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Días Azules - Capítulo 24

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24: E.

especial 24: E.

especial Episodio Especial 1: “La Primera Navidad” (Seis meses después de la separación) **SOFÍA** Es Nochebuena y estoy en la cena familiar fingiendo que todo está bien.

Mi abuela hizo el vitel toné que tanto me gusta, mi abuelo puso villancicos que nadie escucha, y mi papá está sobrio, sonriente, intentando que esta sea una buena noche.

Pero yo sigo viendo el fantasma de Alex en cada rincón.

En la silla vacía donde se sentó las dos navidades que pasamos juntos.

En el arbolito que decoramos juntos hace dos años, cuando todavía creíamos que lo nuestro duraría para siempre.

En mi celular, donde su número sigue guardado aunque hace meses que no me escribe.

—¿Sofí?

—mi abuela me toca el hombro—.

¿Estás bien, mi amor?

—Sí, abuela.

Solo estoy cansada.

Mentira.

No estoy cansada.

Estoy rota de una forma diferente a como estaba antes de conocerlo.

Antes mi dolor era familiar, conocido.

Ahora es un tipo nuevo de agonía: la de saber exactamente lo que perdí.

Mi celular vibra.

Por un segundo, el corazón se me acelera.

Pero es solo Marisol, deseándome feliz navidad.

No sé qué esperaba.

Alex está en Berlín.

Probablemente en alguna fiesta hipster, rodeado de gente que habla idiomas que no entiendo, viviendo la vida que eligió por sobre mí.

—Voy a tomar aire —digo, levantándome.

Salgo al balcón.

Buenos Aires en Navidad es un caos de pirotecnia anticipada y música a todo volumen.

Hace calor, ese calor húmedo de diciembre que te pega la ropa al cuerpo.

Saco mi cuaderno.

El nuevo, el de días azules.

Aunque últimamente todos mis días son grises.

Escribo: *”Primera Navidad sin vos.

Pensé que sería más fácil.

Pensé que seis meses serían suficientes para empezar a olvidar.

Pero te extraño como el primer día.

Tal vez más, porque ahora sé con certeza que no vas a volver.”* Mi celular vibra de nuevo.

Esta vez es un número desconocido.

Alemán.

Dudo antes de abrir.

Pero lo hago.

**Número desconocido**: “Feliz Navidad, Sofi.

Sé que no tengo derecho a escribirte.

Pero estoy en una fiesta donde no conozco a nadie realmente, y lo único que quiero es estar sentado en tu balcón, compartiendo un vino barato y hablando de nada y todo.

Te extraño.

Siempre te voy a extrañar.

A.” Las lágrimas empiezan a caer antes de que pueda detenerlas.

Tipeo y borro.

Tipeo y borro.

¿Qué se supone que diga?

¿”Yo también”?

¿”Volvé”?

¿”Te odio por hacerme esto”?

Finalmente escribo: **Yo**: “También te extraño.

Pero eso no cambia nada, ¿verdad?” Tres puntos suspensivos.

Está escribiendo.

Se detiene.

Escribe de nuevo.

**Alex**: “No.

No cambia nada.

Lo siento.” **Yo**: “Yo también.” **Alex**: “¿Estás bien?

De verdad.” **Yo**: “Voy a estarlo.

Eventualmente.

¿Vos?” **Alex**: “Lo mismo.

Cuidate, Sofi.” **Yo**: “Vos también.” Y eso es todo.

No hay “te amo”.

No hay “cometí un error”.

Solo dos personas que se quisieron mucho reconociendo que a veces el amor no es suficiente.

Borro su número.

No lo bloqueo, solo lo borro.

Es mi pequeño acto de valentía para esta Navidad de mierda.

Cuando vuelvo adentro, mi papá me mira con esa expresión que significa que sabe exactamente por lo que estoy pasando.

—El primer año es el peor —dice cuando nos quedamos solos lavando los platos.

—¿Y después?

—Después sigue doliendo, pero de una forma que podés manejar.

Como un dolor de muelas crónico en vez de un dolor agudo.

—Eso no suena mucho mejor.

—No.

Pero es sobrevivible.

Esa noche me duermo abrazada a la almohada, con el celular en la mano, relectura nuestra última conversación hasta que las palabras se vuelven borrosas.

Feliz Navidad, Alex.

Donde sea que estés.

**ALEX** Berlín en Navidad es hermoso de una forma alienante.

Todo está cubierto de nieve, hay mercados navideños en cada esquina, y la gente canta villancicos en alemán que apenas entiendo.

Estoy en la fiesta de mi compañera de posgrado, Katrin.

Su departamento está lleno de gente interesante: artistas, músicos, académicos.

Todos hablan de cosas importantes en tres idiomas diferentes.

Y yo estoy en el balcón, congelándome, escribiéndole a la persona que prometí dejar ir.

Soy un cobarde.

Lo supe en el momento en que apreté enviar.

Pero la necesidad de saber cómo estaba fue más fuerte que mi promesa de no contactarla.

Cuando responde, el alivio y el dolor me golpean simultáneamente.

Porque su voz —aunque sea por texto— sigue siendo mi hogar.

Y yo elegí quedarme sin hogar.

—¿Alex?

—Katrin sale al balcón—.

Vas a congelarte ahí afuera.

—Ya voy.

—¿Estás bien?

Te ves triste.

No sé cómo explicarle que hoy hace seis meses que abandoné a la única persona que me entendió completamente.

Que estoy en esta ciudad hermosa llena de oportunidades sintiéndome más solo que nunca.

—Solo extraño casa —digo, que es verdad y mentira al mismo tiempo.

Porque no extraño Buenos Aires.

Extraño a Sofía.

Que no es lo mismo.

Katrin me mira con esa expresión europea de “no voy a presionar pero sé que hay más”.

Me gusta eso de acá: la gente respeta tu espacio.

—Vení —dice—.

Hay alguien que quiero que conozcas.

Matthias.

Es historiador.

Creo que te caería bien.

Entro.

Conozco a Matthias.

Es amable, culto, atractivo de una forma muy alemana.

Hablamos de arquitectura, de arte, de la división de Berlín.

Y todo el tiempo pienso en Sofía.

En cómo ella hubiera agregado algo inesperado a la conversación.

En cómo sus ojos se iluminaban cuando hablaba de cosas que le importaban.

A medianoche, todos brindan.

Yo levanto mi copa de Sekt y deseo en silencio que el próximo año duela menos.

Esa noche, borró nuestra conversación.

No su número —no soy lo suficientemente fuerte para eso— pero sí las palabras.

Porque releerlas solo me recuerda lo que elegí perder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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