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Destinado a ser un villano - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 8 años y 3 meses
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9: 8 años y 3 meses 9: 8 años y 3 meses Kael entró a los ocho años en un mundo que, aunque todavía estaba lejos de ser amable, le ofrecía algo que jamás había conocido: estabilidad.

Por primera vez, no pasó hambre.

La comida real, caliente y abundante, llenaba su estómago y, con cada bocado, sentía cómo su cuerpo, tan delgado y frágil antes, empezaba a transformarse.

Los músculos, antes débiles, se endurecían; su cuerpo crecía, y con él, una sensación nueva de fuerza que jamás había experimentado.

Cada mañana en el SENAME comenzaba con el estruendo de la campana, la rutina de lavado, desayuno, y luego las clases.

Kael aprendía a leer y escribir con rapidez, aunque su pasado había dejado cicatrices en su lenguaje y su manera de expresarse.

Su mente, siempre observadora, absorbía cada detalle: las risas de otros niños, los juegos, la disciplina de los cuidadores.

Poco a poco, la sombra de miedo que había cargado toda su infancia empezaba a disiparse, reemplazada por algo más concreto: determinación.

En su octavo cumpleaños, mientras soplaba las velas de un pastel sencillo pero cálido, Kael sintió algo que no había sentido en años: la idea de un futuro posible.

No era felicidad total —su pasado era demasiado pesado para permitir eso—, pero sí una chispa, un indicio de que podía crecer, aprender y quizás, algún día, convertirse en alguien capaz de cambiar su destino.

Cada músculo que sentía crecer bajo su piel era un recordatorio silencioso: la vida le daba otra oportunidad, y esta vez, estaba decidido a no desperdiciarla.

En el colegio, Kael hizo su primer amigo, llamado Cristián.

Era un niño algo obeso, usaba lentes y tenía un carácter arrogante y mandón.

La mamá de Cristián solía cuestionar que Kael viniera del SENAME, o como ella decía, “de esa clase de gente”.

A Cristián le encantaba una niña llamada Javiera, aunque Kael no le daba mucha importancia.

—¡Kael, Kael!

—decía Cristián, mientras Kael jugaba al fútbol en el patio—.

—¿Qué pasó?

—preguntó Kael, algo sorprendido al ver a Cristián tan agitado.

—¡Ayúdame!

—decía Cristián, con la voz temblorosa y los ojos desorbitados—.

Me vienen persiguiendo.

—¿Quién?

—respondió Kael, frunciendo el ceño mientras intentaba entender la situación.

Su corazón empezó a latir un poco más rápido; Cristián nunca había estado así de asustado.

—Los de cuarto… —murmuró Cristián, tragándose el miedo que parecía apoderarse de él.

Su respiración era rápida, y su cuerpo temblaba mientras miraba hacia los lados, como si el peligro estuviera a punto de aparecer en cualquier momento.

Kael se levantó del suelo, dejando el balón a un lado, y tomó a Cristián del hombro con firmeza.

Podía sentir cómo el amigo se aferraba a él, buscando protección.

—Tranquilo, no voy a dejar que te hagan daño —dijo Kael, con voz baja pero decidida—.

Vamos a calmarnos y a pensar cómo salir de esto.

Cristián respiró hondo, aunque el miedo no desaparecía.

A lo lejos, se escuchaban risas burlonas y pasos que resonaban en el patio, acercándose.

Kael tensó la mandíbula; sabía que debía actuar rápido.

—Sígueme —dijo Kael—.

No podemos enfrentarlos aquí.

Ambos empezaron a moverse entre los niños que jugaban, intentando pasar desapercibidos.

Cada sombra parecía un enemigo, cada risa un desafío.

Kael notó cómo el corazón de Cristián latía desbocado; lo mismo le ocurría a él, pero no podía permitir que el miedo lo paralizara.

—Tranquilo—susurró Kael, aunque aún no entendía por qué se sentía tan protector con Cristián—.

Nadie va a tocarte.

Kael vio una salida y sin pensarlo corrió hacia ella, con la adrenalina recorriéndole el cuerpo.

—¡Por acá!

—gritó Cristián, algo exaltado por tener que correr tan rápido.

Cristián corría con todas sus fuerzas, pero su pequeño cuerpo y el peso extra hacían que cada paso fuera un esfuerzo titánico.

Sus pulmones ardían y sus piernas parecían no responder del todo, mientras Kael lo adelantaba con agilidad.

A lo lejos, se escuchaban los pasos de los de cuarto, cada vez más cercanos, y sus risas burlonas cortaban el aire como cuchillos.

La tensión se apoderaba del patio, y el miedo de Cristián se volvía palpable en cada jadeo.

—¡Vamos, rápido!

—jadeaba Kael, mientras esquivaba otros niños y bultos en el patio.

Pero, a pesar de su velocidad, no pudieron escapar.

Uno de los de cuarto logró alcanzarlo, y con un brazo fuerte, sujetó a Cristián por detrás, levantándolo en el aire como si fuera un saco de tela.

—¡N…nooo!

—gritó Cristián, su voz llena de terror y desesperación—.

¡Suéltame!

¡Kael, ayúdame!

Kael se detuvo en seco, sintiendo cómo la rabia y la impotencia le ardían en el pecho.

Sus manos se cerraron en puños mientras observaba a su amigo atrapado, consciente de que debía actuar rápido si quería salvarlo.

Kael salió del escondite con el corazón latiendo a mil por hora.

