Destinado a ser un villano - Capítulo 5
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5: capitulo 2 5: capitulo 2 Kael, que miraba a la distancia, veía cómo cada guardia caía uno a uno, pero en el fondo sabía que algo malo iba a pasar; lo presentía.
Y así fue.
Pasó el tiempo: ya tenían tomada el 50% de la ciudad en menos de una hora, cuando los magos detectaron movimiento de la espada más joven, Renato.
Renato era un todoterreno en el sentido más literal de la palabra: sabía de todo, pero no era bueno en nada.
Era el que tenía las estadísticas más balanceadas, y estaba rankeado entre los top 3000 de las Ocho Espadas.
Junto a Renato estaba José, la espada más vieja, con apenas 25 años.
José se centraba en el espionaje, y para no arruinar la operación, se alejó de Renato, dejándolo solo.
Renato pensó qué hacer, y decidió la opción más estúpida y divertida a ojos de Kael: pelear la batalla él solo.
Fue en un callejón, donde Renato se enfrentó a 10 magos: nueve de 3 círculos y uno de 5 círculos.
¿Qué son los círculos de los magos?
Los círculos de los magos son círculos alrededor de su corazón que demuestran la destreza mágica.
Al iniciar, recién hace un año en este nuevo mundo es raro que haya magos de 3 círculos, ya que lo normal era que hubiera de 1 círculo.
Ahora, de 5 círculos en esa época, era considerado un ranker.
Y así fue como Renato marcó historia en Kaldren y en el mundo entero.
—Lo tenemos acá —dijo un mago, señalando a Renato.
Lleno de rabia, Renato arremetió contra el mago más débil a sus ojos.
Lo mató de un solo corte en la yugular con su daga.
Renato tenía la clase de asesino a sueldo que aumenta una estadística por cada persona que mata en combate directo; si el oponente no podía pelear o no tenía intención de hacerlo, la habilidad no funcionaba.
La cordura de Renato se perdía completamente cuando peleaba.
Regresando al presente, Renato arremetía contra otro mago con un ataque aéreo; atacaba a puntos vitales y el mago se defendía con barreras mágicas.
Renato no pensaba en nada más que en matar y matar, hasta que asesta un golpe: el mago pierde el equilibrio y se cae, y en una fracción de segundo el mago muere a manos de Renato.
Los magos, sorprendidos, atacan con balas mágicas, bolas de fuego, y el mago de 5 estrellas ataca con un puño de tierra.
Renato recuerda su pasado en medio de la pelea, cuando Kael no estaba para él.
Para él, Kael es una figura tanto paterna como de respeto.
Renato recuerda su primer asesinato, que fue contra su propio amigo.
Un día, Renato invitó a Javier a tomar té.
La casa estaba demasiado silenciosa para una tarde normal: el reloj parecía marcar el tiempo con la obstinación de algo que no quería moverse.
Renato había preparado todo con la meticulosidad de alguien que prepara una frase definitiva; las tazas alineadas, la tetera humeante, el paño doblado sobre la mesa.
Javier llegó confiado, con el cansancio estudiantil pegado a los hombros y una sonrisa distraída por la tarde libre.
Entró sin sospechar nada.
Renato lo invitó a sentarse.
Las palabras que intercambiaron eran pequeñas cosas: profesores, entregas, una broma rota.
Javier bebió el té sin mirar demasiado, ajeno a la red que se cerraba a su alrededor.
Renato observó cómo el peso del somnífero hacía bajar los párpados de su amigo; lo vio rendido y satisfecho por haberse tomado un descanso, como tantas veces antes en la vida que ahora parecía prestada.
Cuando Javier se quedó dormido, Renato ya no era el chico que había reído con él en la universidad.
Era otra cosa: una máquina templada por el odio que había acumulado años atrás, cuando encontró a sus padres sin vida.
Con manos que no temblaban, Renato cubrió la garganta de Javier con el paño.
No hubo grandes discursos.
No hubo lágrimas dramáticas.
Hubo una calma terrible y profesional: pasos medidos, decisiones frías, el ritual de quien ha decidido que la justicia debe tomarse en su propia mano.
