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Destinado a ser un villano - Capítulo 4

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4: capitulo 1 4: capitulo 1 Kael se encontraba debatiendo consigo mismo que hacer, si enviar a las ocho espadas hacia la ciudad helada o no Espadas, ocho discípulos de Kael que eran todos rankers —guerreros situados en el top 10.000 del mundo por sus estadísticas—.

A ellos se sumaban otros diez rankers que no formaban parte de las Espadas, pero que servían directamente bajo sus órdenes.

En total, dieciocho rankers leales a Kael… y nadie lo sospechaba.

Esa noche, Kael se reunió con Luna, la más prometedora de las Ocho Espadas.

Estaban en una habitación oculta bajo la taberna, iluminada por velas y el suave resplandor de un sello mágico que flotaba en el aire.

—Has mejorado —dijo Kael, sin mirarla, mientras limpiaba su espada—.

Tu estadistica de maná ha aumentado un veinte por ciento desde la última vez.

—Gracias, maestro —respondió Luna con voz firme, aunque en su interior sabía que nada de lo que dijera sería suficiente.

Kael la observó de reojo.

Tenía los ojos fríos, calculadores.

No había compasión en ellos, solo propósito.

Luna era su experimento más exitoso: huérfana, exiliada, sin rumbo.

Como los otros siete, Kael la había encontrado en los márgenes del reino y la había moldeado a su manera.

Les dio comida, refugio… y algo más importante: un lugar al que pertenecer.

Pero también los encadenó.

No con hierro, sino con deuda y lealtad.

—No olvides quién te sacó del barro —susurró Kael, con una sonrisa casi amable.

—Jamás, maestro.

Él se levantó, guardó su espada y caminó hacia la salida.

—Pronto nos moveremos.

Quiero que las Espadas estén listas.

Vamos a expandirnos más allá de Lunareth.

—¿Hacia dónde?

—preguntó Luna.

Kael se detuvo frente a la puerta.

—Al norte.

Donde los gremios todavía creen que el orden significa algo.

—Giró el rostro apenas, dejando que la luz del sello iluminara su máscara agrietada—.

Vamos a enseñarles lo que realmente significa el poder.

Kael salió de la habitación y bajó por las escaleras estrechas que conectaban con la taberna.

Afuera, la noche estaba silenciosa.

Las velas de los faroles parpadeaban con el viento frío.

No había luna, ni estrellas; solo la sombra de la ciudad dormida y el murmullo lejano de los soldados patrullando.

Se detuvo un momento y respiró hondo.

Su mente estaba ocupada, pensando en estrategias, en movimientos, en cómo la Ocho Espadas debía actuar sin dejar rastro.

La ciudad de Kaldren no era cualquier objetivo: los muros eran altos, reforzados, y la vigilancia era constante.

Cada esquina tenía un soldado, cada torre un arquero.

—Si vamos con fuerza bruta… —murmuró para sí—… nos descubrirán antes de entrar siquiera.

Pero Kael no se detendría.

La planificación era vital, sí, pero también lo era la ejecución rápida.

No podía permitir que la indecisión se instalara en su banda.

Al volver al cuartel subterráneo, las Ocho Espadas estaban reunidas alrededor de una mesa.

Cada una con la mirada fija en Kael.

Luna estaba al frente, los ojos brillantes, ansiosa por recibir órdenes.

—Escúchenme —dijo Kael, con su voz que parecía romper el silencio—.

Kaldren no es una ciudad cualquiera.

Es militarizada, controlada por el gremio de la salvación.

Cada paso que den tiene que ser calculado.

Nadie sale vivo si falla.

Los discípulos intercambiaron miradas.

Algunos asintieron, otros simplemente guardaron silencio.

Sabían que Kael no hablaba en vano.

Cada palabra que salía de su boca tenía el peso de la muerte.

—La misión será dividida —continuó Kael—.

Luna, tú liderarás la primera escuadra.

Entrarán por el este, donde los guardias son menos, y asegurarán la torre del este.

Dos de ustedes me acompañarán; el resto irá al sur.

Necesito que tomen control de los almacenes.

—¿Y si nos descubren?

—preguntó uno de los discípulos, con un tono que mostraba un mínimo de duda.

Kael lo miró fijamente.

La luz de las velas reflejaba su máscara, y por un momento, el discípulo vio algo que nunca olvidaría: la fría determinación de alguien que nunca duda.

—Entonces mueren —dijo Kael sin parpadear—.

Y no hablo solo de ustedes.

Hablo de toda la operación.

Nadie se arriesga por cobardía.

Un escalofrío recorrió la espalda de todos.

La palabra “mueren” parecía flotar en el aire, pesada, real.

Luna apretó los puños.

Sabía que Kael no era cruel por capricho; era eficiente.

El miedo no era solo un castigo, era una herramienta.

—Recuerden —continuó Kael—, esto no es un juego.

Kaldren es militar.

Hay mercenarios, guardias, hechiceros… si se apresuran o fallan, morirán antes de que puedan gritar.

Hizo una pausa.

Caminó hacia la puerta y miró al grupo una última vez.

—Amaneceremos allá.

Todos deben estar listos antes de que los primeros rayos toquen la ciudad.

Preparación, silencio, precisión.

Y sobre todo… lealtad.

Luna tragó saliva.

Lealtad.

No hacia Kael, sino hacia la causa… hacia su propia supervivencia.

Sabía que lo que estaba por venir no tendría marcha atrás.

