Destinado a ser un villano - Capítulo 30
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30: Sentimientos 30: Sentimientos Japón yacía sometido a los pies de la Yakuza de la Sombra.Pero la conquista era solo el preludio del verdadero desafío: una guerra fría por el dominio mundial donde el margen de error era cero.
Un solo desliz, y el mundo entero pagaría las consecuencias.
Kael había enviado a buscar dos millones de niños huérfanos.
Con los impuestos acumulados de cinco meses de su naciente imperio, adquirió un libro de habilidades prohibidas, un conocimiento que forjaría a cualquiera en un Ranker de temer, pero a un costo abismal: la pérdida irreversible de su humanidad.
Pasan los días .
En la penumbra de su cámara, iluminada solo por el reflejo lúgubre de la luna en su espada, Kael yacía en su trono de ébano.
Los informes llegaban uno tras otro.
“La Técnica del Loco”, como él mismo la había bautizado con cínica precisión, estaba dando sus primeros y envenenados frutos.
Kael entonces sonrió.
No porque lo que ocurría fuera bueno, sino porque por fin había dejado de ser aquel niño indefenso, paralizado por los abusos.
Ya no lloraba por el dolor que le infligían.
La traición ya no conseguía perforar su coraza.
Y ya no estaba solo.
Tenía a Luna.
Ella, que ni siquiera comprendía la tormenta que habitaba en su pecho, intuía su origen.
No hacía falta que él hablara de fantasmas o cuchillos en cocinas ajenas; Luna lo miraba y sabía, con una certeza instintiva, que aquel vacío y aquella rabia tenían la forma de un enamoramiento potencial.
Un hilo tenso y frágil que los unía, y que tal vez, era lo único real que le quedaba.
Kael ya no necesitaba venganza.
La revelación surgió en su mente no como un trueno, sino con la quietud de una verdad absoluta.
Los fantasmas de su pasado—el eco de los golpes, el sabor de la traición, el vacío dejado por Amaralt—se desvanecían, no por haber sido exorcizados, sino porque algo los opacaba.
Algo llamado Luna.
Mientras ella estuviera a su lado, con su lealtad silenciosa y su mirada que veía a través de todas sus máscaras, el mundo podía arder.
Los dioses podían declararle la guerra y los ejércitos podían marchar sobre sus ciudades.
Nada de eso importaba.
Kael manda un mensaje a Luna por el sistema.
—Luna.
Mi cámara.
Ahora.
La orden no llegó como un texto frío, sino como una vibración en el núcleo mismo de su ser, a través del enlace privado que solo ellos compartían.
Luna apareció en menos de un minuto, deslizándose en la estancia como una sombra obediente.
Su armadura ligera no hizo ruido al detenerse frente al trono de ébano.
—Señor—murmuró, inclinando levemente la cabeza.
Kael no estaba sentado en el trono.
Estaba de pie junto a la ventana, la espalda tensa, los nudillos blancos al aferrarse al alféizar.
La luz de las tres lunas bañaba su perfil, revelando una grieta en su máscara de impasibilidad.
—No—dijo, y la palabra sonó extrañamente áspera, casi herida—.
Esa palabra…
no.
No más.
Giró lentamente para enfrentarla.
Sus ojos carmesí, por primera vez, no brillaban con frialdad calculadora, sino con una intensidad vulnerable y abrasadora.
—Desde este instante,cuando estemos solos…
me llamarás Kael.
El aire en la habitación se espesó.
Luna contuvo el aliento.
Comprendió que no se trataba de un simple cambio de protocolo.
Era un acto de rendición.
Él le estaba entregando la llave de la única puerta que nadie más había cruzado: la que conducía al niño herido que aún habitaba en el corazón del Señor Sombra.
—Sí…
Kael —susurró, probando el nombre en sus labios como un juramento nuevo, sellando un pacto más profundo que cualquier lealtad de sirviente.
—Ahora…
acércate más —murmuró Kael, y su voz era tan ligera como el roce de un pétalo, pero cargada de una autoridad que no admitía negativa.
—Voy, Kael —respondió ella, y su propia voz sonó extraña, un susurro sumiso que le temblaba en los labios.
Luna dio esos últimos pasos que la separaban del abismo.
Kael alargó las manos, y la forma en que tomó las de ella no tuvo nada de la brutalidad que ambos empleaban en el campo de batalla.
Fue con una delicadeza aterradora, como si sostuviera el filo de una espada espiritual a punto de quebrarse.
La guio para que se sentara en su regazo, un trono de ébano y poder que ahora era, también, un lugar de intimidad.
El mundo se redujo al espacio entre sus rostros.
Kael se inclinó con una lentitud agonizante, cada centímetro una conquista personal.
Luna podía sentir el calor de su aliento, el campo de energía estática que parecía vibrar alrededor de su piel.
Cuando sus labios finalmente tocaron su mejilla, no fue un beso, fue una marca.
Un sonido envolvente y grave, como el tañido de una campana ancestral en una catedral vacía, resonó en los confines de la sala del trono.
No provenía del aire, sino de la misma fricción de sus almas.
Luna se paralizó.
Sus músculos se tensaron, no por el instinto de huir, sino por una sobrecarga sensorial que anuló todo su entrenamiento.
Su mente, siempre un campo de batalla de estrategias y órdenes, se convirtió en un eco blanco y silencioso.
No sabía qué hacer, porque por primera vez en su vida, no había un manual, una técnica o una misión para esto.
Era la primera vez que ese sentimiento—agudo, vulnerable y abrumadoramente cálido—le hacía un agujero en el pecho y se instalaba allí, desafiando toda lógica.
—Ka…
Kael?
Su voz fue un hilo de duda, un temblor que él nunca antes había escuchado en ella.
Kael sintió cómo ese simple sonido le helaba la sangre.
Su mente, entrenada para leer el peligro en cada sombra, interpretó de inmediato: Se ha equivocado.
La ha asustado.
Está enfadada.
—¿T…
te molesto?
Las palabras salieron de su boca antes de poder detenerlas, cargadas de una fragilidad que lo delató por completo.
Era la voz del niño que temía ser rechazado, no la del Señor Sombra que podía partir continentes.
Por primera vez, no había máscara que valiera.
Luna negó con la cabeza, un movimiento casi imperceptible.
Sus ojos, siempre tan serenos, estaban abiertos como platos, nadando en un mar de confusión.
—N…
no.
Pero…
todo pasó tan rápido.
Era la verdad.
Su mundo, construido sobre órdenes y obediencia, se había quebrado en un instante.
El tacto de sus labios en su mejilla aún ardía, un fantasma cálido que desmantelaba toda su compostura.
No era enfado.
Era el vértigo de caer en un abismo del que no conocía el fondo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES martoquan Que les parece este arco de enamoramiento?
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