Destinado a ser un villano - Capítulo 32
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32: Mente de kael 32: Mente de kael Para entender a Kael, hay que adentrarse en la geografía quebrada de su mente.
No es una simple división.
Es una fractura multiplicada, como un cristal golpeado una y otra vez en el mismo punto.
Cada grieta tiene nombre: La traición de sus amigos, que le enseñó que la confianza era un arma que otros siempre empuñarían contra él.
La traición de Javiera, que transformó un gesto de bondad en la más cruel de las mentiras, convenciéndolo de que ni siquiera la compasión era auténtica.
Y luego, Amaralt.
No solo el rechazo, sino el silencio que vino después.
Ese vacío fue el peor castigo.
Fue el juicio final sin sentencia, la confirmación de que él era tan insignificante, tan desechable, que ni siquiera merecía una explicación.
Se sintió como basura, no por lo que había hecho, sino por lo que era.
Su odio no se volcó solo hacia afuera.
Se irrigó hacia dentro, envenenando su propia visión.
Cada evento ajeno —una mirada, un comentario, un susurro— lo procesaba como una prueba contra su valor.
¿La razón?
Su cuerpo.
Su mente, esa prisión de la que no podía escapar.
Su inseguridad, un muro que los demás parecían saltar con facilidad.
Mientras los otros chicos de su edad vivían vidas simples, aprendiendo los ritos del amor y el deseo, él se refugiaba en los juegos.
Eran mundos con reglas claras, donde las acciones tenían consecuencias predecibles.
Hasta que Amaralt irrumpió.
Ella fue su primer cataclismo emocional.
No tenía un manual para eso.
No había experiencia previa, ningún punto de referencia para el terremoto que sintió.
No supo nombrar lo que se movía dentro de su pecho, solo sabía que era abrumador y aterrador.
Y entonces, la pregunta que lo carcome, la que resurge en cada momento de quietud, en cada instante en que su guardia baja: ¿Por qué tuvo que doler tanto?
No era solo el dolor de la pérdida.
Era la agonía de una contradicción desgarradora.
Querer amarla con todo su ser, con una intensidad que lo consumía, y no poder hacerlo.
No por una barrera propia, sino por un muro que ella había levantado.
Un muro del que no le dio la llave, ni el plano, ni siquiera una razón.
No fue un “no” claro.
Fue un alejamiento.
Un apartarse lento e implacable que lo dejó en tierra de nadie, preguntándose qué guerra estaba librando, y por qué había perdido sin siquiera entender las reglas del combate.
Ese sentimiento —el de un amor que no se extingue, sino que se convierte en un fantasma que habita en un espacio vacío— es el que más odia.
Porque es un recordatorio constante de su propio fracaso, de su incapacidad para ser lo suficientemente…
algo.
Lo suficientemente normal, seguro, deseable.
Para ser amado.
Kael odia el amor.
Lo odia con cada fibra de su ser.
No es un desprecio frío, es un pánico visceral.
Es el odio de un animal que ha sido electrocutado cada vez que tocaba un alambre, y ahora ve otro idéntico, sabiendo que el dolor será el mismo.
Cada latido de atracción hacia Luna no es una caricia, es una descarga eléctrica que le quema por dentro.
Le recuerda al niño de 8 años escondido en el armario, paralizado, esperando el golpe.
Ese niño que solo quería ser querido y recibió violencia.
Lo revuelve hasta convertirlo otra vez en el adolescente de 14 años que no tenía nada en el mundo más que a Amaralt.
Y que, cuando ella se fue, se quedó literalmente con nada.
Un vacío tan absoluto que era mejor no sentir nada a arriesgarse a eso de nuevo.
Sentir algo por Luna es retroceder en el tiempo.
Es despojarse de toda la armadura de “Señor Sombra” y volver a ser esa víctima indefensa.
Su mente le grita una ecuación simple y aterradora: Abrirse = Vulnerabilidad = Dolor = Ser aniquilado.
Por eso lucha contra ello con la ferocidad de una bestia acorralada.
Prefiere la soledad fría y controlada de su trono, al calor caótico e impredecible del cariño.
Porque el cariño, para él, tiene el mismo sabor que la traición.
No sabe qué hacer.
Está atrapado entre el instinto humano de conectar y el terror traumatizado de ser destruido otra vez.
Y en esa guerra interna, cada mirada de Luna no es un consuelo, es un campo de batalla.
Para Kael, la traición no fue un simple acto de crueldad adolescente.
Fue la confirmación de una ley universal tan inmutable como la gravedad: ser diferente es un pecado que se paga con el ostracismo.
Él, que había sobrevivido a los golpes de su padre, creyó encontrar en el colegio un refugio.
A los catorce años, por primera vez, bajó la guardia.
Dejó que esas risas compartidas y secretos en los recreos le hicieran creer que pertenecía a algo.
Que por fin tenía amigos.
Pero su error fue ser quien era: demasiado observador, demasiado intenso, con una chispa de genialidad que no podía ocultar.
Y en el ecosistema social, la diferencia es un virus que el grupo debe erradicar.
La envidia fue el veneno, y sus amigos, los conductos.
No eran enemigos declarados.
Eran sonrisas que se torcían a sus espaldas.
Eran los mismos en los que confiaba para contarle sus dudas, quienes usaban esa vulnerabilidad como munición.
“Kael se cree superior por ser callado.” “Está loco, nadie es así de intenso.” “Solo quiere llamar la atención.” Cada comentario era una puntada en un nuevo disfraz: el de “el raro”, “el presuntuoso”, “el inestable”.
Le arrebataron su identidad y le impusieron una caricatura grotesca.
Lo que más duele no es el odio de tus enemigos, sino la envidia disfrazada de amistad de quienes admiras.
Fue entonces cuando Kael comprendió la verdad más amarga: su esencia misma era una afrenta.
Su simple existencia despertaba un rencor que ni siquiera entendía.
Por eso, el Kael que gobierna Japón no desconfía por paranoia.
Lo hace por experiencia.
Cada persona a su lado es un potencial fifth columnista, un amigo de los catorce años esperando su momento para hablar mal de él a sus espaldas, para convertir su luz en un motivo de burla.
El niño que solo quería encajar aprendió, a golpes de traición, que la única manera de ser aceptado era no existiendo.
Y el hombre que llegó a ser prefiere incendiar el mundo antes de volver a ser ese fantasma.
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