Días Azules - Capítulo 4
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4: 4 4: 4 Capítulo 4: Las grietas Tres semanas.
Eso es lo que llevo viendo a Alex en el rincón todos los días.
Tres semanas de compartir ese cuaderno que ya está lleno de nuestras palabras y dibujos.
Tres semanas de sentir que por primera vez en años, alguien me ve.
Pero la vida no para solo porque encontraste a alguien que te entiende.
Es viernes por la noche.
Estoy en mi cuarto, tratando de leer, cuando escucho la puerta de calle.
El sonido inconfundible de las llaves cayendo al piso.
Pasos pesados.
Irregulares.
Mi papá llegó.
El corazón se me acelera automáticamente.
Es un reflejo que odio, pero no puedo controlar.
Siete años después de que mamá muriera, él todavía no aprendió a vivir con ese dolor.
Solo aprendió a ahogarlo en alcohol.
Bajo las escaleras despacio.
Mi abuelo ya está en el comedor, con esa expresión cansada que tiene siempre que esto pasa.
—Andate a tu cuarto, Sofi —me dice.
Pero no puedo moverme.
Porque mi papá está sentado en el sillón, la cabeza entre las manos, y está llorando.
—No quería que fuera así —murmura—.
No quería… nada de esto.
Mi abuela se acerca, trata de levantarlo.
—Vení, Héctor.
Andá a dormir.
Pero él la aparta.
Me ve a mí.
Sus ojos están rojos, perdidos.
—Te parecés tanto a ella —dice—.
Cada día más.
Y duele.
Duele tanto verte y recordar lo que perdí.
Las palabras me golpean como piedras.
No es la primera vez que dice algo así, pero nunca deja de doler.
—Papá, por favor —digo, con la voz quebrada—.
Andate a dormir.
—No quiero dormir.
Soñé con ella anoche.
Y cuando me desperté y no estaba… fue como perderla otra vez.
Mi abuelo finalmente lo agarra del brazo, lo levanta con fuerza.
—Ya está, Héctor.
Ya está.
Los veo subir las escaleras.
Escucho la puerta del cuarto cerrarse.
Y me quedo ahí parada, sintiendo cómo todo lo que construí en estas tres semanas —esa pequeña luz que Alex trajo— se apaga un poco.
Mi abuela me abraza.
—No es tu culpa, mi amor.
Él está enfermo.
Pero yo sé que no es tan simple.
Nunca lo es.
El lunes, Alex nota algo apenas me ve.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Sofía.
Me mira de esa forma que tiene, como si pudiera ver a través de las mentiras.
Suspiro.
—Mi papá tuvo una mala noche.
Eso es todo.
—¿Hace eso seguido?
No respondo.
En vez de eso, abro el cuaderno en una página nueva y escribo: *”A veces las personas que más te duelen son las que más querés.
Y eso es lo peor de todo.”* Alex lee.
Después toma el lápiz y dibuja algo: una persona cargando una mochila llena de piedras, pero caminando hacia delante de todas formas.
—Mi viejo se fue cuando nací —dice de repente—.
Nunca lo conocí.
Y mi mamá… ella hace lo que puede, pero trabaja todo el tiempo.
Somos mi hermana Lucía y yo.
Y la mayor parte del tiempo siento que soy yo criándola a ella, no mi mamá.
Es la primera vez que habla de su familia.
Me doy cuenta de que hemos estado compartiendo tanto, pero siempre en metáforas, en dibujos y frases sueltas.
Nunca directo.
—¿Cuántos años tiene tu hermana?
—pregunto.
—Doce.
Es buena piba, pero… no sé.
A veces la veo y me pregunto si ella también se siente así.
Sola.
Fingiendo que todo está bien.
—¿Le preguntaste?
—No sé cómo.
Entiendo perfectamente lo que quiere decir.
Hay conversaciones que parecen imposibles de tener, aunque sean las más necesarias.
—Mi papá no siempre fue así —digo—.
Cuando mi mamá vivía, era… diferente.
Me hacía reír.
Me llevaba a la plaza.
Pero cuando ella murió en ese accidente, algo en él también murió.
Y lo que quedó es esto: un fantasma que toma para olvidar y que me mira como si yo fuera un recordatorio viviente de lo que perdió.
Alex no dice nada.
Solo me toma la mano.
Es un gesto simple, pero significa todo.
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