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Destinado a ser un villano - Capítulo 3

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3: comienzos 3: comienzos Caía la noche sobre el ducado de Lunareth.

El viento arrastraba cenizas invisibles y el cielo se teñía con un resplandor pálido, como si la luna observara en silencio lo que estaba por suceder.

Kael no dormía.

Nunca lo hacía.

Su mente, quebrada y afilada como el filo de una hoja, vagaba entre recuerdos y promesas rotas.

Frente a él, la tienda del sistema flotaba con su luz azulada, ofreciéndole una infinidad de objetos inútiles… hasta que la vio.

Una máscara.

Negra, lisa, con una grieta cruzando la mejilla derecha.

Algo dentro de él resonó.

La compró sin dudar.

La colocó sobre su rostro y el mundo se volvió distinto: el aire ardía, las sombras lo llamaban, y su respiración se mezcló con un eco metálico.

Esa noche no habría misericordia.

Kael caminó hacia el centro del ducado, donde el cuartel enemigo se alzaba como una fortaleza de piedra y orgullo.

Los soldados de la Orden de Argon custodiaban las puertas, riendo, ajenos al destino que los esperaba.

—El cazador ha despertado… —susurró una voz, quizás del viento, quizás de él mismo.

La primera lanza cayó, y con ella el silencio se rompió.

Kael se movía como una sombra viva: rápido, preciso, inhumano.

Un corte, un giro, un destello de acero.

La sangre salpicaba las paredes, tiñendo los estandartes con un rojo oscuro que el fuego de las antorchas hacía brillar como rubíes.

Los gritos fueron breves; los cuerpos, muchos.

Un soldado intentó huir, pero Kael lo sujetó del cuello.

—Por cada lágrima derramada en Lunareth —susurró—, caerá un cuerpo más.

Y lo arrojó contra la pared.

La máscara se agrietaba con cada golpe, como si absorbiera el odio y lo transformara en poder.

Cuando el último hombre cayó, Kael se quedó inmóvil en medio del caos.

El cuartel ardía.

El fuego danzaba en sus ojos, reflejando el alma de un hombre que ya no conocía la paz.

La luna, arriba, brilló sobre él.

Por un instante, el silencio fue tan puro que pareció bendecir la masacre.

Y entonces, Kael sonrió… no con alegría, sino con un vacío tan profundo que el mundo entero tembló ante su existencia.

Caía la noche en Lunareth.

Los sonidos metálicos resonaban por las calles, y el aire olía a hierro, a sangre seca y a humo.

Estaba cansado… ya no podía más.

Kael pensaba eso una y otra vez mientras sostenía su espada cubierta de sangre.

Estaba agotado, pero aun así seguía moviéndose.

Tenía que hacerlo.

No podía detenerse, no todavía.

Frente a él, las antorchas de la Orden seguían ardiendo, marcando la presencia de los que aún quedaban con vida.

La Orden dominaba la mitad de la ciudad, y Kael ya había eliminado a más de la mitad de ellos.

Sin embargo, algo dentro de él le decía que no bastaba.

En medio del combate, entre gritos y el sonido de las armas, se dio cuenta de algo importante: tenía que mejorar.

Si seguía igual, no sobreviviría al próximo enfrentamiento.

Respiró hondo.

El pecho le dolía, los brazos le pesaban, pero aún podía moverlos.

Miró hacia el cielo: una luna pálida lo observaba, y en ese momento decidió que su cuerpo no lo controlaría más.

Entonces se enfocó en mejorar, en perfeccionarse, en volverse algo más.

Dejó de pelear por rabia o por venganza.

Ahora lo hacía por necesidad, por instinto.

Total, ya había masacrado a la mitad de la Orden, pero como último regalo para su banda, decidió darles un espectáculo.

Sacó de su inventario una máscara que había comprado en la tienda.

Era negra, con una grieta en la mejilla.

Sin pensarlo, se la puso.

Al hacerlo, sintió cómo el aire cambiaba: todo se volvió más pesado, más oscuro.

Su respiración sonaba como un eco metálico.

Y entonces caminó hacia el frente, hacia donde lo esperaban.

El primero que vino hacia él lo hizo con un golpe frontal, gritando, intentando aparentar valor.

Kael lo esquivó fácilmente y le cortó la cabeza de un solo movimiento.

El segundo, al ver eso, se detuvo.

Estaba asustado, temblando.

Kael aprovechó ese instante de duda para avanzar y partirlo en dos con un corte limpio.

Siguió avanzando.

Dos más intentaron atacarlo juntos, pero Kael giró, esquivó el primer golpe y hundió su espada en el pecho del otro, mientras el cuarto apenas alcanzó a levantar su arma antes de caer con un tajo en el cuello.

Todo era rápido.

Preciso.

Mortal.

Hasta que lo vio.

El líder.

El más difícil.

Un hombre alto, con una armadura dorada que reflejaba el fuego de las antorchas.

Su espada era enorme, casi tan larga como Kael mismo.

—Esta batalla será divertida… ke ke —dijo Kael, riendo con una voz ronca.

El líder, llamado Víctor, no respondió.

Solo asintió con la cabeza, levantando su espada.

Kael dio el primer golpe, un ataque frontal rápido y fuerte, pero Víctor lo bloqueó como si nada.

