Destinado a ser un villano - Capítulo 8
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8: 1-7 años 8: 1-7 años Kael Díaz nació el 20 de abril de 2010.
Su infancia no fue una historia de juegos ni de risas; fue una sucesión de días grises, marcados por el hambre, la violencia y la ausencia.
Desde pequeño aprendió que el mundo no tenía espacio para los débiles.
Mientras otros niños jugaban, él contaba los segundos entre los gritos de sus padres y el silencio que siempre llegaba después.
No recordaba una sola noche sin el eco de una discusión, ni un solo amanecer sin miedo.
A los cuatro años, ya entendía lo que significaba sobrevivir… y lo que costaba hacerlo.
—Papá… —susurró Kael, con la voz quebrada, al ver cómo su padre alzaba la mano una vez más.
El miedo lo hizo retroceder hasta el rincón más oscuro de la casa.
No gritó, no lloró.
Aprendió que el silencio era su única defensa.
Con el tiempo, las madres de sus compañeros comenzaron a notarlo.
Las marcas en su piel hablaban más que sus palabras.
Nadie preguntaba demasiado; y Kael, que apenas sabía pronunciar su propio nombre sin titubear, ya había entendido que en su mundo no había héroes, solo sobrevivientes.
A la mitad de sus cuatro años, un vecino intervino por primera vez.
Manuel —así se llamaba— escuchó los gritos y entró en la casa sin pensarlo.
Sabía artes marciales, y en pocos segundos logró contener al padre de Kael, evitando que la situación pasara a algo peor.
Kael observaba desde un rincón, con los ojos abiertos de par en par.
No entendía del todo lo que pasaba, solo sintió algo que jamás había sentido antes.
¿Era alivio?
¿Miedo?
¿O algo parecido al amor?
Nunca lo supo.
Manuel se arrodilló frente a él, diciendo palabras que Kael no comprendía.
No era solo por el miedo… era porque Kael aún no sabía hablar.
Solo podía mirar, temblando, intentando entender por qué alguien, por primera vez, había decidido protegerlos.
A los cinco años, Kael ya conocía bien el dolor.
Los golpes y los gritos eran parte de su rutina, tan normales que había dejado de pensar que algo andaba mal.
No entendía que aquello era abuso… para él, simplemente era la forma en que el mundo funcionaba.
Por eso, sin saberlo, comenzó a imitar lo que veía en casa.
En el jardín infantil, respondía a cualquier palabra con empujones o golpes; a veces incluso levantaba la voz como lo hacía su padre.
Cada día, la maestra llamaba a su madre para que fuera a buscarlo.
“Se peleó otra vez”, decían.
“Le pegó a un compañero”.
Nadie entendía que Kael no lo hacía por maldad.
Lo hacía porque era lo único que conocía.
En su sexto cumpleaños —uno que, como los anteriores, nadie había recordado—, algo diferente ocurrió.
Manuel, su vecino, apareció frente a la casa con una pequeña torta en las manos y una sonrisa cansada pero sincera.
—Vamos, pequeño —le dijo—, hoy vas a comer algo distinto.
Lo llevó a un restaurante llamado El Pollo con Rienda, un lugar sencillo donde el olor a carne asada llenaba el aire.
Kael observaba todo con los ojos muy abiertos; nunca había visto tanta comida junta, ni mesas limpias, ni gente riendo.
Por primera vez probó lo que era comer de verdad: pollo asado, papas doradas y pan caliente.
Ese día sintió algo que no supo nombrar.
¿Era amor?
¿Admiración?
¿Fraternidad?
No lo sabía.
Solo comprendió que, por un instante, el mundo podía no doler.
A los seis años y dos meses, Manuel ya se había convertido en algo más que un vecino para Kael.
Le había tendido la mano más veces de las que el niño podía recordar.
Había suprimido al padre violento más de una vez, había ayudado a su madre a levantarse del suelo, y, cuando el silencio volvía a ocupar la casa, era él quien se quedaba para asegurarse de que todo estuviera bien.
También fue quien empezó a enseñarle palabras.
Kael no entendía muchas cosas; su mundo era tan pequeño, tan lleno de gritos y miedo, que el lenguaje apenas tenía espacio para crecer.
