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Destinado a ser un villano - Capítulo 28

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28: Sentimientos 28: Sentimientos El sonido de las olas golpeando contra los pilotes de madera del puerto era el único testigo.

Bajo la tenue luz del amanecer, 150 siluetas se movieron con una precisión que no era de este mundo.

Eran los primeros discípulos de las técnicas del Monte Hua, y su debut fue un poema de muerte silenciosa.

Embarcaron en un puerto cercano, una ensenada semi-abandonada cuyo nombre no importaba.

Para asegurar su desembarco, Kael envió a la vanguianza: 150 de los que habían aprendido las técnicas del Monte Hua.

No fue una batalla.

Fue una ejecución coreografiada.

Los vigilantes del puerto, apenas cien soldados con armaduras sencillas y espadas curvas, patrullaban con la modorra del turno nocturno.

No hubo gritos de alarma, ni choque metálico.

De un momento a otro, los aprendices se materializaron entre ellos.

Movimientos fluidos y económicos, manos que golpeaban puntos vitales con la fuerza de un martillo, pies que barrían con raíces de roble.

Gargantas cortadas por el filo de la mano antes de que un sonido pudiera escapar.

Huesos de la nuca triturados con un chasquido sordo.

En menos de dos minutos, los cien vigilantes yacían inertes.

No había sangre conspicua, solo el desorden silencioso de la muerte repentina.

Sin una palabra, los 150 levantaron los cuerpos y, con un balanceo coordinado, los lanzaron a las aguas oscuras.

Las corrientes se los llevaron de inmediato, sin dejar pruebas.

El puerto estaba limpio.

Silencioso.

Listo.

Kael, observando desde la cubierta de su barco con Luna a su lado, asintió lentamente.

Sus ojos rojos reflejaron la primera luz del amanecer que se filtraba entre las montañas.

—Bien —murmuró, su voz un susurro de satisfacción glacial—.

Así es como se siembra la oscuridad.

Sin ruido.

Sin testigos.

Era el primer paso en suelo japonés.

No una declaración de guerra, sino el primer latido de una invasión fantasma.

El campamento se alzó en las entrañas de la montaña, un tumor maligno creciendo en el flanco de Japón.

De los 20,578 soldados, solo salían sombras que aplicaban el conocimiento robado de una secta lejana.

Desembarcaron los 20.578 soldados y se refugiaron en una montaña cercana, un lugar de bosques impenetrables y riscos traicioneros.

Asentaron su campamento con el sigilo de una plaga.

Y entonces, comenzó la cosecha.

Cargaron contra pequeños clanes, asaltando dojos aislados y aldeas de guerreros menores.

La estrategia era metódica: mataban a los guardias y veteranos, no más.

A los jóvenes fuertes, los capturaban.

El campo de prisioneros era un filtro de carne y hueso.

Cada semana, un torneo a muerte donde los prisioneros se enfrentaban con una sola regla: solo el vencedor vivía.

Los que demostraban ser útiles —los más despiadados, los que tenían esa chispa de ferocidad— eran separados.

A ellos se les revelaba el secreto que Kael había arrancado o obtenido en su pasado: las Técnicas del Monte Hua.

No eran las prácticas espirituales de un monasterio, sino el conocimiento marcial brutal y eficiente de una secta de artes marciales famosa por sus luchadores letales.

Los ejercicios de respiración no buscaban la iluminación, sino forjar el dantian como un horno de poder.

Las formas de combate no eran arte, eran matemáticas de la muerte.

Aquellos discípulos forzados, endurecidos en los torneos a muerte, absorbían este conocimiento prohibido como esponjas.

La técnica sectaria, diseñada para crear guerreros excepcionales, se convirtió en el pilar indispensable de la Banda del Señor Sombra.

Era el núcleo de su poder, la semilla de una legión de rankers que no luchaba por honor, sino por el puro poder que ahora fluía en sus venas y por el derecho a no ser descartado.

Kael observaba.

No estaba construyendo un ejército; estaba cultivando un ecosistema depredador con las artes marciales más efectivas que había encontrado.

La secta del Monte Hua, en algún lugar, había perdido un tesoro.

Y Kael lo estaba usando para forjar su imperio.

Pasan los días y Kael nota un cambio sordo en sus propios hábitos, un instinto nuevo que no entiende.

Ya no era solo la comandante eficiente; era la única persona cuyo silencio no le pesaba.

La buscaba para dar órdenes y se quedaba un minuto más del necesario, sin razón alguna.

A veces, durante los breves combates, su mirada se iba hacia ella por un instante de más, comprobando su posición no como un general, sino con una urgencia personal que lo tomaba por sorpresa.

Una noche, después de que ella se retirara, se quedó mirando el vacío donde había estado sentada, y una pregunta absurda cruzó su mente: ¿quién le cortaría el pelo si ella faltara?

La idea era tan ridícula y específica que lo estremeció.

No era amor, era una grieta.

Una pequeña y peligrosísima grieta en la fortaleza de hielo que había construido alrededor de lo que alguna vez fue su corazón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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