DEYMON - Capítulo 22
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: No lo voy abortar….
22: No lo voy abortar….
Deymon se quedó petrificado, la hoja de estudio de sangre arrugada bajo la presión de su mano derecha.
El aire en su oficina, usualmente un refugio de control y orden, se había vuelto denso y asfixiante.
Sofía estaba ahí, vulnerable, con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas, y él sentía que el suelo se abría bajo sus pies.
¿Cómo diablos había llegado a este punto?
“No puedo creer que me estés diciendo esto,” logró articular Deymon, su voz áspera, casi irreconocible.
Se levantó de golpe, caminando hacia la ventana como si pudiera escapar de la realidad que Sofía acababa de soltarle.
“¡Un bebé!
¿Estás segura de que no hay error?
¡Esto es una locura, Sofía!” Sofía dio un paso al frente, intentando reducir la distancia física que él imponía.
“¡Claro que estoy segura!
¡Tengo la prueba aquí!
¿Crees que me arriesgaría a decirte algo así si no fuera cierto?” Su voz subió de tono, cargada de la rabia que nace del miedo.
“No vine a pedirte limosna, vine a decirte la verdad que nos involucra a los dos.” Deymon se giró bruscamente, su rostro una máscara de confusión y rabia contenida.
“¡¿La verdad?!
¿Y qué hay de *mi* verdad, Sofía?
¿Qué hay de Lucía?
Llevamos años juntos, planeando un futuro.
¿Crees que puedo simplemente desechar todo por un…
un desliz en un hotel?” El término “desliz” salió con un veneno que hirió a Sofía más de lo que él pretendía.
“¡No fue un desliz para mí, Deymon!
¡Y no te estoy pidiendo que deseches nada!
Te estoy pidiendo que reconozcas que hay una vida creciendo que es tuya,” replicó ella, sintiendo que cada palabra se le escapaba a la fuerza.
“Sé que está Lucía, ¡claro que lo sé!
Pero no puedo cargar con esto sola.
¿Qué esperabas, que lo ocultara hasta que el niño tuviera diez años?” Deymon se pasó ambas manos por el cabello, tirando de él con desesperación.
Estaba en un callejón sin salida, y la frustración lo estaba consumiendo.
El miedo a perder su estabilidad con Lucía era paralizante.
“¡Mira, Sofía, estoy jodido!
¿Entiendes?
Estoy jodido.
No sé qué hacer.
Si esto sale a la luz, mi vida se acaba, ¿entiendes?
¡Me dejaría!
Y no puedo permitirlo, llevo años construyendo esto.” “¿Y mi vida qué, Deymon?
¿Qué importa mi futuro, el de nuestro hijo?” Sofía sintió un nudo en la garganta.
“Siempre piensas en ti y en Lucía.
¿No te das cuenta de que ya no es solo una decisión tuya?
¡Esto es un ser humano!” La palabra “hijo” pareció golpear a Deymon con la fuerza de un mazo.
Se tambaleó hacia atrás y se dejó caer en su silla, mirando el techo como si buscara una salida divina.
“Está bien, está bien.
Cálmate.
No te estoy pidiendo que abortes, ¿de acuerdo?
Pero tampoco puedo simplemente decirle a Lucía: ‘Oye, mi empleada tiene un hijo mío y quiero que nos vayamos a vivir juntos’.” Su sarcasmo era una defensa cruda contra su propio pánico.
“¡Yo nunca te pedí eso!” exclamó Sofía, sintiendo que la presión por las lágrimas era insoportable.
“No te estoy pidiendo que dejes a Lucía.
Te estoy pidiendo que seas un padre.
Que me ayudes a navegar esto.
Pero si no estás dispuesto a dar la cara, dime ahora para saber a qué atenerme.” Deymon cerró los ojos con fuerza.
La frustración se mezclaba con una punzada de culpa y, para su horror, un atisbo de algo parecido a la responsabilidad.
Su mente, entrenada para la estrategia empresarial, comenzó a buscar soluciones frías y logísticas.
“Mira,” dijo, abriendo los ojos y adoptando un tono más bajo, casi conspiratorio.
“Si esto se queda entre nosotros…
podemos manejarlo.
La empresa tiene buenos seguros, como te dije.
Podemos asegurarnos de que no te falte nada, que el niño tenga todo.
Yo me encargo de la manutención, de que nunca les falte dinero.
Pero tú tienes que desaparecer de mi vista.
Te vas de aquí, te mudas a otra ciudad, y yo te apoyo económicamente.
Así Lucía nunca se entera, y tú y el bebé están cubiertos.” Sofía lo miró con incredulidad, sintiendo que le ofrecía una jaula dorada.
“¿Me estás pidiendo que sea tu amante secreta, la madre oculta de tu hijo, para que tu vida *perfecta* no se arruine?
¿Que viva con miedo a que me descubran?” Se echó a reír, una risa seca y sin alegría.
“No, Deymon.
Eso no es ayuda, es un soborno para que me calle la boca.” “¡Es la única manera de proteger a todos!” gritó él, golpeando el escritorio con la palma de la mano.
El sonido resonó en la oficina.
“¡¿Qué más quieres que haga?!
¡¿Quieres que organice una cena familiar para presentarlos?!
¡No soy un héroe de telenovela, Sofía!
Soy un hombre con una vida que no puedo tirar a la basura por un error de una noche.” Las palabras hirieron profundamente, pero Sofía se mantuvo firme, dejando que las lágrimas fluyeran libremente ahora.
“No quiero un error, quiero un padre.
Y si no puedes serlo, si te da más miedo Lucía que la vida que creaste, entonces dímelo.
Pero no me ofrezcas migajas ni me pidas que me esconda.
Yo no voy a abortar, Deymon.
Esa es mi decisión.” Deymon se hundió en su silla, la adrenalina del enfrentamiento bajando y dejando solo un vacío frío.
Había gritado, había intentado imponer su voluntad con miedo y dinero, y ella no se había doblegado.
Eso era nuevo para él.
“No sé qué hacer, Sofía,” admitió, la frustración finalmente cediendo a una honesta desesperación.
“Estoy aterrorizado.
No quiero perder a Lucía, pero tampoco puedo ignorar esto.
Es…
es demasiado.
No tengo un plan para esto.” Sofía se acercó lentamente, su propia rabia menguando ante su evidente colapso emocional.
Vio al hombre poderoso de la oficina redujo a alguien igual de perdido que ella.
“Yo tampoco tengo un plan, pero al menos estoy dispuesta a buscarlo contigo.
Si no quieres decírselo a Lucía ahora, lo entiendo, pero no me pidas que desaparezca.
Necesito que estés presente, en las decisiones, en lo que venga.
Dame una oportunidad de confiar en ti, Deymon.” El silencio que siguió fue diferente; ya no era hostil, sino expectante.
Deymon levantó la vista hacia Sofía, viendo no solo a la empleada, sino a la mujer que llevaba su futuro en el vientre.
“Está bien,” dijo finalmente, su voz ronca.
“No te pediré que abortes.
Y…
no te pediré que te vayas.
Pero necesito tiempo.
Necesito procesar cómo le digo a Lucía, o si le digo algo.
Dame una semana.
Solo no me presiones más ahora, por favor.
Estoy al límite.” Sofía asintió, sintiendo un pequeño temblor de esperanza.
“Una semana.
Pero en esa semana, quiero ver que estás pensando en nosotros, no solo en cómo ocultarnos.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com