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DEYMON - Capítulo 3

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3: Dudas..

3: Dudas..

El eco del portazo aún resonaba en las paredes de la casa.

Un recordatorio constante de la abrupta partida de Deymon.

Lucía, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho, se dejó caer en el sofá.

Sintiendo el peso de la incertidumbre aplastándola.

La repentina urgencia de Deymon por salir.

La excusa improvisada sobre un problema en el trabajo.

Todo parecía encajar en un patrón inquietante.

Un patrón que Lucía había estado ignorando, o al menos tratando de ignorar, durante semanas.

“¿Por qué tanta prisa?”, se preguntaba una y otra vez.

Como si la repetición pudiera desentrañar el misterio.

Deymon, su Deymon, siempre había sido un hombre de rutinas.

Un ser predecible que encontraba consuelo en la estabilidad.

Pero en los últimos tiempos, esa estabilidad se había desmoronado.

Dejando tras de sí una brecha palpable entre ellos.

Las conversaciones se habían vuelto superficiales.

Las caricias mecánicas.

Y las miradas, antes llenas de complicidad, ahora parecían esquivar el contacto.

La idea, como una serpiente venenosa, comenzó a deslizarse en su mente.

¿Podría ser que Deymon estuviera buscando en otra parte lo que ya no encontraba en casa?

La sola posibilidad la hacía temblar.

Pero Lucía sabía que no podía seguir ignorando las señales.

En su trabajo, Deymon estaba rodeado de mujeres.

Colegas inteligentes y atractivas que admiraban su ingenio y su carisma.

Lucía recordaba una conversación casual.

En la que Deymon había mencionado a una tal Valeria.

Una joven arquitecta que parecía especialmente interesada en sus proyectos.

“¿Valeria?”, susurró Lucía, sintiendo un nudo en la garganta.

La imagen de Deymon y Valeria trabajando juntos hasta tarde.

Compartiendo ideas y risas.

Se apoderó de su mente.

Alimentando sus peores temores.

¿Podría ser ella la razón detrás de la frialdad de Deymon?

¿De su necesidad repentina de escapar?

La duda se convirtió en una obsesión.

Una sombra que la seguía a cada paso.

Lucía comenzó a analizar cada detalle.

Cada gesto.

Cada palabra de Deymon en busca de pistas.

Que confirmaran sus sospechas.

Revisaba su teléfono cuando él no estaba.

Buscando mensajes o llamadas sospechosas.

Olfateaba su ropa en busca de un perfume desconocido.

Se había convertido en una detective paranoica.

Consumida por la necesidad de saber la verdad.

Pero la verdad era escurridiza.

Y cuanto más la buscaba, más se alejaba.

Lucía se sentía atrapada en un laberinto de dudas.

Sin saber a quién recurrir.

No podía hablar con Deymon, al menos no todavía.

Necesitaba pruebas.

Algo concreto que le permitiera confrontarlo sin temor a equivocarse.

Y es que, en el fondo, Lucía sabía que su relación con Deymon se había convertido en un juego de poder.

Donde ella, a menudo, jugaba el papel de la sumisa.

Él disfrutaba de esa dinámica.

De sentir que tenía el control absoluto.

Y ella, a pesar de la incomodidad que a veces le generaba, se sometía a su voluntad.

Era una danza peligrosa.

Una que la dejaba vulnerable pero extrañamente conectada a él.

Era su “amo”, y ella, su devota seguidora, o al menos eso era lo que él creía.

Cuando Deymon se enfadaba, su mirada se volvía gélida.

Y su voz adquiría un tono que no admitía réplica.

Lucía aprendió a leer esas señales.

A anticipar sus deseos.

Y a cumplir con su rol sin cuestionar.

Era una forma de mantener la paz.

De evitar la tormenta que se desataba cuando él se sentía contrariado.

A veces, en la intimidad, él la poseía con una intensidad que la dejaba sin aliento.

Y ella se entregaba.

Buscando en esa entrega una forma de mantenerlo cerca, aunque fuera a costa de su propia voluntad.

**Ese deseo carnal de Deymon por Lucía era un fuego que lo consumía.

Desde el primer momento en que la vio, supo que era suya.

La quería con una locura que rozaba la obsesión.