El choque de las espadas hizo que el suelo vibrara.

Kael retrocedió, luego volvió a atacar: un corte lateral, otro vertical, un giro, una estocada.

Víctor bloqueaba todo.

Kael gruñó.

Siguió atacando.

Golpe por acá, golpe por allá.

Las chispas volaban.

Hasta que finalmente logró acertar un corte en el hombro de Víctor.

No era profundo, pero suficiente para hacerlo retroceder.

Víctor lo miró, sorprendido, y su expresión cambió.

Ahora peleaba en serio.

Kael apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Víctor contraatacó con fuerza brutal.

Kael bloqueó, pero sus brazos dolían por la presión.

Otro golpe, otra defensa.

Kael rodó por el suelo, esquivó por poco una estocada y contraatacó con una patada en el abdomen.

Víctor retrocedió medio paso, pero enseguida volvió a cargar.

Kael intentó bloquear, lo logró apenas, y la fuerza del impacto lo hizo tambalear.

Ya no tenía la ventaja.

Estaba siendo superado.

Perdió la postura por un instante, y eso bastó.

Víctor aprovechó y lo golpeó con la espada, cortándole el costado.

Kael gritó, pero no cayó.

A duras penas evitó que el golpe fuera mortal.

Con los dientes apretados, giró el cuerpo y, con un grito salvaje, le cortó el brazo a Víctor, atrayéndolo hacia él.

Ya no era Kael.

Era una bestia.

Una criatura que solo conocía la lucha.

Kael lo mordió, sintiendo el sabor metálico de la sangre.

Luego le arrojó tierra a los ojos, cegándolo por un momento.

Víctor retrocedió, gruñendo, mientras la sangre caía por su rostro.

Kael respiraba con dificultad, su cuerpo temblaba, pero no se detenía.

Este era el último asalto.

La pelea que decidiría el destino de la ciudad.

Kael sacó una poción regenerativa, la bebió rápido y el sangrado se detuvo.

Víctor, en cambio, no tomó nada.

Solo apretó su espada con la mano que le quedaba.

Ambos se miraron, sabiendo que el próximo golpe sería el último.

Kael atacó.

Víctor también.

Ninguno se defendió.

El sonido del acero retumbó en la oscuridad.

Un segundo después, el cuerpo de Víctor cayó al suelo.

Kael permaneció de pie, temblando, con la espada ensangrentada.

«¡Logro desbloqueado!

Ganaste contra alguien más fuerte que tú.

Recompensa: 1000 de oro y +100% de ataque contra oponentes estadísticamente superiores.» Kael no entendía del todo lo que significaba, pero en su interior algo le decía que ese poder… le sería útil.

Muy útil.

En un futuro lejano.

Kael fue a la taberna y, con una sonrisa, dejó una nota: “Me voy un tiempo, posiblemente un año.

Espero que cuando regrese esté todo arreglado: la ciudad conquistada, los comerciantes de allá y por acá, todo listo para mi llegada.

P.D.: el puesto de líder será para Faen.” Y así Kael emprendió un viaje a las montañas para volverse más fuerte.

A mitad de su entrenamiento encontró una mazmorra y decidió entrar.

Era una aldea de ogros, parte de un reino de ogros.

Entró fácilmente, mató a un par de ellos y llegó hasta la pelea final con el jefe.

Era un guerrero ogro empuñando un hacha capaz de partirlo en dos al mínimo toque.

Así inició una gran batalla.

Kael atacó por la izquierda con una habilidad llamada Espada de Aura.

Esta habilidad servía para reforzar la espada y volver su metal el más duro del planeta, tan filoso como la obsidiana.

Kael atacaba hasta que, por suerte, el ogro tropezó, y Kael, sin perdonarlo, le cortó el cuello de un espadazo.

Kael se disfrazó de ogro con una poción que vendía el sistema y entró al reino ogro.

Se disfrazó de soldado, matando a uno y robándole su armadura y armas.

Kael fue a la sala del rey ogro, quien se enfrentaría a él uno contra uno.

El rey, empuñando una maza, atacó a Kael, que con suerte pudo resistir los golpes.

Sus huesos se rompían por el impacto, y con su última energía Kael puso todo en su ataque final, logrando partirlo en dos.

La mazmorra se derrumbó y Kael salió a duras penas con el botín y las estadísticas.

En su lecho de muerte tomó una poción regenerativa de alto rango y se recuperó.

Después, Kael siguió entrenando hasta que todas sus estadísticas subieron a 150.

Kael volvió a la ciudad y sus compañeros le dieron una cálida bienvenida.

Le enseñaron el Centro de Despertar.

—¿Qué es un Centro de Despertar?

—preguntó alguien.

Es un lugar donde puedes elegir una subclase y habilidades relacionadas, además de obtener un aumento significativo de estadísticas.

Para acceder, debes tener logros o superar mazmorras.

Kael tenía ambos, así que eligió la clase de Espadachín Mágico, con un aumento de +30 en cada estadística.

Lo que sus compañeros no sabían era que Kael había creado una banda criminal.

Entre sus integrantes destacaban las Ocho Espadas, ocho discípulos de Kael que eran todos rankers, además de otros diez rankers que no formaban parte de las Espadas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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