Días Azules - Capítulo 5
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5: 5 5: 5 Capítulo 5: Los otros No somos invisibles.
Creíamos que sí, pero no.
Me doy cuenta un martes, cuando Luciana —una de las chicas populares— nos mira en el pasillo.
No es una mirada casual.
Es una mirada que evalúa, que registra, que archiva información para después.
—Te están mirando —le susurro a Alex.
—Siempre miran.
Es lo que hace la gente.
Pero esto es diferente.
Y lo confirmamos en el recreo, cuando escuchamos la conversación.
Estamos en nuestro rincón, como siempre.
Pero las voces vienen del otro lado de la pared.
—¿Vos viste a Sofía?
Siempre anda con ese tal Alex.
—Son re raros los dos.
Se la pasan escribiendo en un cuaderno.
—¿No serán novios?
Risas.
—¿Esos dos?
Por favor.
Son los inadaptados juntándose.
Qué patético.
Alex aprieta el lápiz con tanta fuerza que se rompe.
Yo siento cómo la sangre me sube a la cara.
—No les hagas caso —susurro.
—No les hago caso.
Pero es una mierda igual.
Tiene razón.
Porque no importa cuánto te repitas que las palabras de otros no te definen, igual duelen.
Igual se te clavan.
Esa tarde, camino a casa, pienso en lo que dijeron.
*Inadaptados.* Como si fuera algo malo no encajar en sus moldes estúpidos.
Como si fuera un defecto buscar algo real en medio de tanta falsedad.
Llego a casa y encuentro a mi papá en la cocina.
Está sobrio, preparando café.
Es uno de esos días raros en los que parece él mismo.
—Hola, Sofi.
—Hola.
Silencio incómodo.
Nunca sabemos qué decirnos en estos momentos de tregua.
—¿Cómo te va en la escuela?
—pregunta, y es tan normal la pregunta que me descoloca.
—Bien.
—¿Tenés amigos?
Pienso en Alex.
¿Es mi amigo?
¿Es algo más?
¿Es algo que todavía no tiene nombre?
—Tengo a alguien —digo finalmente.
Mi papá asiente.
Toma su café.
—Me alegro.
No quiero que estés sola como yo.
Es lo más cercano a una disculpa que he recibido en años.
Y no sé si es suficiente, pero es algo.
Al día siguiente, Alex me espera con el cuaderno abierto.
Hay un dibujo nuevo: dos figuras rodeadas de sombras que señalan, que murmuran.
Pero las dos figuras están de pie, tomadas de la mano.
Debajo escribió: *”Que hablen.
Nosotros sabemos la verdad.”* Tomo la lapicera y agrego: *”La verdad es que encontré a alguien que me entiende.
Y eso es más valioso que toda su aprobación.”* Nos miramos.
Y por primera vez, sonreímos.
Que hablen.
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