Días Azules - Capítulo 7
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7: 7 7: 7 Capítulo 7: El primer beso Alex me lleva a una plaza que no conocía.
Está en un barrio viejo, lleno de árboles grandes y bancos de madera desgastados por el tiempo.
Hay una fuente que ya no funciona y un quiosco abandonado con las persianas bajas.
—Venía acá cuando era chico —dice—.
Antes de que todo se complicara.
Caminamos en silencio.
No es el silencio incómodo del principio, cuando recién nos conocíamos.
Es el silencio de dos personas que ya no necesitan llenar cada espacio con palabras.
Nos sentamos en las hamacas.
Están oxidadas y chirrían con cada movimiento, pero no importa.
—¿Puedo preguntarte algo?
—dice Alex, sin mirarme.
—Lo que quieras.
—¿Cómo es para vos?
Esto.
Nosotros.
La pregunta me toma desprevenida.
Me impulso suavemente en la hamaca, ganando tiempo para pensar.
—Es… como si alguien hubiera prendido una luz en una habitación donde estuve a oscuras toda mi vida —digo finalmente—.
Y sé que suena cursi, pero es la verdad.
Antes de conocerte, todo era… gris.
Repetitivo.
Doloroso.
Y ahora sigue doliendo, pero hay algo más.
Hay esto.
Alex asiente.
Se impulsa también, más fuerte.
—Para mí es como poder respirar después de estar bajo el agua mucho tiempo —dice—.
Como si finalmente hubiera alguien que entiende ese idioma raro que hablo, ese que nadie más entiende.
Lo miro.
Está perfil, mirando al frente, y la luz del atardecer le da de lleno en la cara.
Tiene una expresión seria, concentrada, como si estuviera tratando de resolver un problema muy difícil.
—¿Alex?
—¿Sí?
—Gracias.
Se detiene.
Me mira con confusión.
—¿Por qué?
—Por verme.
Por quedarte.
Por… por esto.
Algo cambia en su expresión.
Se baja de la hamaca y viene hacia mí.
Yo también bajo, y de repente estamos cara a cara, más cerca de lo que hemos estado nunca.
—Sofía, yo… —empieza, pero se detiene.
—¿Qué?
Traga saliva.
Veo el miedo en sus ojos, pero también algo más.
Determinación.
—¿Puedo besarte?
El mundo se detiene.
Mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que puede escucharlo.
Todas las dudas, todos los miedos, todo el “¿y si?” se evapora.
—Sí —susurro.
Se acerca despacio, dándome tiempo para arrepentirme, para alejarme.
Pero no lo hago.
Cuando nuestros labios se encuentran, es suave, tímido, imperfecto.
Dura solo unos segundos, pero se siente como una eternidad.
Nos separamos.
Ninguno de los dos dice nada.
No hace falta.
Alex me toma la mano y entrelaza sus dedos con los míos.
Caminamos así, en silencio, mientras el sol termina de ponerse.
No sé qué somos ahora.
No sé cómo llamar a esto.
Pero sé que es real.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso es suficiente.
— Cuando llego a casa esa noche, mi abuela está esperándome en la cocina.
—Llegaste tarde —dice, pero no está enojada.
Solo preocupada.
—Perdón.
Estaba con un amigo.
—¿Un amigo?
—repite, con esa mirada que tienen las abuelas que saben más de lo que aparentan.
—Sí.
Se acerca, me toca la mejilla con ternura.
—Te vi diferente estas últimas semanas, Sofi.
Más… viva.
No sé qué responder.
Ella sonríe.
—Está bien, mi amor.
Solo cuidate.
Y cuida tu corazón.
Subo a mi cuarto.
Me tiro en la cama y me quedo mirando el techo, reviviendo ese beso una y otra vez.
Mi celular vibra.
**Alex**: “¿Llegaste bien?” **Yo**: “Sí.
¿Vos?” **Alex**: “Sí.
Ojalá no hubiera tenido que dejarte ir.” **Yo**: “Nos vemos mañana.” **Alex**: “No puedo esperar.” Sonrío.
Apago el celular.
Y por primera vez en siete años, me duermo sin ese peso en el pecho.
## Capítulo 8: Cuando las cosas se complican Los rumores empiezan un lunes.
No sé quién los inicia, pero para el recreo ya están en boca de todos.
Que Alex y yo estamos juntos.
Que nos vieron besándonos.
Que “hacemos cosas” después de clases.
Lo peor es el tono.
No es curiosidad.
Es burla.
Como si lo nuestro fuera algo sucio, algo de lo cual reírse.
—No les hagas caso —dice Alex cuando nos encontramos en el rincón.
Pero es difícil no hacerles caso cuando Luciana y sus amigas pasan y murmuran lo suficientemente alto para que escuchemos: —Mirá a los tortolitos.
Qué tiernos, se encontraron entre tanto problema.
Alex se tensa.
Le toco el brazo.
—No vale la pena.
