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Días Azules - Capítulo 1

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1: 1 1: 1 Capítulo 1: El peso del silencio El colectivo frena en cada esquina con un chirrido que me perfora los tímpanos.

Son las seis y media de la mañana y ya llevo puestos los auriculares, aunque no suena nada.

Es mi forma de decirle al mundo que no estoy disponible.

Apoyo la frente contra la ventana.

El vidrio está frío y un poco grasoso, como todo en esta ciudad.

Afuera desfilan las mismas caras de siempre: el tipo del kiosco abriendo la cortina metálica, la señora que barre la vereda como si eso pudiera limpiar algo más que la mugre, los chicos de primaria arrastrando mochilas más grandes que ellos.

Todos actuando sus roles en una obra que nadie eligió.

Cierro los ojos.

Pienso en la escuela.

En las cinco horas que me esperan sentado en un pupitre rayado, copiando cosas que no me importan para un futuro que no logro imaginar.

Pienso en volver a casa, donde mi mamá ya estará durmiendo después del turno nocturno, y mi hermana Lucía estará pegada al celular fingiendo que todo está bien.

Pienso en cómo cada día es una versión levemente peor del anterior.

El colectivo se detiene en mi parada.

Bajo sin apuro.

No tiene sentido correr cuando no querés llegar.

La escuela huele a humedad y a desinfectante barato.

Los pasillos están llenos de gente que grita, se empuja, se ríe de chistes que escuché mil veces.

Camino pegado a la pared, como siempre.

Es más fácil así: menos chances de que alguien te vea, menos chances de tener que fingir.

Entro al aula.

Mi lugar está junto a la ventana del fondo, la que tiene el vidrio rajado desde el año pasado cuando Tincho le tiró una birome a Maxi y erró.

Me gusta ese lugar.

Puedo ver un pedazo de cielo entre los cables de luz.

A veces, si me concentro lo suficiente, puedo imaginar que estoy en otro lado.

Me siento.

Saco el cuaderno, aunque sé que no voy a usarlo.

La profesora de Historia entra hablando de algo —la Revolución Francesa, creo— pero su voz se convierte en ruido blanco.

Empiezo a dibujar en el margen del cuaderno: un reloj sin agujas.

Una jaula hecha de libros.

Una persona gritando pero sin boca.

—Alex —la voz de la profesora corta el aire como un cuchillo—.

¿Nos querés compartir lo que estás haciendo?

Levanto la vista.

Treinta pares de ojos se clavan en mí.

Algunos curiosos, la mayoría esperando que pase algo interesante en esta mañana de mierda.

—Dibujo para no dormirme —digo.

Risas.

La profesora hace un gesto con la mano, como diciendo “allá vos”, y sigue con su clase.

Vuelvo al dibujo.

Y entonces siento un golpecito en el hombro.

Me doy vuelta.

Es una chica que se sienta dos filas atrás.

Pelo negro, mal cortado, como si se lo hubiera hecho ella misma.

Ojeras marcadas.

Buzo gris tres talles más grande.

Nunca le presté atención antes, pero ahora me está pasando su cuaderno.

Leo lo que escribió: *”A veces siento que estoy atrapada en un acuario y todos me miran pero nadie me ve.”* La miro.

Ella sostiene mi mirada por un segundo —solo uno— y después baja la vista.

Arranco una hoja de mi cuaderno.

Dibujo una puerta entreabierta.

Se la paso.

No sé por qué lo hago.

No soy de esos que responden, que se involucran.

Pero algo en esa frase, en la forma en que estaba escrita —con tanta fuerza que casi rasgó el papel— me llegó.

Guarda la hoja sin abrirla.

El timbre suena.

Todos salen corriendo, como presos liberados temporalmente.

Yo me quedo sentado, guardando mis cosas despacio.

Cuando me doy vuelta para irme, ella todavía está ahí, mirando mi dibujo.

—Gracias —dice, tan bajito que casi no la escucho.

Y se va.

No sé su nombre.

Pero algo me dice que eso está por cambiar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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