Días Azules - Capítulo 10
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10: 10 10: 10 Luciana está en su casillero con sus amigas.
Cuando me ve, su expresión se endurece.
Tiene un moretón apenas visible en la mejilla.
Una parte de mí se siente culpable.
Otra parte no.
—Ignorala —dice Alex.
Pero ella no nos ignora.
Se acerca, y sus amigas la siguen como siempre.
—Mirá quién volvió.
La psicópata y su noviecito.
Me tenso, pero antes de que pueda responder, otra voz interrumpe.
—¿No tenés nada mejor que hacer, Luciana?
Me doy vuelta.
Es Marisol, una chica de mi clase de Literatura.
Nunca hablé mucho con ella, pero siempre me pareció de las pocas personas genuinas en esta escuela.
—¿Perdón?
—Luciana la mira con desdén.
—Lo que escuchaste.
Dejala en paz.
Ya hiciste suficiente daño.
—Yo no hice nada.
Ella fue la que me pegó.
—Después de que la provocaras, metieras tu nariz en cosas privadas, y difundieras información personal sin su consentimiento.
O sea, después de que te comportaras como una basura.
El pasillo se queda en silencio.
Todos miran.
Luciana abre la boca, la cierra, la abre otra vez.
—Vos no sabés nada.
—Sé que mi hermano intentó suicidarse el año pasado.
Sé lo que es tener pensamientos oscuros.
Y sé que gente como vos es la razón por la que personas como él no piden ayuda.
Porque tienen miedo de ser juzgados.
De ser exhibidos.
De ser tratados como fenómenos de circo.
Luciana retrocede, claramente sin saber qué decir.
Sus amigas tampoco hablan.
—Pensá en eso la próxima vez que quieras hacer sentir mal a alguien —termina Marisol.
Y se va.
Luciana me lanza una última mirada de odio y se aleja con sus amigas.
Me quedo ahí parada, procesando lo que acaba de pasar.
—¿Quién era?
—pregunta Alex.
—Marisol.
No sabía que su hermano…
—Nadie sabe nada de nadie —dice una voz detrás nuestro.
Es Marisol, que volvió—.
Por eso es tan fácil juzgar.
—Gracias —logro decir.
Ella sonríe.
—No hay problema.
Además, tu cuaderno…
algunos de nosotros lo leímos.
La directora lo dejó en su escritorio y…
bueno.
Y quiero que sepas que no sos la única.
Muchos sentimos lo mismo.
Solo tenemos miedo de admitirlo.
Algo se afloja en mi pecho.
No estoy sola.
Nunca estuve sola.
Solo pensaba que lo estaba.
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