Lo que siguió no fue catarsis heroica ni escena de gloria; fue una ceremonia fría.
Renato no buscó espectáculo; buscó que Javier tuviera tiempo para entender lo que había hecho.
Lo ató, no con el salvajismo de un asesino descontrolado, sino con la precisión de alguien que quiere que la víctima vea cada gesto, que escuche cada palabra antes del golpe final.
Le dejó tiempo para mirar, para oír la acusación no pronunciada en los ojos de Renato.
—¿Recuerdas a tus padres?
—preguntó Renato, y su voz sonó extrañamente monocorde—.
¿Recuerdas su nombre?
Javier intentó tartamudear excusas, pero la culpa había embotado su lengua.
Renato lo obligó a recordar: fechas, lugares, promesas rotas.
Cada recuerdo era una espiral que apretaba más.
Luego vinieron las preguntas calificadas con golpes que no destripaban sino que quebraban la voluntad: privación de sueño, la presión de la verdad sacada a tirones, el frío que calaba en los huesos por horas en que la casa dejó de ser un hogar y se convirtió en sala de juicio.
Renato no buscaba simple venganza física; quería arrancar la mirada de culpabilidad de Javier hasta que no quedara nada más que su confesión.
Le mostró pruebas, nombres, fotos que había guardado con obsesiva paciencia.
Le obligó a repetir lo que había hecho, a enumerar, a escuchar la propia voz admitir lo innombrable.
Cada palabra caída de la boca de Javier era una cuchillada en la memoria de Renato, pero también una confirmación, una validación de la ira que le había templado las manos.
Cuando Javier admitió, cuando sus ojos se vaciaron por completo y la verdad se convirtió en algo palpable, Renato no lo mató en un arrebato.
La ejecución fue un gesto frío, implacable, la consumación de un veredicto que ya se había dictado en silencio.
No hubo espectáculo; sólo un silencio que llegó como una ola y lo dejó todo inmóvil.
Javier cayó, y antes de morir tuvo tiempo de ver la expresión de Renato: no era satisfacción de victoria, sino la cara de alguien que había cruzado un umbral y sabía que ya no habría regreso.
Tras aquello, Renato se quedó en la casa con la respiración pesada.
No gritó ni lloró.
Se lavó las manos con agua helada hasta que la piel le dolió.
El acto, en su naturaleza, no le dio alivio; le dio algo más frío: una confirmación de que el camino que había elegido lo iba transformando.
Esa noche, mientras la ciudad dormía, algo en Renato se fracturó y algo en él se solidificó.
Su habilidad, esa que tomaba fuerza con cada combate directo, respondió al impulso: la calma numérica de sus estadísticas cambió, su cuerpo respondió, se tornó más afilado en cuerpo y mente.
Kael nunca supo —ni quiso saber— los pequeños detalles de aquella venganza.
Lo que le importó fue el resultado: el chico que se marchó a la misión ya no era el mismo que había subido a la colina.
Había marcado la historia, y su nombre empezó a resonar en susurros.
Lo que ocurrió en la casa de Renato fue la línea que lo separó de la inocencia y lo aseguró en la navaja del poder.
Renato seguía avanzando, cada movimiento medido, cada corte letal.
Ya había eliminado a más de cinco magos, y aún quedaban cinco frente a él.
Su respiración era rápida, pero controlada; su mente, aunque al borde del límite, funcionaba con precisión letal.
Los magos comenzaron a rodearlo, intentando acorralarlo en el callejón, pero Renato no mostraba miedo, solo cálculo frío.
El primero que lo rodeaba cometió un error: bajó la guardia por un instante.
Renato no lo dudó; saltó con un giro mortal, su daga cortando el aire como un relámpago y atravesando la barrera mágica del mago.
El mago cayó, muerto antes de poder reaccionar.
Sin tiempo que perder, Renato usó el cuerpo del caído como proyectil, lanzándolo con fuerza hacia el segundo mago que avanzaba hacia él.
La sorpresa permitió que Renato se moviera detrás de él y le clavara su daga en la espalda, eliminando al segundo en una fracción de segundo.
Tres magos quedaban, y el callejón se había convertido en un campo de batalla lleno de sombras, cuerpos caídos y hechizos que explotaban contra las paredes.