La veía como su posesión más preciada, un tesoro que debía ser adorado y, a la vez, dominado.

La complejidad de su deseo radicaba en esa dualidad: quería despojarla de toda resistencia para poder amarla con una intensidad salvaje, pero al mismo tiempo, anhelaba su entrega voluntaria.

La sumisión de Lucía, su disposición a ceder ante su voluntad, era para él la máxima expresión de amor y de deseo.

Era la confirmación de que ella era suya, de que su conexión era profunda y total.

Cada vez que ella se rendía ante él, Deymon sentía una oleada de poder y de placer que lo hacía desearla aún más.

La consideraba su obra maestra, su creación, y por eso la había moldeado a su antojo, convirtiéndola en su sumisa, en la fiel reflejo de su fuego interior.

La hacía suya con una ferocidad que dejaba a Lucía temblando, pero también sintiéndose intensamente viva.

Él la deseaba con esa fuerza porque la veía como el epicentro de su mundo, la única capaz de apagar la sed de su alma y de su cuerpo.

La quería tan intensamente que la idea de compartirla, o de que ella pudiera desear a otro, era un pensamiento insoportable para él.

Su deseo era posesivo, absoluto, y la sumisión de ella era la única forma en que él sentía que podía controlar esa vorágine de pasión que lo embargaba.

La hacía su sumisa porque en esa dinámica encontraba la máxima expresión de su amor y de su control, una combinación que lo hacía sentir completo y poderoso.** Pero últimamente, la había hecho a un lado.

Su trabajo, que antes era una fuente de orgullo compartido, ahora se interponía entre ellos.

Las largas horas, los viajes de negocios.

Parecían absorberlo por completo.

Dejando poco espacio para la intimidad, para las caricias que antes eran tan frecuentes.

La intensidad de su deseo, que antes se manifestaba en noches apasionadas, ahora parecía diluirse en la rutina y el cansancio.

Decidida a tomar las riendas de la situación, Lucía buscó en su agenda el número de una vieja amiga, Sofía.

Que trabajaba en la misma empresa que Deymon.

Sofía siempre había sido una persona discreta y observadora.

Y Lucía confiaba en su juicio.

Necesitaba saber si había algo entre Deymon y Valeria, o si todo era producto de su imaginación.

Mientras marcaba el número, Lucía miró una fotografía de Deymon en la repisa de la chimenea.

En la imagen, él la abrazaba con ternura.

Y sus ojos brillaban con amor.

Lucía recordó los primeros años de su matrimonio.

Cuando eran inseparables.

Cuando cada día era una aventura compartida.

¿Qué había pasado con ese hombre?

¿En qué momento se habían distanciado tanto?

El recuerdo la transportó a una noche de verano, hacía ya algunos años.

Estaban en la playa.

La arena tibia bajo sus pies descalzos.

Y la luna pintando un camino plateado sobre el mar.

Deymon la había tomado de la mano.

Su piel cálida contra la de ella.

Y la había atraído hacia sí.

Había un brillo travieso en sus ojos.

Esa chispa que a Lucía le encantaba.

La que prometía diversión y un poco de peligro.

Empezaron a bailar.

Sin música.

Solo al ritmo de las olas y sus corazones latiendo al unísono.

Él la giraba.

La levantaba en el aire.

Y ella reía.

Sintiéndose libre y deseada.

Luego, la llevó a la orilla.

Donde el agua fresca acariciaba sus tobillos.

Se besaron con una pasión desbordante.

Sus cuerpos pegados.

Explorando cada curva, cada rincón.

Deymon susurraba palabras al oído de Lucía.

Promesas de un futuro juntos.

De aventuras sin fin.

De un amor que lo consumiría todo.

Ella se dejaba llevar.

Embriagada por el momento.

Por la intensidad de sus caricias.

Por la seguridad que sentía en sus brazos.

Él la hizo sentir como la única mujer en el mundo.

Una reina a la que él adoraba y poseía por completo.

Cada roce, cada beso, era una declaración de amor y de posesión.

La noche se deslizó entre sus dedos.

Dejándolos con la piel erizada y el alma encendida.

Se sentía audaz, deseada, y un poco salvaje.

Era una conexión que iba más allá de lo físico.

Una complicidad que parecía indestructible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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