Días Azules - Capítulo 12
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12: 12 12: 12 Dos meses después del incidente, me llaman a la oficina de la directora.
Mi estómago se encoge automáticamente, pero cuando entro, su expresión no es dura.
—Sofía, sentate.
Obedezco.
Ella junta las manos sobre el escritorio.
—Quería hablar con vos sobre algo.
Tu cuaderno…
muchas personas lo leyeron antes de que yo pudiera detenerlo.
Y sé que fue una violación a tu privacidad.
Por eso, oficialmente, Luciana también fue suspendida esta semana por robar propiedad privada.
No sabía eso.
Una pequeña satisfacción me recorre.
—Pero también quiero decirte algo más.
Varios estudiantes vinieron a verme después de leer lo que escribiste.
No para juzgarte, sino para hablar sobre sus propias luchas.
Iniciamos un grupo de apoyo.
Se juntan los jueves después de clases.
Y…
bueno, algunos pidieron que estés ahí.
Si querés, claro.
—¿Un grupo de apoyo?
—Para estudiantes que están pasando por momentos difíciles.
Depresión, ansiedad, problemas familiares.
Tenemos una psicóloga de la municipalidad que viene a facilitarlo.
Es confidencial, seguro.
Y opcional.
Pero creo que podrías beneficiarte.
Y ellos de vos.
Pienso en Marisol.
En su hermano.
En todas las personas que probablemente están sufriendo en silencio.
—Sí —digo—.
Quiero ir.
La directora sonríe, y es la primera vez que la veo como algo más que una autoridad.
—Bien.
Empieza este jueves.
Salgo de la oficina sintiéndome extraña.
No aliviada exactamente, pero tampoco mal.
Es como si algo hubiera cambiado en el aire.
Le cuento a Alex después.
—¿Vas a ir?
—pregunta.
—Sí.
¿Vos?
Duda.
—No sé si estoy listo para hablar de mis cosas con extraños.
—No tenés que hablar.
Podés solo escuchar.
Yo voy a estar ahí.
—Entonces voy.
El jueves, entramos al aula donde se hace el grupo.
Hay ocho personas sentadas en círculo.
Reconozco a Marisol, a Leo.
Los demás son caras que vi en los pasillos pero con las que nunca hablé.
La psicóloga —una mujer joven con rulos y sonrisa cálida— nos recibe.
—Hola, soy Daniela.
Bienvenidos.
Acá las reglas son simples: lo que se dice acá, queda acá.
No juzgamos.
No aconsejamos a menos que nos lo pidan.
Solo escuchamos.
¿Les parece bien?
Todos asentimos.
—Bueno.
¿Quién quiere empezar?
Marisol levanta la mano.
—Yo.
Quiero hablar sobre mi hermano.
Y así empieza.
Durante la siguiente hora, escuchamos historias que partirían el corazón de cualquiera.
Pero acá, en este círculo, no son solo historias tristes.
Son testimónios de supervivencia.
De resistencia.
Cuando es mi turno, hablo sobre mi mamá.
Sobre el accidente.
Sobre los años de culpa y confusión.
Y por primera vez, no siento vergüenza al hacerlo.
Alex no habla ese día.
Solo escucha, con mi mano en la suya.
Pero dos semanas después, en la tercera sesión, lo hace.
—Mi papá se fue cuando nací —dice, su voz apenas audible—.
Y siempre pensé que era mi culpa.
Como si algo en mí fuera tan malo que prefirió no conocerme.
Y crecí con eso.
Con la sensación de que no era suficiente.
De que nunca iba a serlo.
Me aprieta la mano más fuerte.
—Pero últimamente…
últimamente estoy aprendiendo que lo que él hizo no dice nada sobre mí.
Dice todo sobre él.
Y que tal vez…
tal vez sí soy suficiente.
Para las personas que se quedan.
Cuando la sesión termina, todos nos quedamos un rato hablando.
Ya no somos extraños.
Somos algo más.
Una red de seguridad de personas que entienden.
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