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DEYMON - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Mentiras y escusas
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13: Mentiras y escusas.

13: Mentiras y escusas.

El silencio era lo primero que golpeaba a Sofía.

No era el silencio cómodo de la mañana compartida, sino el vacío ensordecedor que dejaba una partida apresurada.

Abrió los ojos pesadamente, esperando el calor familiar de un cuerpo a su lado, o al menos un mensaje de texto de despedida.

Se incorporó en las sábanas revueltas del hotel, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.

Buscó a Deymon.

Primero en el baño, luego revisando el resto de la habitación, con el corazón latiéndole desbocado.

No estaba.

Solo un rastro fugaz de su colonia barata y el aire viciado de una noche de pecado.

Al pie de la cama, un sobre blanco y grueso yacía como una ofensa.

Lo tomó con dedos temblorosos.

Dentro, una pila de billetes.

No era un gesto de cuidado; era un pago.

Una liquidación.

“¡No puede ser!”, gritó Sofía, y el sonido la asustó a ella misma.

El aire se le fue de los pulmones.

La imagen de Deymon escapando como si ella fuera una sombra, una necesidad pagada y olvidada, la golpeó con la fuerza de un camión.

Su mente, que apenas unas horas antes había fantaseado con un futuro, se inundó de una rabia helada.

No era dolor, era humillación pura.

“Soy una puta para él”, masculló con la voz quebrada, sintiendo cómo las lágrimas de la frustración se acumulaban, pero se negaban a caer.

Se levantó de la cama, sintiendo el peso de la noche anterior como una mancha imborrable.

El lujo del hotel se sentía grotesco ahora.

Necesitaba aire, necesitaba un objetivo, y ese objetivo tenía un nombre: Deymon.

Se vistió con una rapidez furiosa, ignorando el maquillaje, el cabello desordenado.

No importaba cómo se viera; lo que importaba era la promesa que se hacía a sí misma mientras abrochaba su blusa: él pagaría por este desprecio.

No solo por la infidelidad, sino por tratarla como un servicio desechable.

Agarró su bolso, dejando el dinero intacto sobre la almohada como una declaración de guerra, y salió disparada del hotel, jurando que su próxima parada sería la casa de Lucía.

**************** A las diez y media, Deymon entró en el departamento, sintiendo que el peso de la noche se le pegaba a la piel.

El olor a café y el silencio expectante de Lucía lo golpearon al instante.

Había ensayado la coartada en el trayecto, puliéndola hasta que sonara lo más aburrida y creíble posible.

Lucía estaba en la sala, con una expresión indescifrable.

No estaba llorando, pero tampoco sonreía.

Era peor que un grito; era una calma tensa que presagiaba tormenta.

“Hola, mi amor,” dijo Deymon, intentando sonar como si acabara de llegar de una jornada laboral agotadora, no de un burdel improvisado.

Se acercó para besarla, pero ella se movió ligeramente, impidiendo el contacto directo.

“¿Qué tal el servidor, Deymon?

¿Se solucionó el problema que te tuvo despierto toda la noche en la oficina?”, preguntó Lucía, y la forma en que pronunció “oficina” sonó a sarcasmo puro.

Deymon sintió un sudor frío recorrerle la espalda.

No esperaba que lo pusiera a prueba tan pronto.

“Uf, sí.

Fue un caos, Lucía.

Tuvimos que quedarnos hasta las 7 AM.

El nuevo sistema se cayó por completo.

Terminé agotado, me eché un rato en el sofá de la sala de juntas para poder conducir con cabeza.

Lo siento, mi batería se murió y no pude avisarte.” Se pasó una mano por el cabello, fingiendo agotamiento genuino.

Lucía lo observó de pies a cabeza.

Vio la ropa arrugada, el cansancio real, pero también notó una rigidez en sus hombros que no era por el trabajo.

Su intuición le gritaba que algo estaba mal, que la historia era demasiado perfecta, demasiado convenientemente dramática para ser verdad.

Sin embargo, la necesidad de paz, el deseo de creer en el hombre que amaba, era más fuerte que la sospecha.

“Está bien, Deymon,” suspiró, forzando una sonrisa que no le llegó a los ojos.

“Pero por favor, la próxima vez, avísame si te quedas.

Me preocupé mucho.” La mentira había sido aceptada, pero no sellada.

Lucía le había dado el beneficio de la duda, pero la semilla de la desconfianza estaba sembrada.

Mientras Deymon se relajaba un poco, sintiendo que había esquivado la bala, Lucía se dirigió a la cocina.

En su mente, se repetía: *Le creo…

pero no del todo*.

Justo en ese momento, el timbre de la casa sonó con una insistencia violenta.

Era un sonido que no pertenecía a su rutina.

Deymon se tensó.

Lucía se detuvo en el umbral de la cocina, y ambos se miraron, sabiendo que esa visita inesperada no traería buenas noticias.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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