Manuel lo ayudaba con paciencia —señalando objetos, pronunciando lento, repitiendo una y otra vez—, y Kael, aunque no comprendía del todo, sentía que cada palabra nueva era como una chispa que encendía algo dentro de él.
Al mes siguiente fue un punto de partida, Manuel como siempre ayudaba a kael a hacer las tareas y a que entienda el lenguaje y Manuel le hablaba de su familia, la historia de manuel fue dura la historia de manuel fue así: Manuel nunca fue un hombre especial.
Era un tipo común, de esos que el mundo olvida sin siquiera darse cuenta.
Pero hubo un tiempo —años atrás— en que su vida estaba llena de risas, olor a pan recién hecho y una mujer que lo miraba como si él fuera todo lo que existía.
Tenía un hijo pequeño, Mateo, de apenas tres años, que solía corretear por la casa con una capa improvisada hecha de una toalla.
Eran pobres, sí, pero felices.
Vivían en una pequeña casa en la periferia, donde el sol se colaba entre las tablas del techo y la radio siempre sonaba con canciones viejas.
Manuel trabajaba de guardia nocturno, y aunque el sueldo apenas alcanzaba, lo hacía con orgullo.
“Mientras ellos estén bien, yo también lo estaré”, solía decir.
Hasta que un día su esposa recibió una llamada.
Su hermana, que vivía en Estados Unidos, había conseguido trabajo estable y le ofrecía llevarla junto al pequeño Mateo para empezar una nueva vida.
—Ven conmigo, Manuel —le rogó ella, con la voz entrecortada—.
Allá podríamos tener un futuro de verdad.
Pero él no quiso.
Decía que el cambio era demasiado, que no podía dejar su tierra, que allá no conocía a nadie.
La verdad era más simple y más triste: tenía miedo.
Miedo de fracasar.
Miedo de no ser suficiente.
Y así, mientras el avión despegaba, Manuel se quedó mirando el cielo hasta que se perdió entre las nubes.
Nunca volvió a verlos.
Primero fueron las llamadas cada semana.
Luego una al mes.
Después, el silencio.
El primer trago fue una cerveza.
El segundo, un vino barato.
El tercero… ya ni lo recordaba.
Cuando quiso darse cuenta, los días se confundían entre amaneceres turbios y noches sin sentido.
Perdió su trabajo, su casa y casi su vida en una pelea de bar.
Terminó viviendo en una pieza arrendada, sobreviviendo de changas, con el único consuelo del alcohol y una foto vieja de su hijo en el bolsillo.
Durante años, nadie pronunció su nombre.
Hasta que conoció a Kael.
Fue una tarde cualquiera, mientras volvía del almacén con una botella a medio esconder bajo la chaqueta.
Escuchó gritos desde una casa vecina —no los típicos gritos de una discusión—, sino el sonido seco de un golpe.
Y luego un llanto infantil.
Manuel se acercó sin pensar.
La puerta estaba entreabierta.
El padre de Kael golpeaba a su esposa mientras el pequeño se escondía detrás de un mueble, temblando.
No lo pensó dos veces: lo sacó de ahí a la fuerza.
No era la primera pelea que veía, pero sí la primera vez en años que sintió que debía hacer algo.
Cuando todo se calmó, se encontró con ese niño mirándolo con los ojos llenos de confusión.
—¿Tienes hambre?
—le preguntó.
Kael solo asintió.
Y así empezó todo.
Desde ese día, Manuel se convirtió en una figura silenciosa en la vida de Kael.
Lo veía todos los días: a veces le daba pan, otras solo lo acompañaba a la esquina del colegio.
Al principio lo hacía para no sentirse solo.
Pero luego se dio cuenta de algo: ese niño tenía la misma mirada que él cuando perdió a su familia.
Una mezcla de vacío, dolor y rabia contenida.
Manuel empezó a enseñarle cosas pequeñas: cómo amarrarse los cordones, cómo escribir su nombre, cómo defenderse si alguien lo golpeaba.
A veces, entre lecciones, le contaba historias de su hijo.
—Mateo tenía tu edad —le decía con una sonrisa triste—.
