Destinado a ser un villano - Capítulo 27
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27: Llegada 27: Llegada Kael tomó la tableta de piedra.
Los diagramas giratorios y los símbolos ancestrales brillaban bajo su tacto, prometiendo un poder que no se medía en cadáveres, sino en siglos de silenciosa vigilancia.
Entonces, ocurrió.
Como un campo de trigo mecido por el viento, los guerreros de Rapa Nui, aquellos cuyos rostros estaban marcados con tatuajes espirales y que momentos antes desafiaban su paso, se agacharon en una sola unidad.
No fue una reverencia forzada por el miedo, sino un reconocimiento ancestral.
El Moái les había transmitido su veredicto: Kael había demostrado un tipo de fuerza superior, y por su ley, él era ahora el Ariki (señor) de este lugar sagrado.
En ese preciso instante, una notificación dorada, más brillante y compleja que las habituales, destelló ante los ojos de Kael.
[¡LOGRO DEL SISTEMA DESBLOQUEADO!] [CONQUISTA PACÍFICA] [+ Ha subyugado una región de importancia cultural y espiritual sin ejercer violencia directa] [+ Recompensa Pasiva Permanente: +18% de Oro y Recursos recolectados en la región de Rapa Nui] [+ Nota del Sistema: La dominación eficiente es la más rentable] Kael no sonrió.
Su rostro permaneció impasible, pero sus ojos rojos se ensancharon por una fracción de segundo.
Este logro no era un arma, ni un objeto.
Era un principio recompensado.
El Sistema no solo valoraba la matanza; valoraba la eficiencia y el control inteligente.
Miró la tableta de los Moáis en una mano, y la notificación del Sistema en su visión periférica.
Luego, su mirada recorrió a sus lugartenientes, que observaban la escena con una mezcla de asombro y comprensión.
—Ya no somos saqueadores —declaró, su voz resonando con una nueva certeza—.
Somos administradores.
Ellos —señaló a los guerreros agachados— no nos temen.
Nos reconocen.
Y el Sistema… —hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras cayera— …premia la elegancia sobre la carnicería.
Volvió su mirada hacia el norte, hacia la niebla que ocultaba Japón.
—Cambien la ruta.
Volveremos por aquí.
Esta isla ya no es una escala.
Es la primera piedra de un imperio que se construye con la mente, no solo con la espada.
La conquista había encontrado un nuevo camino, y Kael acababa de recibir el mapa.
—Dejen a la Banda del Señor Sombra aquí —ordenó Kael, su voz cortando el aire salino de Rapa Nui.
Luna obedeció sin cuestionar, pero una chispa de curiosidad brilló en sus ojos.
¿Por qué dejar a sus fuerzas más leales en esta isla perdida?
Kael se acercó al primer guerrero de la formación, un tipo con cicatrices en el rostro y mirada de haber sobrevivido a mil peleas callejeras.
En sus manos, Kael depositó un libro pesado, encuadernado en piel de criatura desconocida.
—Esto contiene las 18 Técnicas Secretas del Monte Hua —declaró Kael, y un murmullo de asombro recorrió la banda—.
Los métodos para abrir vuestro dantian y desbloquear la energía interior.
Técnicas de espada que pueden cortar montañas.
El guerrero miró el libro como si sostuviera un tesoro legendario.
Para él, lo era.
—Elijan a los más fuertes para ser sus líderes —continuó Kael, su mirada escarlata barriendo la formación—.
No me importa el método.
Torneos, duelos a muerte, traiciones…
lo que funcione.
Solo quiero resultados.
Hizo una pausa, dejando que sus próximas palabras, las más importantes, resonaran con el peso de una profecía.
—Cuando vuelva, quiero tener al menos cuatro mil Rankers bajo mi bandera.
Los ojos de los guerreros se abrieron desmesuradamente.
Cuatro mil Rankers era un ejército capaz de desafiar a un dios menor.
—Y no se limiten a limpiar la mazmorra —concluyó Kael, una sonrisa fría en sus labios—.
Esclavicen a sus monstruos.
Domesten su esencia.
Quiero que esa mazmorra se convierta en una granja de experiencia eterna para forjar a mis futuros generales.
Giñó y se volvió, su capa ondeando con el viento marino.
La Banda del Señor Sombra no era ahora un simple grupo de matones.
Eran los sembradores de la legión más temible que el mundo vería nacer.
Mientras caminaba hacia los barcos, la última orden de Kael flotó en el aire, sellando el destino de la isla: —Conviertan esta roca en la cuna de mis espadas.
El aire cambió.
La bruma salina se cargó de un nuevo aroma: pino, algas frescas y tierra húmeda.
En el horizonte, una línea oscura y dentada se materializó, recortada contra un cielo de un azul pálido y lavado.
Japón.
Pasan los días, y Kael, junto con los 20.578 soldados repartidos en la flota, ven por fin Japón.
No era la tierra paradisíaca de los grabados antiguos.
Desde el mar, se veía como una espina dorsal de montañas verdes y grises que surgían del océano, imponentes y severas.
Bosques espesos cubrían la mayor parte de la costa, y una niebla baja se aferraba a los valles, ocultando los secretos del interior.
No había puertos abiertos con bienvenida, solo calas rocosas y acantilados que parecían desafiarles a intentar desembarcar.
Kael, en la proa del barco insignia, no sonrió.
Sus ojos rojos escudriñaron la costa con la frialdad de un cirujano evaluando un cuerpo.
No veía un país.
Veía un organismo por diseccionar.
—Allí —señaló hacia una sección de la costa donde los acantilados eran ligeramente más bajos y una espesa vegetación ofrecía cobertura—.
No en la playa abierta.
Nos moveremos como la sombra que somos.
La orden corrió por la flota en susurros.
Los barcos ajustaron el rumbo, alejándose de cualquier ruta visible.
Los 20,578 no eran un ejército de invasión clamando por gloria.
Eran un veneno que se filtraba lentamente en el torrente sanguíneo de una nación que aún no sabía que estaba enferma.
El viaje había terminado.
La verdadera guerra—la guerra silenciosa—acababa de comenzar.
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