Renato estaba concentrado al máximo; cada movimiento de los magos era anticipado, cada ataque era respondido con precisión quirúrgica.
Saltaba, giraba, se deslizaba por las paredes del callejón y atacaba los puntos vitales, esquivando bolas de fuego y ráfagas de energía mágica con reflejos casi sobrehumanos.
El cuarto mago intentó un ataque combinado con los otros dos, lanzando una onda mágica que buscaba rodear a Renato.
Pero Renato, en un instante de inspiración asesina, saltó por encima de la ola de energía, cayó sobre el mago y, en un movimiento rápido, le abrió el pecho con un corte diagonal.
Finalmente, solo quedaba uno: el mago de 5 círculos del gremio de la salvación.
La tensión en el callejón era palpable; la noche se había vuelto un escenario de muerte y magia.
Las paredes reflejaban la luz de los hechizos que explotaban, y el viento arrastraba polvo y cenizas de los ataques anteriores.
Renato respiró profundo, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo estaba tenso, preparado, listo para lo que él sabía sería el combate más difícil de su vida.
El mago de 5 círculos no era cualquier enemigo.
Su aura mágica vibraba con intensidad, y cada gesto suyo parecía medir la fuerza de Renato, calculando cada reacción, cada velocidad, cada ataque.
Primero lanzó un puño de tierra que hizo temblar el callejón; Renato saltó hacia atrás, evitando ser aplastado, y con un giro lateral lanzó una estocada rápida hacia el torso del mago, que desapareció tras una barrera mágica, bloqueando el ataque.
El intercambio se volvió vertiginoso: bolas de fuego, cuchillas de viento, rayos de energía y ataques físicos se entrelazaban en una danza mortal.
Renato estudiaba los movimientos de su enemigo, buscando patrones, esperando una oportunidad, mientras el mago de 5 círculos demostraba por qué era considerado un ranker.
Cada choque de sus armas y hechizos hacía vibrar el aire, y los ecos de los impactos resonaban en las paredes estrechas del callejón.
Renato, sintiendo la presión, cambió de estrategia.
Usó el impulso de sus ataques previos para lanzar un salto hacia arriba, girando en el aire y atacando con la daga directamente al hombro del mago.
El mago bloqueó, pero el forcejeo abrió un resquicio: un corte rápido en el brazo, otra pequeña herida que comenzaba a drenar sangre.
El mago retrocedió, sorprendiendo a Renato con un puño de tierra que levantó escombros, obligándolo a esquivar con agilidad máxima.
El intercambio continuó, cada segundo una danza de vida y muerte.
Renato aprovechaba cada momento de descuido, cada respiro del enemigo, golpeando en puntos vitales, esquivando las embestidas mágicas con movimientos tan precisos que parecían coreografiados.
A cada ataque recibido, su adrenalina subía, su cuerpo respondía con fuerza y velocidad, y su clase de asesino a sueldo aumentaba su estadística con cada golpe exitoso.
Finalmente, en un instante de concentración absoluta, Renato vio la apertura: el mago levantó demasiado su guardia en un ataque frontal.
Renato giró, atacó lateralmente, y clavó su daga justo en el costado del mago.
La herida fue mortal.
El mago de 5 círculos cayó al suelo, respirando con dificultad, derrotado, mientras su aura mágica se desvanecía lentamente.
Renato permaneció unos segundos inmóvil, respirando con fuerza, sus ojos recorriendo el callejón lleno de cuerpos y polvo, el silencio solo interrumpido por el leve goteo de sangre y el eco de los hechizos que ya no existían.
Había sobrevivido.
Había vencido.
Había marcado su nombre en la historia de Kaldren de la manera más brutal y efectiva posible.
El callejón quedó helado de silencio.
Entre humo, polvo y magia rota, Renato yacía en el suelo como un muñeco de trapo: la respiración rasposa, las manos entumecidas, la mirada vidriosa que intentaba clavarse en algo que fuera más que oscuridad.
Sus estadísticas parpadeaban en su mente como números que se apagan, y por un instante creyó que el mundo iba a cerrarse.
