levantó de su trono.
Su sombra pareció devorar toda la luz de la sala.
—No cambien los planes —ordenó, su voz ahora un latido de acero—.
Perfecciónenlos.
Que las Santas del Gremio sean nuestra anfitriona de honor.
Y que el Rey Demonio…
sea el invitado de piedra.
El silencio que siguió a sus propias órdenes fue distinto.
Ya no había potencia en él, sino un vacío que se extendió desde su pecho hasta consumir la sala.
La máscara de villano, el cascarón de hierro que había forjado con tanto esfuerzo, se resquebrajó de golpe.
La sonrisa de cálculo se desvaneció, borrada por un sudor frío que recorrió su espalda.
Dentro de él, ya no estaba el Señor Sombra.
Dentro de él, solo había un niño de ocho años, acurrucado en un rincón oscuro, esperando los golpes que sabía que vendrían.
Dos ejércitos.
Las palabras resonaron en su cráneo no como una estrategia, sino como una sentencia.
…los más grandes de la región.
Su mente, tan rápida para los planes retorcidos, se congeló.
Solo podía ver imágenes: el fuego del Gremio Divino arrasando sus calles, las bestias del Rey Demonio destrozando a sus seguidores.
Y a él, en el centro, impotente.
«No puedo.» El pensamiento fue un golpe bajo, más doloroso que cualquier herida.
«No puedo, no puedo, no puedo.» Por un instante de puro pánico, contempló lo impensable: dejarse atrapar.
Bajar la cabeza.
Rendirse.
Tal vez, si lo encerraban, podría encontrar un rincón tranquilo donde el ruido de sus recuerdos dejara de atormentarle.
Pero su propia lógica, fría e implacable, le recordó la verdad: no mostrarían piedad.
Lo torturarían.
Lo ejecutarían.
Su muerte sería un espectáculo.
Pelear era igual de imposible.
Sus fuerzas, aunque formidables, eran un arroyo frente a dos océanos enfurecidos.
Cualquier resistencia sería un último y patético gesto antes de ser barrido.
Atrapado.
Como un animal acorralado entre dos depredadores.
Como ese niño en el pasillo del colegio, sin salida.
Kael no se dio cuenta de que se había desplomado de nuevo en su trono, los hombros hundidos, la respiración entrecortada.
La máscara blanca ya no era un símbolo de poder, sino una prisión que escondía su desesperación.
El gran Señor Sombra, el arquitecto del miedo, se había disuelto.
Y en su asiento de ébano, solo quedaba Kael Díaz, solo, aterrado y exhausto, contemplando el fin de todo lo que había construido.
Fue en ese preciso instante de absoluta rendición, cuando ya no quedaba ni un ápice de fuerza en él, cuando una presencia familiar y opresiva se posó en su mente como una garra.
Era la Diosa del Odio.
En el silencio que siguió, con el peso de dos ejércitos aplastándole el alma, Kael eligió.
No la gloria de una última batalla.
No la esclavitud de un dios.
Eligió la opción más racional, la más natural para cualquier criatura acorralada que ve la aniquilación total.
Huír.
La orden no fue un grito de pánico, sino un susurro frío y cortante que resonó en la mente de cada uno de sus lugartenientes a través del sistema.
«Élise.
Luna.
A todos.
Orden inmediata.
Tienen una hora.» Hizo una pausa, el peso de cada palabra cambiando el destino de miles.
«Evacuen.
Lleven a los Sabuesos, a las Ocho Espadas, a toda la Banda del Señor Sombra…
a los barcos.
Y lleven…
a los más talentosos.
A los que valen la pena salvar.» No hubo protestas.
No hubo preguntas.
La lección de la lealtad absoluta se cumplió.
Lo que siguió fue un movimiento de hormigas, un éxodo silencioso y eficiente desde las entrañas de Kaldren.
Y así fue como, bajo un cielo plomizo y un viento salado que olía a fuga, una gran cantidad de gente se reunió en las afueras del puerto de Puchuncaví.
No era una multitud desesperada, era un ejército selecto, la semilla de un futuro imperio.
· 10.000 de los soldados más talentosos, la flor y nata de su infantería.
· 10.000 más, imbuidos con las técnicas del Monte Hua, un ejército de artistas marciales espectrales.
· Los 40.000 núcleos duros de la Banda del Señor Sombra, fanáticos y despiadados.
· Los 78 Sabuesos que aún sobrevivían, sombras entre las sombras.
· Las Ocho Espadas y sus 500 subordinados, la élite de la élite.
Kael, de pie en la proa del barco insignia, miró hacia atrás, hacia la silueta de Kaldren.
No miró con nostalgia, sino con la frialdad de un jugador que abandona una pieza para ganar la partida.
«El Gremio y el Rey Demonio pelearán por las cenizas de un trono vacío», murmuró para sí, sus ojos rojos brillando con un nuevo propósito.
«Mientras ellos se destruyen entre sí…
nosotros construiremos algo lejos de aquí.
Algo que hará que este reino parezca un juguete.» La partida no había terminado.
Solo había cambiado de tablero.
Kael permaneció en la proa del barco insignia durante horas, los ojos rojos escudriñando el horizonte incierto como si pudiera leer en las olas el destino que había tejido.
No miraba atrás.
Kaldren ya era un fantasma, un cadáver que dejaría que dos buitres se pelearan por sus huesos.
La bruma marina se abrió ante ellos, y una palabra, fría y precisa, surgió en su mente como un mandato.
No era un plan B.
Era la evolución final.
Japón.
No sería un refugio.
Sería un crisol.
Un nuevo tipo de conquista.
Ya no bastaba con el miedo y la espada.
Necesitaba raíces.
Necesitaba una red que controlara no solo el miedo, sino el dinero, la política, la vida misma desde las sombras.
La Banda del Señor Sombra había muerto en ese puerto.
Lo que zarparía hacia esas nuevas islas sería algo más pulido, más letal y infinitamente más insidioso.
Reunió a sus lugartenientes en la cubierta.
La salpicadura del mar era el único sonido.
«Olviden todo lo que eran», comenzó, su voz no era un grito, era un decreto que se imponía sobre el rugido del océano.
«No somos un ejército.
No somos una banda.
A partir de hoy… somos un clan.
Seremos la sombra que se teje en la seda y el ritual.
Controlaremos el puerto, los negocios, los susurros en los oídos de los poderosos.» Hizo una pausa, dejando que el concepto se arraigara en sus mentes de guerreros.
«En Japón, no seremos conquistadores.
Seremos Yakuza.
Y ellos…»—una sonrisa despiadada se dibujó en sus labios—«… nunca verán venir al dragón que se enrosca en el corazón de su nación.» La orden final fue tan simple como trascendental: «Aprendan.
Adapten.
Absorban.
Los Sabuesos serán nuestros ejecutores silenciosos.
Las Ocho Espadas, nuestras jefas de territorio.
Los 60,000 soldados, nuestra mano de obra y músculo.
Encontraremos jóvenes ambiciosos, políticos corruptos, ronin sin amo.
Los reclutaremos o los eliminaremos.» «Kaldren fue el ensayo.
Japón…»—sus ojos rojos brillaron con un fuego nuevo—«… será nuestra obra maestra.» El barco se adentró en la niebla, rumbo a un archipiélago que ignoraba cómo su destino estaba a punto de ser secuestrado por la oscuridad.
La era del Señor Sombra había terminado.
Estaba amaneciendo la era del Shatei Gashira Kael, el Hermano Menor de la Sombra, y pronto, el Oyabun de todo Japón.
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