Destinado a ser un villano - Capítulo 29
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29: Resurrección 29: Resurrección Pasa un año, y la Banda del Señor Sombra ya no cabe en las sombras.
Quinientos mil miembros, entrenados, endurecidos y leales solo a Kael, representaban una fuerza que el mundo no podía ignorar por más tiempo.
Fue entonces cuando el Sistema, como un dios ajustando las reglas de un juego que se le iba de las manos, actuó.
Una vibración recorrió el campamento, un zumbido sordo que no provenía del aire sino de dentro de sus mismos huesos.
En la visión de cada miembro de la banda, dorado y autoritario, surgió el mismo mensaje: [¡ACTUALIZACIÓN GLOBAL!] [Umbral de Ranker Recalibrado] [Nuevo estándar activado: Todo usuario entre los DIEZ MILLONES más fuertes del mundo será considerado Ranker.] [—La era de los ejércitos élite ha comenzado—] El silencio que siguió fue breve, y luego estalló en una ola de gritos ahogados y puños alzados.
Donde antes solo un puñado de sus mejores comandantes ostentaba el título de Ranker, ahora miles, decenas de miles de sus soldados veían la dorada insignia brillar frente a sus ojos.
La Banda del Señor Sombra ya no tenía unos cientos de Rankers.
Tenía un ejército completo.
Kael, de pie en el balcón de su residencia fortificada, observó el campamento que estallaba en un caos jubiloso.
No sonrió.
Sus ojos rojos, como carbones encendidos, calcularon las implicaciones con una frialdad aterradora.
Este no era un premio.
Era una sentencia.
El Sistema los había marcado.
La concentración de tantos Rankers en un solo lugar era como encender un faro en la noche más oscura, un faro que gritaba su posición y su poder a cualquier otra facción lo suficientemente fuerte para verlo.
La conquista de Japón ya no era una ambición; era una carrera contra el tiempo.
La verdadera guerra, la guerra por sobrevivir en un mundo donde los ejércitos de élite eran la nueva moneda, acababa de comenzar.
Kael observaba la tabla de gremio del Sistema.
Más de 300.000 rankers formaban parte de sus filas.
Una fuerza impresionante para cualquier facción terrestre, pero él sabía la verdad: los dioses no temían.
Sabía que el ángel más bajo de cualquier panteón divino tendría estadísticas superiores a los 11,000 puntos.
Sus 2,000 puntos, aunque lo situaban en el top 3 entre los humanos, eran insignificantes ante el poder verdadero.
Sin apartar la vista de la interfaz, su mente calculaba fríamente.
—Traigan a los de Rapa Nui —ordenó—.
Y a los 40,000 originales de la Banda del Señor Sombra.
Cuando llegaron, la diferencia era palpable.
Estos no eran los reclutas recientes.
Eran los sobrevivientes, los que habían estado desde el principio.
Los 40,000 que se quedaron en Rapa Nui y absorbieron las técnicas del Monte Hua hasta hacerlas suyas, más los guerreros nativos que se unieron a su causa.
Ahora, todos rankers.
La mayoría se situaba en el top 10,000, con sus mejores comandantes rozando el top 100.
Y entre ellos, destacaba el joven que había dominado las técnicas más rápido que nadie, ahora con un top 18.
Kael, con sus 2,000 puntos de estadística y el top 3 entre humanos, los observó.
—El Sistema nos muestra nuestro lugar entre los mortales —dijo, su voz fría como el acero—.
Pero somos hormigas ante los dioses.
Japón es solo el entrenamiento.
Cuando terminemos aquí, iremos por los que realmente gobiernan este mundo.
La verdadera guerra no sería contra clanes humanos, sino contra los mismos cielos.
Kael mandó a 150,000 rankers al norte de Japón y 150,000 al sur.
No fue una conquista, fue una asimilación.
En poco tiempo ocuparon todo Japón.
¿Qué podía hacer un país tan pequeño contra un ejército donde el soldado raso era un ranker?
Las defensas se desmoronaron, los clanes se plegaron o fueron borrados.
Ahora, sus fuerzas sumaban 10 millones de soldados, con 1 millón de rankers entre ellos.
Ningún gremio humano se comparaba a la Yakuza de la Sombra.
Solo dos entidades en el mundo podían mirarlos a los ojos: el Gremio Divino desde sus catedrales celestiales, y el Rey Demonio del Norte desde sus tundras heladas.
Un triunvirato de poder donde Kael, el recién llegado, se había tallado un trono de espadas y sombras.
Y entonces, Kael recordó el regalo de Rapa Nui.
Ordenó que se esculpieran moáis en las afueras de cada ciudad importante, cada puerto, cada paso montañoso estratégico.
No eran decoración.
Eran anclajes espirituales, centinelas de piedra que canalizaban las energías de la tierra y el miedo de la población, tejiendo una red de poder que convertía a Japón no solo en un territorio ocupado, sino en una fortaleza viviente.
Cada moái era un recordatorio: este no era un reino conquistado, sino un organismo remodelado a imagen y semejanza del Señor Sombra.
Hasta que algo improbable pero real pasó.
En las altas cúpulas del Gremio Divino, donde la luz celestial se filtraba por vitrales de diamante, los Sumos Sacerdotes completaron un ritual ancestral.
No crearon soldados; canalizaron la fe.
Descubrieron cómo bendecir a creyentes devotos, transformándolos en Paladines de la Luz, guerreros cuyo poder no provenía de estadísticas, sino de una fe inquebrantable.
No necesitaban entrenar durante años en mazmorras; solo requerían una fe pura y fanática.
Y el flujo de devotos dispuestos a convertirse en armas de su dios era, para todos los efectos prácticos, infinito.
Al mismo tiempo, en las gélidas llanuras del norte, el Rey Demonio completó un sangriento sacrificio en un altar de hielo negro.
No estaba creando ejércitos; estaba rasgando el velo entre dimensiones.
Encontró la forma de invocar legiones de monstruos del Abismo Congelado, criaturas de escarcha y hambre que no conocían el miedo ni la piedad.
Su número solo estaba limitado por la cantidad de almas que pudiera sacrificar para mantener el portal abierto.
Para él, las almas eran un recurso renovable.
De la noche a la mañana, el panorama cambió brutalmente.
La ventaja masiva de Kael —su millón de Rankers— dejó de ser abrumadora.
Ahora, tres superpotencias se enfrentaban en un campo de juego nivelado: La Yakuza de la Sombra: Un millón de Rankers entrenados, con las Técnicas del Monte Hua y la infraestructura de Japón.
El Gremio Divino: Un flujo infinito de Paladines de la Luz, inmunes al miedo y con poderes de sanación y purificación.
El Rey Demonio del Norte: Oleadas infinitas de monstruos abisales, criaturas que no sentían dolor y que convertían el campo de batalla en una tierra yerma.
La batalla por la Tierra ya no sería una conquista.
Sería una guerra de trincheras a escala continental, una carnicería a tres bandos donde la victoria no la decidiría quién tuviera el ejército más grande, sino quién pudiera adaptarse y innovar más rápido en este nuevo y aterrador equilibrio del terror.
Kael, al recibir los informes, no se inmutó.
Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina, cargada de un desafío feroz, se dibujó en sus labios.
El juego acababa de volverse interesante.
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