Esa noche, mientras la banda se preparaba, Kael revisó su equipo, ajustó su espada, sus pociones, y recordó cada punto débil de la ciudad de Kaldren.

Cada torre, cada muralla, cada guardia.

Todo.

—No podemos fallar —susurró para sí mismo—.

Ninguno de nosotros puede.

Cuando finalmente dieron la orden de partir, la Ocho Espadas desapareció en la oscuridad como sombras, moviéndose con precisión y sigilo.

Kael los observó desde lo alto de la colina cercana.

La ciudad helada de Kaldren brillaba débil bajo la luz de la luna cubierta por nubes; parecía tranquila, casi pacífica… pero él sabía que la calma era solo un velo antes de la tormenta.

Y Kael sonrió bajo su máscara agrietada.

—Que comience el juego —dijo, mientras bajaba de la colina, sus pensamientos ya en la batalla que definiría quién controlaba el norte.

La noche estaba fría, cortante, y el viento arrastraba nieve desde las montañas.

La ciudad de Kaldren parecía dormir, pero Kael sabía que la tranquilidad era solo apariencia.

Desde lo alto de una colina cercana, observó a Luna y su escuadra deslizarse como sombras hacia los muros.

Cada movimiento era medido, cada paso calculado.

—Recuerden, silencio —susurró Luna a sus compañeros mientras avanzaban—.

Nadie grita, nadie se detiene.

Los muros de Kaldren eran altos, reforzados con hierro y piedra.

Arqueros en torres, guardias patrullando las calles principales, y los magos del gremio vigilando desde torres lejanas.

Cada escuadra que Kael había enviado debía moverse con precisión milimétrica para evitar la detección.

Luna alcanzó el muro este, señalando a dos de sus discípulos: —Primero aseguramos la torre.

Luego, avanzamos hacia los almacenes.

Uno de los discípulos asintió, mientras otro murmuraba algo sobre que los guardias parecían demasiados.

Luna solo lo miró, fría, recordándole que la duda era un lujo que no podían permitirse.

Treparon silenciosamente las murallas usando ganchos y cuerdas, cada movimiento perfectamente sincronizado.

Luna fue la primera en llegar arriba.

Sus ojos recorrieron el terreno: guardias dormidos, otros en silencio, atentos a cualquier sombra que se moviera.

—Todo claro —susurró—.

Bajen uno por uno.

Se deslizaron por la torre sin hacer ruido, cada uno tomando su posición.

Desde allí, podían ver los almacenes y la plaza central.

La ciudad parecía tranquila, pero Luna sabía que la calma podía romperse en cualquier instante.

De repente, un guardia al otro lado de la plaza tosió.

Fue un sonido pequeño, pero suficiente para que el corazón de Luna diera un vuelco.

Sus discípulos se congelaron por un segundo, pero ella reaccionó rápido: —¡Atrás, sombra!

—gritó, y arrastró a uno de ellos hacia un callejón lateral.

El guardia miró hacia ellos, confundido, pero no había nada que pudiera hacer.

Luna respiró hondo.

La adrenalina corría por sus venas, y por primera vez entendió por qué Kael los había entrenado sin compasión: la vida aquí dependía de reflejos, de cálculo y de sangre fría.

Mientras tanto, Kael observaba desde la colina.

Su mirada seguía cada movimiento, cada reacción.

Sabía que cualquier error podría costarle la vida a sus discípulos… y no permitiría eso.

—Buen trabajo hasta ahora —murmuró para sí mismo—.

Pero lo difícil apenas comienza.

Desde los almacenes, escuchó un ruido metálico: soldados patrullando por el interior, probablemente revisando las provisiones.

Luna levantó la mano: señal de alto.

Se ocultaron en las sombras, conteniendo la respiración.

Uno por uno, los soldados pasaron, sin verlos.

—Ahora —susurró Luna—.

Movemos los suministros y nos preparamos para la torre sur.

Cada paso estaba lleno de tensión.

Una espada, una daga, un movimiento mal calculado, y todo podía derrumbarse.

Pero los discípulos habían aprendido a moverse como uno solo.

Cada uno confiaba en el otro, aunque no siempre entendían por qué Kael los había llevado hasta este punto.

Al llegar a la torre sur, un guardia descansaba cerca de la entrada.

Luna tomó aire, apuntó y lo neutralizó silenciosamente con un golpe preciso.

La escuadra se movió hacia dentro, asegurando cada sala.

La ciudad helada empezaba a temblar sin saberlo.

Kael, desde su posición, notó un detalle: un grupo de soldados parecía sospechar, avanzando hacia la plaza central.

Ajustó su capa y preparó su espada.

No interferiría todavía.

Quería ver cómo sus discípulos reaccionaban bajo presión, cómo se movían, cómo resolvían problemas por sí mismos.

—Aun les falta mucho —pensó Kael—, pero no por mucho tiempo.

Mientras la noche avanzaba, la Ocho Espadas consolidaba posiciones, tomaba puntos estratégicos y eliminaba silenciosamente a los guardias más cercanos.

Cada paso estaba calculado, cada acción meditada.

La ciudad de Kaldren empezaba a inclinarse hacia su dominio, sin que nadie todavía entendiera quién estaba detrás de la operación.

Luna, al observar la ciudad desde la torre sur, sintió un escalofrío que no era de frío.

Por primera vez, comprendió lo que significaba ser parte de la banda de Kael: no era solo fuerza, era control, estrategia y, sobre todo, lealtad.

Y si fallaban… nadie les recordaría.

Manaña no hay capítulo

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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