Destinado a ser un villano - Capítulo 31
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31: Cargas 31: Cargas Lo peor de un neurodivergente no es que no rinda, es que su potencial está secuestrado.
Llevas una corona de espinas que todos llaman “genialidad”, pero tú solo sientes las punzadas.
Eres el príncipe de un reino que no puedes gobernar: tu propia cabeza.
Kael podía partir continentes.
Podía reducir ejércitos a polvo con un pensamiento.
Estadísticamente, era uno de los tres seres humanos más poderosos del planeta.
Pero todas las noches, en la oscuridad de su cámara en Japón, libraba la única batalla que no podía ganar.
La pregunta no era si se mataría, sino cuándo.
«¿Qué pasaría si me mato?» La pregunta era un zumbido constante, la melodía de fondo de cada estrategia, de cada orden.
No era un drama, era un cálculo frío.
Un análisis de coste-beneficio existencial donde la balanza se inclinaba, peligrosamente, hacia el vacío.
Nadie lo sabía.
Nadie veía las oleadas de ansiedad que lo ahogaban en pleno consejo de guerra, un pánico ciego y antiguo que no tenía nombre en un mundo donde los ansiolíticos eran un mito.
La ansiedad era su único lenguaje para el dolor, un idioma torpe y brutal que gritaba lo que su boca nunca pudo formar: el miedo del niño de ocho años escondido en el armario.
El terror al sonido de los pasos tambaleantes de su padre.
El horror grabado a fuego de ver la vida desangrarse en las manos de Manuel, y luego, en las suyas propias.
El silencio eterno que dejó su madre al quitarse la vida.
En un mundo donde no le quedaba nada por lo que vivir, apareció Amaralt.
Y luego, ella también se convirtió en otro fantasma, otro cadáver en el paisaje de su mente.
Japón, su mayor triunfo, era ahora su manicomio personal.
Cada cerezo en flor le recordaba la técnica que usó para masacrar.
Cada silencio estaba lleno de ecos.
Quería arrancarse la vida de cuajo, como se arranca una página mal escrita.
Y lo más curioso, lo más cruelmente irónico, es que en el epicentro de ese vacío…
apareció Luna.
Ella era todo lo que él había destruido: bonita, inteligente, fuerte.
Perfecta.
Un sol alrededor del cual su oscuridad giraba con una mezcla de anhelo y pavor.
Pero para Kael, el amor no era un refugio.
Era la peor de las torturas.
No era un sentimiento bonito.
Era tóxico.
Doloroso.
Le dolía feo.
No como en las historias cursis, sino con el dolor desgarrador de una herida que se reabre una y otra vez.
Era la prueba viviente de que aún podía sentir, y que todo lo que podía sentir era agonía.
Amar a Luna no lo salvaba.
Lo condenaba a una nueva forma de sufrir.
Porque ahora, si se mataba, no solo acabaría con su propio dolor…
también destruiría la única cosa perfecta que había logrado tocar.
Digo todo esto porque Kael ya no podía más con su vida.
Los recuerdos lo carcomían por dentro, como gusanos devorando las entrañas de un dios.
Odiaba con cada fibra de su ser el vacío que le hicieron sus amigos, las burlas que quemaron su autoestima, la traición que envenenó su capacidad de confiar.
Odiaba cada una de las estupideces de Amaralt, esos actos que, para otros serían tonterías juveniles, pero que para él fueron los golpes de gracia a un corazón ya moribundo.
Y los días pasaban, y Kael no mejoraba.
No tenía fuerzas ni siquiera para salir de la habitación.
El Señor Sombra, el conquistador de Japón, estaba postrado, vencido no por un ejército, sino por los fantasmas de su propio pasado.
Hasta que Luna irrumpió.
No llamó a la puerta.
No pidió permiso.
Simplemente entró, cruzó la penumbra y, sin decir una palabra, lo envolvió con sus brazos.
No fue un gran gesto.
No fue un abrazo apasionado ni dramático.
Fue simple.
Auténtico.
Un acto de presencia silenciosa que decía más que mil discursos: “Estoy aquí.
No te he abandonado”.
Y fue eso, precisamente eso, lo que quebró a Kael.
Una grieta se abrió en la carcasa de ébano que recubría su alma.
Un temblor le recorrió la espalda.
Y entonces, el hombre que no lloraba desde la muerte de Manuel, el que enfrentó ejércitos con una sonrisa fría, rompió a llorar.
No fueron lágrimas de dolor, sino de agotamiento.
De un alivio tan profundo y desesperado que solo podía expresarse con el derrumbe total.
Se aferró a Luna como un náufrago al último trozo de madera en un mar infinito, y por primera vez en una eternidad, no se sintió solo en su tormento.
Su armadura, por fin, se estaba desmoronando.
Y en los escombros, quizá, podría empezar a nacer algo nuevo —Lu…
Luna…
—logró articular entre sollozos que le sacudían el pecho, ahogado por un alivio tan vasto que resultaba aterrador—.
Gracias…
de verdad.
Las palabras, simples y desnudas, eran lo más honesto que había salido de su boca en años.
No una orden, no una estrategia.
Un agradecimiento.
Ella no apretó el abrazo, no intentó callarlo.
Solo sostuvo el espacio alrededor de su colapso, permitiéndole desmoronarse por completo.
—De nada, Kael —respondió, y su voz era un susurro amable, una brisa cálida en la fría cámara—.
Gracias a ti…
por permitirme estar.
No dijo “por estar para mí siempre”.
Esa habría sido una carga, una deuda.
En su lugar, le devolvió el honor más profundo: “por permitirme estar”.
Le agradecía por bajar la guardia, por mostrarle el caos, por confiarle su ruptura.
En esa frase, ella le decía que no era su sirvienta en ese momento, sino su igual, su testigo, su refugio.
Era el trueque más íntimo: él le daba su dolor, y ella le daba un lugar donde, por fin, podía sentirlo.
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