Luna llegó primera, con dos discípulos a la zaga.
Se arrodilló junto a él y comprobó el pulso con movimientos hábiles, sin pánico.
Sus ojos encontraron a Kael antes de preguntar, buscando una orden.
Kael estaba de pie, alto y frío, la máscara recortada por la luz mortecina de los sellos.
Miró el caos, midió la ciudad, midió el costo.
—¿Lo llevamos ya?
—preguntó Luna, la voz tensa.
Kael no respondió de inmediato.
Sus dedos rozaron la empuñadura de la espada como si calculara un balance.
Detrás de él, la nieve seguía cayendo.
Más allá del callejón, los gritos se mezclaban con órdenes y juramentos; la operación seguía viva, y aún quedaba mucho por asegurar: magos por cazar, estandartes por arrancar, pruebas por borrar.
—No —dijo Kael al fin, con la calma de quien dicta sentencia—.
Primero aseguramos el perímetro.
Después vemos qué hacer.
Luna abrió la boca, sorprendida por la frialdad.
—Pero maestro, está casi muerto—.
—Vive —replicó Kael—.
Y si vive, será útil.
Si muere ahora, no sirve de nada.
No lo cures aquí.
No hagas espectáculo.
Lo llevaremos cuando no ponga en riesgo la operación.
Luna apretó los dientes.
Miró a Renato, cuyos párpados se movían como banderas rotas.
En sus ojos había algo que no era solo dolor: había un atisbo de furia, de reconocimiento.
Quiso protestar, pero sabía que desafiar a Kael en medio del asalto era un lujo que no podían permitirse.
Kael dio un par de pasos hacia la boca del callejón y gritó órdenes breves: asegurar las entradas, evacuar civiles, quemar los documentos del gremio.
Sus palabras cayeron como planchas de hierro; todos se movieron con precisión.
En menos de un minuto la prioridad dejó de ser un joven moribundo y pasó a ser la ciudad entera.
Renato oyó la distancia como si viniera desde la profundidad de un pozo.
Escuchó el ruido de botas, el chasquido de órdenes, la voz firme de Kael.
Intentó hablar; apenas salió un susurro.
—Kael… —murmuró—.
La voz de Kael no volvió.
Solo el murmullo de la operación, y luego pasos que se alejaban.
Luna se quedó un segundo más, con la mano temblando sobre la frente de Renato, y depositó un beso seco en su frente antes de levantarse.
Sus ojos buscaban los de Kael, pidiendo permiso que no llegó.
Lo que siguió fue práctica militar: los sobrevivientes recogieron armas, arrastraron cuerpos, sellaron pasillos.
El callejón se transformó en una marca en el mapa.
Renato quedó tendido entre escombros y nieve, con la ciudad recién tomada rugiendo a su espalda.
Nadie lo cubrió; nadie encendió una vela sobre él.
Estaba vivo, pero colgado de un hilo.
Mientras la brigada se dispersaba, una sombra se quedó al borde del callejón, apenas visible entre pilares de humo.
No era de los suyos.
Observó a Renato con la curiosidad fría de quien calcula oportunidades.
Sus ojos brillaron un instante bajo la capucha; luego la figura se desvaneció hacia la oscuridad de las calles.
Renato sintió esa mirada como un fósforo en la sien.
Quiso moverse, gritar, suplicar una cura; su lengua no obedeció.
La nieve le pegó la cara como si el mundo quisiera borrarlo.
En su mente, fragmentos; Javier, la casa, la daga, Kael.
Un pensamiento se abrió como una grieta y luego se cerró.
Al final, en aquel silencio que no era paz sino espera, Renato juntó las fuerzas que le quedaban y murmuró, apenas audible: —No… me dejes… morir.
La palabra se perdió entre los pasos que partían.
La noche tragó la respuesta.
En la distancia, Kael escuchó el rumor de la petición.
No miró atrás.
Sus pensamientos ya estaban en la siguiente jugada.
Pero en algún lugar del callejón, oculto por humo y ruina, alguien había observado la suplica.
Y aunque nadie lo supiera todavía, esa mirada decidiría si Renato sería llevado en volandas o si la leyenda tendría que nacer de su caída.
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