DEYMON - Capítulo 5
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5: Es solo una junta.
5: Es solo una junta.
La sala de juntas se sentía más pequeña de lo habitual, o tal vez era solo la conciencia de Sofía la que la hacía sentir así.
El aire estaba cargado de la tensión de un proyecto que avanzaba a trompicones, y la presencia de Deymon, concentrado y eficiente, era un imán para sus sentidos.
Habían pasado semanas desde su última conversación con Lucía, semanas de auto-vigilancia constante, de reprimir cada impulso, cada mirada que pudiera delatarla.
La lealtad hacia su amiga era un muro, pero la atracción hacia Deymon era una marea que amenazaba con derribarlo.
Hoy, la presión del trabajo se sumaba a su batalla interna.
Un error en el cronograma, un detalle pasado por alto en la planificación, había puesto al equipo en una situación complicada.
Deymon, con su calma característica, estaba desglosando el problema, buscando soluciones.
Sofía, sentada a su lado, intentaba seguir el hilo, pero su mente divagaba, atrapada en la cercanía de él.
El ligero aroma de su colonia, la forma en que fruncía el ceño al pensar, todo la distraía.
“Creo que si reasignamos los recursos del equipo A al proyecto B por las próximas 48 horas, podemos compensar el retraso”, dijo Deymon, su voz resonando clara en la sala.
Miró a su alrededor, buscando la aprobación general.
Sus ojos se detuvieron un instante en Sofía.
“Sofía, ¿tú qué opinas?
Tú has estado más de cerca con la logística del equipo A.” El momento llegó.
La pregunta directa la sacó de su ensimismamiento.
Sintió que todas las miradas se posaban en ella, pero solo veía los ojos de Deymon.
Un torrente de emociones la invadió: el miedo a decepcionar a Lucía, el pánico de revelar su propia debilidad, y una punzada de algo más, algo que anhelaba ser correspondido.
“Yo… yo creo que es una buena idea, Deymon”, comenzó, su voz temblando ligeramente.
Intentó mantener el contacto visual, pero la intensidad de sus propios sentimientos la hizo dudar.
“Solo… solo asegúrate de que tengan todo el apoyo necesario.
A veces, cuando se les presiona mucho, se sienten… abrumados.” La frase salió antes de que pudiera detenerla.
La palabra “abrumados” resonó en el silencio que siguió.
No se refería al equipo A, se refería a ella misma.
Se refería a cómo se sentía ella bajo la presión de sus propias emociones, bajo la mirada de Deymon.
Se dio cuenta de su desliz, y un rubor intenso le subió por el cuello hasta las mejillas.
Desvió la mirada, fijándola en el patrón de la mesa de conferencias, deseando que la tierra se la tragara.
Deymon, sin embargo, no pareció notar la sutileza de su comentario.
O si lo notó, supo manejarlo con tacto.
“Entendido, Sofía.
Tomaremos eso en cuenta.
Gracias por tu perspectiva.” Su tono era profesional, pero en su mirada, Sofía creyó percibir un atisbo de curiosidad, o quizás solo era su propia esperanza proyectándose.
El resto de la reunión transcurrió en una neblina para Sofía.
Cada vez que Deymon hablaba, ella sentía una mezcla de alivio y decepción.
Alivio porque no había descubierto su secreto, decepción porque la oportunidad de una conexión más profunda se había desvanecido, o tal vez nunca existió.
Al terminar, mientras recogían sus cosas, Deymon se acercó a ella.
“Sofía, ¿todo bien?
Parecías un poco… ausente hoy.” El corazón de Sofía dio un vuelco.
¿La había notado?
¿Sabía algo?
Respiró hondo, aferrándose a la fortaleza de su lealtad.
“Sí, Deymon, todo bien.
Solo… un poco cansada.
El proyecto nos tiene a todos al límite, ¿no crees?” Forzó una sonrisa, esperando que pareciera convincente.
Él asintió lentamente, sus ojos escrutando su rostro por un segundo más de lo necesario.
“Sí, lo entiendo.
Pero no te presiones demasiado.
Recuerda que somos un equipo.
Si necesitas algo, o si quieres hablar de cómo manejar la presión, no dudes en decírmelo.” Esa oferta, tan genuina y desinteresada, fue lo que más la desestabilizó.
Era la amabilidad de Deymon, su empatía, lo que la hacía caer en sus propios sentimientos.
Se despidió con un rápido “Gracias, Deymon.
Lo tendré en cuenta”, y prácticamente huyó de la sala, dejando a Deymon con una expresión de ligera confusión en el rostro.
De vuelta en su escritorio, Sofía se hundió en la silla, sintiendo el peso de la doble vida que llevaba.
Había logrado mantener su secreto a salvo, pero a costa de una batalla interna cada vez más agotadora.
La línea entre la lealtad a su amiga y sus propios sentimientos se volvía más difusa con cada interacción.
Se dio cuenta de que, aunque había evitado un desliz verbal, el verdadero desafío no era solo ocultar sus emociones, sino también entender qué significaban realmente para ella y qué estaba dispuesta a hacer al respecto.
La complejidad de sus sentimientos, la dualidad de su situación, la dejaban en un estado de profunda reflexión, preguntándose hasta cuándo podría mantener esa fachada.
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