—Sí vale la pena.
No pueden hablar así de vos.
—Pueden y lo hacen.
Es lo que hace la gente.
Pero él no me escucha.
Se levanta, va hacia ellas.
—¿Tenés algo que decir, Luciana?
Decilo de frente.
Ella se da vuelta, con esa sonrisa falsa que tanto odio.
—Tranquilo, Alex.
Solo comentábamos lo lindo que es que dos personas con tantos… *problemas*… se hayan encontrado.
Es como, no sé, ¿terapia de grupo?
Sus amigas se ríen.
Alex aprieta los puños.
—Sos una hija de puta.
—¿Perdón?
—su tono cambia, se vuelve afilado.
Me levanto, me interpongo entre ellos.
—Vámonos, Alex.
—Sí, Alex, andáte con tu novia la loca.
Todos sabemos lo de tu mamá, Sofía.
Mi mamá trabaja en el hospital.
Sabe bien por qué… No la dejo terminar.
No sé qué me pasa, pero algo en mí se rompe.
Le doy una cachetada.
Fuerte.
El silencio que sigue es absoluto.
Todos nos miran.
Luciana se toca la mejilla, en shock.
—Estás re loca —dice finalmente, con los ojos brillosos.
Y se va.
Sus amigas la siguen, lanzándonos miradas de desprecio.
Me quedo ahí parada, temblando.
La mano me arde.
Alex me toma del hombro.
—Sofía… —No —lo corto—.
No digas nada.
Solo… vámonos de acá.
Caminamos hacia la salida de la escuela.
Sé que esto va a tener consecuencias.
Sé que probablemente me llamen a dirección.
Pero en este momento, no me importa.
Llegamos a la plaza de ayer.
Nos sentamos en el pasto, bajo un árbol.
—¿Qué quiso decir?
—pregunta Alex suavemente—.
Lo del hospital.
Cierro los ojos.
Sabía que esta conversación llegaría eventualmente, pero no estaba lista.
—Mi mamá no murió en un accidente —digo finalmente, con la voz quebrándose—.
Bueno, sí, pero… fue suicidio.
Se tiró con el auto contra un camión en la ruta.
Yo iba en el asiento de atrás.
Tenía nueve años.
Alex no dice nada.
Solo escucha.
—Me desperté en el hospital.
Mi abuelo estaba ahí, llorando.
Me dijo que mamá no lo había logrado.
Y durante años pensé que se refería al accidente.
Hasta que cumplí trece y mi abuela me contó la verdad.
Las lágrimas empiezan a caer, y esta vez no trato de detenerlas.
—Ella tenía depresión.
Severa.
Y ese día… ese día decidió que no podía más.
Me subió al auto, me puso el cinturón, y eligió.
Eligió irse y casi me lleva con ella.
Alex me abraza.
Fuerte.
Como si quisiera mantenerme junta cuando siento que me estoy cayendo a pedazos.
—Por eso todos me miran raro cuando se enteran.
Por eso Luciana dijo eso.
Porque soy la hija de la loca que intentó matar a su propia hija.
Soy la que sobrevivió y no debería haberlo hecho.
—No digas eso —la voz de Alex sale ronca—.
No fue tu culpa.
Nada de eso fue tu culpa.
—¿Entonces por qué se siente como si lo fuera?
No tiene respuesta para eso.
Porque no la hay.
Nos quedamos así, abrazados bajo el árbol, mientras el mundo sigue girando a nuestro alrededor.
— Esa noche, mi papá está despierto cuando llego.
Sobrio, sentado en el sillón.
—La directora llamó —dice.
Mi estómago se encoge.
—Ya sé.
Lo siento.
—¿Qué pasó?
Le cuento todo.
Espero su enojo, su decepción.
Pero en cambio, suspira.
—Tu mamá habría hecho lo mismo —dice con una sonrisa triste—.
Cuando alguien la provocaba, no se quedaba callada.
Es la primera vez en años que habla de ella sin quebrarse.
—¿La extrañás?
—pregunto.
—Todos los días.
Pero ya no de la forma en que me mataba antes.
Ahora… ahora solo es una tristeza constante.
Como un zumbido de fondo que nunca se apaga.
Se levanta, viene hacia mí.
Me pone las manos en los hombros.
—Sé que no fui el padre que merecías después de que ella se fue.
Sé que te fallé.
Pero quiero que sepas que… estoy tratando.
Empecé terapia.
Estoy yendo a reuniones.
Lo miro, buscando señales de mentira.
Pero solo veo cansancio.
Y algo parecido a la esperanza.
—¿En serio?
—En serio.
No puedo prometerte que voy a cambiar de la noche a la mañana.
Pero puedo prometerte que voy a intentarlo.
Porque no quiero perderte a vos también.
Algo dentro mío se rompe y se arregla al mismo tiempo.
Lo abrazo, y él me abraza de vuelta.
No es perdón.
No todavía.
Pero es un comienzo.
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