Días Azules - Capítulo 27
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
27: E.
Especial 27: E.
Especial Episodio Especial 4: “La llamada” ### (Nueve años después de la separación – Un año antes del reencuentro) **ALEX** Mi celular suena a las tres de la mañana.
Hora de Berlín.
Lo que significa que son las once de la noche en Buenos Aires.
El nombre en la pantalla me despierta completamente: Abuelo Méndez.
—¿Hola?
—Alex.
Soy yo.
Siento llamar tan tarde.
Su voz suena vieja, cansada.
Más de lo que recuerdo.
—No hay problema.
¿Está todo bien?
—Es María.
Mi María.
Está en el hospital.
El corazón se me encoge.
La abuela de Sofía.
La mujer que me recibió en su casa como a un nieto más.
—¿Qué pasó?
—Un infarto.
Está estable, pero… los médicos dicen que no tiene mucho tiempo.
Semanas, tal vez un mes.
—Lo siento mucho.
—Gracias, hijo.
Te llamaba porque… ella preguntó por vos.
Dice que quiere verte antes de irse.
El mundo se detiene.
—¿Sofía sabe que está llamando?
—No.
Y no se lo voy a decir si no querés.
Pero María fue clara.
Dice que tiene cosas que decirte.
—Yo… no sé si es buena idea.
Hace nueve años que no veo a Sofía.
—Lo sé.
Pero María está muriendo.
Y cuando alguien está muriendo, sus deseos importan más que nuestras incomodidades.
Tiene razón.
Por supuesto que tiene razón.
—Está bien.
Voy.
**SOFÍA** Estoy en el hospital cuando mi abuelo me dice que viene una visita para mi abuela.
—¿Quién?
—Una sorpresa.
—Abuelo, ella está muy débil para… —Es alguien que ella pidió ver.
Voy a la cafetería a buscar café.
Cuando vuelvo, hay una figura en la puerta de la habitación de mi abuela.
Alta.
Delgada.
Con una mochila y la ropa arrugada de un vuelo largo.
Alex.
Me detengo.
Todo el aire abandona mis pulmones.
Nueve años.
Nueve años sin verlo.
Y está acá.
Se da vuelta.
Nuestros ojos se encuentran.
—Hola —dice.
—¿Qué… qué hacés acá?
—Tu abuela pidió verme.
—¿Mi abuela?
—Sí.
Tu abuelo me llamó.
Proceso la información lentamente, como si mi cerebro se moviera a través de melaza.
—¿Cuándo llegaste?
—Hace una hora.
Vine directo del aeropuerto.
Nos miramos.
Hay tanto que decir que no hay nada que decir.
—Está muy débil —digo finalmente—.
No sé cuánto tiempo va a poder hablar.
—Entiendo.
Entramos juntos.
Mi abuela está en la cama, conectada a máquinas, pero sus ojos están brillantes cuando nos ve.
—Ahí están —dice, su voz apenas un susurro—.
Mis dos chicos rotos.
—Abuela —mi voz se quiebra.
—Shh, mi amor.
No llores todavía.
Primero tengo que decir cosas.
Alex se acerca a su otro lado.
Toma su mano.
—Hola, señora María.
—Alex.
Viniste.
Sabía que vendrías.
Siempre fuiste un buen chico.
—No sé si eso es verdad.
—Yo sí.
Los viejos sabemos estas cosas.
Tose.
Le acerco agua.
Bebe despacio.
—Los llamé a los dos acá porque tengo que decirles algo importante antes de irme.
Algo que necesitan escuchar.
—Abuela, no hables así… —Sofía, mi amor, me estoy muriendo.
Dejame morir como quiero, diciendo lo que necesito decir.
Alex y yo nos miramos por encima de ella.
—Ustedes dos —continúa mi abuela— se amaron de una forma hermosa.
Pero también de una forma destructiva.
Eran dos barcos hundiéndose tratando de salvarse mutuamente.
—Lo sé —susurro.
—Pero no creo que sepas esto: lo que tuvieron les permitió ser las personas que son ahora.
Alex, vos pudiste irte y construir una vida porque Sofía te mostró que eras amado.
Sofía, vos pudiste quedarte y sanar porque Alex te mostró que era posible elegirse a uno mismo.
Las lágrimas corren por mis mejillas.
—Lo que quiero decir es: dejen de cargar culpa.
Los dos hicieron lo que tenían que hacer.
Y está bien.
Se gira hacia mí.
—Sofí, mi amor.
