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Días Azules - Capítulo 2

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2: 2 2: 2 Capítulo 2: Sofía El recreo es mi momento menos favorito del día.

Todos se juntan en grupitos, hablan de cosas que no me interesan, se sacan fotos que van a subir con filtros para parecer más felices de lo que son.

Yo prefiero esconderme.

Hay un rincón detrás del gimnasio donde nadie va.

Ni siquiera los que fuman consideran que vale la pena.

Es un espacio muerto entre dos paredes de ladrillo, con el piso lleno de hojas secas y un banco de madera podrida.

Perfecto.

Me siento, saco el cuaderno.

No el de clase —ese otro, el negro, el que tiene cosas que nadie puede leer.

Paso las páginas llenas de palabras a medio terminar, de dibujos que no tienen sentido, de fechas marcadas con círculos rojos.

Busco una página en blanco y escribo: *”Hoy alguien me devolvió un mensaje.

No sé qué significa pero sentí algo.

Como cuando encontrás una moneda en el bolsillo de un saco que no usabas hace tiempo.”* —¿Puedo?

Casi tiro el cuaderno del susto.

Levanto la vista y ahí está: el chico del dibujo.

De cerca puedo ver mejor sus ojos —grises, o verdes, o algo intermedio— y una cicatriz pequeña en la ceja izquierda.

—Cómo sabías que estaba acá —digo, sonando más agresiva de lo que quiero.

—No sabía.

Yo también vengo acá.

Nos miramos.

Hay algo raro en este momento, como si ambos acabáramos de descubrir que el lugar secreto que creíamos solo nuestro en realidad era compartido.

—Podés sentarte —digo finalmente.

Se sienta, dejando espacio entre nosotros.

No habla.

No pregunta nada.

Solo está ahí, mirando el mismo pedazo de cielo que yo miro siempre.

Pasan cinco minutos en silencio.

Debería ser incómodo, pero no lo es.

—Soy Alex —dice finalmente.

—Sofía.

—Tu letra es linda.

No sé qué responder a eso.

Nadie nunca me dijo nada sobre mi letra.

—Tu dibujo también —digo—.

La puerta.

Me gustó.

Asiente.

Saca un papel doblado de su bolsillo y me lo da.

—Lo terminé en la clase de Matemática.

Lo abro.

Es el mismo dibujo, pero más trabajado.

La puerta ahora tiene luz saliendo por la ranura de abajo.

Y en el marco hay una frase: *”A veces la salida está donde menos la buscamos.”* Algo se rompe dentro mío.

No sé qué, pero lo siento.

—¿Por qué me das esto?

—pregunto, y mi voz sale más temblorosa de lo que quisiera.

—Porque me pareció que lo necesitabas.

—No me conocés.

—No.

Pero reconozco a alguien que está ahogándose.

Porque yo también me estoy ahogando.

El timbre suena.

El recreo terminó.

Pero ninguno de los dos se mueve.

—¿Venís mañana?

—pregunta Alex.

—Al rincón, decís.

—Sí.

—Sí —respondo—.

Vengo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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