Era igual de terco.
Kael no entendía del todo, pero escuchaba con atención.
Con el tiempo, Manuel dejó de beber tanto.
Le daba vergüenza que Kael lo viera borracho.
Empezó a limpiar su casa, a cocinarle, incluso a leerle cuentos cuando su madre no estaba.
Era como si ese niño lo hubiera traído de vuelta a la vida.
Pero la tristeza nunca se fue del todo.
Por las noches, cuando Kael ya dormía, Manuel miraba la foto de su hijo y se preguntaba si estaría vivo, si lo recordaría.
A veces lloraba en silencio.
Otras veces escribía cartas que nunca enviaba: > “Mateo, si algún día lees esto, quiero que sepas que conocí a un niño que me recordó a ti.
No lo abandonaré como te abandoné a ti.
Te lo prometo.” Esa promesa fue lo único que lo mantuvo en pie.
Manuel, como de costumbre, se metió en la casa para separar la pelea.
Pero algo era diferente.
Algo en el aire no molaba .
El padre de Kael lo esperaba, un cuchillo brillando en su mano.
Sin dudarlo, Manuel se adelantó y atacó primero, intentando proteger a Kael.
El padre, feroz, logró clavarlo en el brazo, y luego, en un movimiento brutal, le acertó a la yugular.
Manuel, con un último esfuerzo de voluntad y fuerza, noqueó al padre de Kael.
Con el aliento entrecortado y la sangre corriendo por su rostro, se inclinó hacia Kael y, con voz débil pero firme, dijo: —Cumplí mi promesa… no te abandoné, Kael… y tampoco te olvidaré.
Acto seguido, Manuel cayó.
Sus ojos se cerraron lentamente, y el mundo perdió a aquel hombre que había sido un refugio, un maestro y un padre improvisado para Kael.
Kael estaba inmóvil, temblando, con el cuchillo entre las manos pequeñas y ensangrentadas.
La luz gris de la tarde se colaba por las rendijas de la ventana, iluminando motas de polvo que flotaban como testigos silenciosos.
La habitación olía a humedad, sudor y miedo acumulado durante años.
Frente a él, su padre comenzaba a despertar, y un instinto primitivo se apoderó de Kael: miedo, odio, y una necesidad de sobrevivir que no entendía del todo.
El primer corte fue en el abdomen.
El filo penetró la piel con un sonido húmedo que hizo que Kael se estremeciera.
La sensación era horrible y a la vez extrañamente poderosa; algo dentro de él se despertaba.
Cada movimiento posterior no era pensado, era instintivo.
Clavó el cuchillo en la mano de su padre, sintiendo los huesos ceder bajo la presión, luego en la cabeza, una y otra vez, mientras su respiración se mezclaba con gritos ahogados que no eran del todo suyos, sino de la tensión de todos los años de abuso.
El olor de la sangre inundó la habitación, fuerte, penetrante, casi vivo.
Cada gota que caía sobre el suelo parecía empujar a Kael a continuar, a no detenerse.
Sus ojos, llenos de lágrimas y terror, apenas podían enfocar, pero cada corte lo arrastraba más hacia un abismo donde la inocencia se deshacía, donde solo existía la necesidad de controlar aquello que lo había aterrorizado durante tanto tiempo.
A cada instante, recuerdos difusos de su infancia lo atravesaban: el sonido de los gritos de su madre, el golpe seco del castigo, el vacío de los días sin afecto.
Todo se mezclaba con la crudeza del presente, y la violencia se volvía un acto de justicia, de liberación, de supervivencia.
Sus manos no temblaban por miedo, sino por la intensidad de la emoción que lo arrastraba: rabia, desesperación y un extraño atisbo de poder.
El cuerpo de su padre se retorcía, pero Kael no podía parar.
El sabor metálico de la sangre en sus labios lo empujaba a continuar, un impulso que era más instinto que decisión.
Cada golpe borraba un recuerdo de miedo, reemplazándolo con otra sensación, otra memoria impregnada de fuerza y determinación.
El cuerpo que antes le causaba terror ahora yacía irreconocible, deformado por su propia furia, y Kael se quedó observando, respirando con dificultad, sintiendo que algo dentro de él se había quebrado y reformado al mismo tiempo.