Dejá ir el resentimiento.
Dejá ir el “¿y si?”.
Julia es una buena mujer.
Amala completamente.
Luego hacia Alex.
—Y vos, mi niño.
Dejá de castigarte.
Encontrá a alguien que te ame en tu nueva vida.
Merecés eso.
—No sé si puedo —dice Alex, su voz quebrada.
—Podés.
Los dos pueden.
Pero primero tienen que perdonarse.
Y perdonarse a ustedes mismos.
Nos toma las manos a ambos, une nuestras manos sobre su pecho.
—Díganlo.
Necesito escucharlo antes de irme.
—Abuela… —Díganlo.
Alex me mira.
Sus ojos están rojos.
—Te perdono —dice—.
Por todo el resentimiento que cargaste.
Por las palabras duras que nos dijimos al final.
Por hacerme sentir culpable de elegirme a mí.
—Y yo te perdono —respondo— por irte.
Por no poder quedarte.
Por ser humano y tener límites.
—Ahora ustedes —dice mi abuela.
—Me perdono —digo— por no haber sido suficiente para que te quedaras.
—No, Sofía.
Eso es lo que no entendés.
Eso no es por lo que tenés que perdonarte.
—¿Entonces?
—Perdonáte por haber puesto tu sanación en manos de otra persona.
Por haber creído que alguien más podía arreglarte.
Nadie puede hacer eso por vos.
Las palabras me golpean con fuerza.
Tiene razón.
—Me perdono —susurro— por haber esperado que me salvaras cuando tenía que salvarme yo misma.
Mi abuela sonríe.
—Bien.
¿Y vos, Alex?
—Me perdono —dice, su voz temblorosa— por no haber sido lo suficientemente fuerte para quedarme y crecer acá.
Por haber necesitado escapar para poder respirar.
—No, mi niño.
Eso tampoco.
—¿Entonces?
—Perdonáte por ser humano.
Por tener límites.
Por no poder ser todo para alguien que amabas.
No sos un fracaso por haberte ido.
Sos un sobreviviente.
Alex llora abiertamente ahora.
—Me perdono —dice— por no poder ser todo lo que Sofía necesitaba.
Por ser humano.
Mi abuela cierra los ojos, satisfecha.
—Bien.
Ahora puedo irme en paz.
—Abuela, no… —Shh.
Va a estar todo bien.
Ustedes van a estar bien.
Los dos.
Se queda dormida.
Alex y yo nos quedamos ahí, de pie a ambos lados de su cama, tomados de la mano sobre su pecho, llorando.
La abuela de Sofía muere tres días después, en paz, rodeada de familia.
En el funeral, Alex y yo apenas hablamos.
Pero hay un entendimiento nuevo entre nosotros.
Un cierre que no sabíamos que necesitábamos.
Antes de irse al aeropuerto, me abraza.
—Gracias —dice.
—¿Por qué?
—Por haber sido mi primer amor.
Por haberme enseñado que era posible ser amado.
—Gracias a vos también.
Por lo mismo.
Nos separamos.
Se va.
Y esta vez, no duele de la misma forma.
Porque mi abuela tenía razón.
Lo que tuvimos nos permitió ser quienes somos.
Y está bien que eso haya terminado.
Está bien.
**ALEX** En el avión de vuelta a Berlín, escribo una carta que nunca voy a enviar: *”Querida Sofía,* *Tu abuela me dio el permiso que no sabía que necesitaba.
El permiso de haber sido imperfecto.
De haber tenido límites.
De haberte amado tanto como pude en ese momento, aunque no fuera suficiente.* *Voy a intentar lo que dijo.
Voy a buscar a alguien que me ame en esta nueva vida que construí.* *Y espero que vos sigas siendo feliz con Julia.
Que escribas esa novela.
Que tengas tantos días azules como sea posible.* *Gracias por haber sido mi ancla cuando más lo necesité.
Y por haberme dejado ir cuando tuve que zarpar.* *Siempre te voy a querer de alguna forma.
Pero finalmente estoy en paz con eso.* *Tu primera amor, tu amor más importante, tu amor que tuvo que terminar,* *Alex.*”* Doblo la carta.
La guardo en mi billetera.
Algún día la voy a quemar.
Pero todavía no.
Todavía no.
**FIN DE LOS EPISODIOS ESPECIALES** *”El perdón no cambia el pasado, pero sí el futuro.
Y a veces, la gente que más nos amó es también la gente que tuvo que irse.
Y las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.”*
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com