Los de cuarto lo habían detectado, y ahora no había lugar para la duda: era él o Cristián.

Sus puños se apretaron, su respiración era rápida, pero su mente estaba clara: debía pelear.

El primero en acercarse fue un chico alto y fuerte, con una mirada arrogante y un golpe preparado.

Kael esquivó de un salto lateral, sintiendo cómo el impacto del aire cortaba su mejilla, y contraatacó con un gancho que impactó en el brazo del atacante, haciéndolo retroceder.

—¡Tú no me vas a parar!

—gritó Kael mientras esquivaba otro golpe y rodaba por el suelo para levantarse de inmediato.

Otro de cuarto se lanzó contra él con un empujón brutal, intentando derribarlo.

Kael saltó sobre él, utilizando su propio peso para proyectarlo al suelo.

Cada movimiento era calculado, cada golpe preciso; no tenía intención de matar, pero sí de incapacitar.

Cristián, escondido detrás de un muro cercano, observaba con los ojos abiertos de par en par.

Nunca había visto a Kael así: ágil, rápido, como si cada golpe viniera acompañado de años de entrenamiento que su cuerpo recordaba instintivamente.

Kael sentía el calor de la pelea en su sangre.

No había espacio para miedo, no había tiempo para dudas.

Cada ataque de los de cuarto era respondido con rapidez, con astucia.

Un golpe aquí, una patada allá, esquivar y contraatacar.

Su cuerpo parecía moverse por instinto, con una fuerza que jamás había sentido.

Uno de los más grandes intentó atraparlo por detrás, pero Kael giró, usó su peso y lo derribó al suelo.

Otro vino desde la derecha, con un intento de golpe bajo; Kael saltó, giró en el aire y le dio un codazo en la mandíbula que lo dejó tambaleando.

El ruido del choque de sus cuerpos, los gritos y el caos resonaban en todo el patio.

Kael no dejaba que su mente se distrajera; cada movimiento contaba, cada segundo podía ser la diferencia entre la victoria o que Cristián resultara herido.

Un cuarto chico intentó embestirlo, pero Kael, con un giro ágil, lo esquivó, lo tomó del brazo y lo lanzó contra un banco.

El sonido del impacto fue seco y contundente.

Kael respiraba con fuerza, pero sus ojos permanecían fijos en los atacantes restantes.

Finalmente, solo quedaba uno.

El más grande, el más fuerte, con una mirada desafiante y llena de arrogancia.

Kael lo miró, su cuerpo tensándose como un resorte.

Cada golpe anterior había sido preparación para esto.

El chico cargó hacia Kael con un empujón brutal.

Kael lo esquivó, giró y con una combinación de patada baja y puñetazo, logró derribarlo.

El piso crujió bajo el peso del impacto, y el chico se quedó allí, jadeando, derrotado pero consciente.

Kael respiró hondo, sus músculos ardían, su cuerpo estaba cubierto de sudor, pero una chispa de satisfacción brillaba en sus ojos.

Había peleado, había protegido a Cristián, y aunque la victoria había sido dura, la sensación de control y fuerza lo llenaba por primera vez en mucho tiempo.

Cristián salió de su escondite, temblando, pero con una sonrisa tímida.

Kael lo miró, aún respirando con dificultad, y dijo con voz firme: —Nunca más voy a dejar que te hagan daño.

La pelea había terminado, pero Kael sabía que esto era solo el principio de muchas batallas por venir.

Su cuerpo, su mente y su espíritu habían cambiado esa tarde; algo dentro de él había despertado.

A los ocho años y tres meses, Kael empezó a notar a Javiera en el colegio.

Ella no era como los otros niños: tenía una mirada curiosa, una risa suave y parecía observar el mundo con atención, como si siempre estuviera evaluando cada detalle.

Kael, que estaba acostumbrado a ser reservado y a no confiar fácilmente en nadie, se sorprendió al darse cuenta de que, sin proponérselo, se sentía atraído por su manera de ser.

Un día, durante el recreo, Kael estaba practicando tiros al arco de fútbol cuando la pelota se desvió y casi golpea a Javiera.

Antes de que cayera, Kael corrió y la sujetó con rapidez.

—¿Estás bien?

—preguntó Kael, un poco sorprendido por sí mismo por preocuparse tanto.

Javiera sonrió, tranquila: —Sí… gracias, Kael.

No todos hubieran reaccionado así.

Desde ese momento, empezaron a hablar.

Javiera se mostró amable y paciente, preguntando sobre Kael, su infancia y sus intereses.

Kael, aunque al principio dudoso, comenzó a abrirse poco a poco.

Con ella, podía ser él mismo, sin la máscara de fuerza que siempre llevaba para proteger a los demás o a sí mismo.

Cristián, al verlo, frunció el ceño, algo celoso y desconcertado por la nueva amistad, pero Kael no le prestó atención.

La relación con Javiera crecía día a día, entre juegos en el patio, tareas compartidas y conversaciones que se extendían hasta que sonaba la campana.

Por primera vez, Kael sentía que podía confiar plenamente en alguien más allá de un amigo como Cristián: alguien que lo comprendía, que lo aceptaba sin juzgarlo por su pasado o por haber venido del SENAME.

Ese vínculo con Javiera se convirtió en un refugio para Kael, un pequeño respiro de la dureza de la vida.

Aunque todavía había desafíos y momentos difíciles por enfrentar, ella le daba un motivo más para seguir adelante, para aprender, crecer y descubrir quién quería ser realmente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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