Cuando finalmente cesó, Kael cayó de rodillas, temblando, cubierto de sangre.
El silencio absoluto de la casa lo envolvió, roto solo por su respiración entrecortada y los ecos de lo que acababa de hacer.
No había alivio, no había victoria; solo un vacío frío y pesado que lo llenaba por dentro.
La inocencia se había desvanecido, reemplazada por una sombra que lo seguiría por siempre, una fuerza oscura y fría que ahora definiría cada paso de su vida.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
Kael seguía allí, de rodillas, respirando con dificultad, las manos temblorosas, la mirada perdida entre el cuerpo de su padre y el suelo manchado.
La habitación, que antes era un campo de batalla, se había vuelto un vacío.
Su madre estaba en la esquina, inmóvil.
Sus ojos —rojos, abiertos, incapaces de comprender lo que acababa de presenciar— lo miraban sin verlo.
No había odio, ni siquiera sorpresa; solo una tristeza tan profunda que parecía borrar el color del mundo.
Se acercó a su hijo con pasos lentos, vacilantes.
La voz se le quebraba cuando intentó decir su nombre, pero no salió sonido alguno.
Solo una lágrima, que cayó al suelo, mezclándose con el resto de la tragedia.
Kael levantó la mirada, esperando quizás consuelo, un abrazo, una palabra… algo.
Pero lo único que encontró fue un rostro devastado, roto más allá de toda reparación.
Su madre, sin saber cómo seguir viviendo con lo que había visto, con todo lo que había perdido, miró el cuchillo en el suelo.
No fue un impulso ni un arrebato; fue una rendición silenciosa.
Lo tomó entre las manos, lo observó unos segundos, y con una serenidad casi irreal, susurró: —Lo siento, Kael…
Kael apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Su madre se desplomó, dejando tras de sí solo el eco de esa disculpa.
No hubo un sonido fuerte, ni un gesto violento.
Solo el peso del aire que se detuvo, el silencio absoluto que envolvió la habitación.
Kael la observó sin comprender del todo.
Se arrastró hasta ella, tomó su mano fría, y sintió cómo el mundo se derrumbaba a su alrededor.
No gritó.
No lloró.
Se quedó quieto, como si su mente hubiera decidido congelarse para no romperse del todo.
Aquella noche, el niño que había sido Kael murió junto a ellos.
Lo que despertó después… ya no era un niño.
Kael se quedó paralizado frente al cuerpo inmóvil de Manuel.
Por primera vez en su corta vida, comprendió lo que había hecho, lo que había desencadenado todo.
El llanto, contenido durante años de miedo y violencia, estalló sin control.
—¡Manuel, por favor… respóndeme!
—gritó, sacudiendo el cuerpo, con la voz rota por la desesperación—.
¡Respóndeme!
Pero no hubo respuesta.
Solo el silencio pesado de la habitación, solo el frío de un amigo que ya no podía hablarle, no podía consolarlo.
Kael se dejó caer junto a él, abrazando el cuerpo con fuerza, como si de ese modo pudiera devolverle la vida o recuperar un poco de lo que había perdido.
Las lágrimas caían sin cesar, mezclándose con la sangre, con la suciedad, con todo el dolor acumulado.
Y mientras el mundo parecía colapsar a su alrededor, Kael entendió algo que hasta ese momento no había podido: la fragilidad de la vida y el peso de las decisiones.
Kael se quedó inmóvil, paralizado por lo que acababa de ocurrir.
Los gritos alertaron a los vecinos, y pronto llegaron los policías.
Lo que encontraron fue una escena tan grotesca que algunos incluso vomitaron ante la magnitud del horror.
Sin pronunciar palabra, los oficiales lo llevaron lejos de aquel infierno familiar.
Kael fue trasladado a un orfanato financiado por el Estado: el SENAME.
Allí, entre paredes grises y rostros desconocidos, empezó una nueva etapa de su vida, marcada por la soledad y el silencio, pero también por la posibilidad de sobrevivir y reconstruirse poco a poco, aunque con cicatrices que nunca desaparecerían del todo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES martoquan un poco triste no?
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