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Días Azules - Capítulo 8

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8: 8 8: 8 Capítulo 8: La suspensión Me suspenden tres días.

La directora me llama el martes por la mañana, con mi papá presente.

Luciana está ahí también, con su madre —una mujer elegante que me mira como si fuera basura.

—Esto es inaceptable —dice la madre de Luciana—.

Mi hija tiene la cara marcada.

Quiero que expulsen a esta chica.

La directora levanta la mano.

—Señora, entiendo su preocupación, pero hay protocolos.

Sofía va a ser suspendida tres días.

Y ambas chicas van a recibir asesoramiento.

—¿Asesoramiento?

¡Esa chica es violenta!

¿Sabe lo que anda diciendo por ahí?

¿Las cosas que escribe?

Mi papá se tensa a mi lado.

—¿Qué cosas?

—pregunta la directora.

La madre de Luciana saca su celular, muestra algo.

No puedo ver qué es, pero por la expresión de la directora, no es bueno.

—¿Esto es tuyo, Sofía?

—pregunta, dándome vuelta el celular.

Es una foto de una página de mi cuaderno.

Mi cuaderno negro.

Alguien lo fotografió.

Está abierto en una página donde escribí: *”A veces pienso que sería más fácil no estar.

Desaparecer.

Dejar de ser una carga para todos.”* El aire se me escapa de los pulmones.

—¿Cómo conseguiste eso?

—le grito a Luciana.

Ella se encoge de hombros, con esa expresión de falsa inocencia.

—Estaba en tu mochila.

En el pasillo.

No es mi culpa que no cuides tus cosas.

—¡Lo revisaste!

¡Eso es privado!

—Sofía —la directora habla con un tono que no admite réplica—.

¿Has tenido pensamientos de hacerte daño?

Todo el mundo me mira.

Mi papá está pálido.

Quiero mentir, decir que no, que fue solo una forma de decir.

Pero estoy cansada de mentir.

—A veces —susurro.

La madre de Luciana se levanta, triunfante.

—¿Ve?

Esta chica es un peligro.

No solo para mi hija, sino para sí misma.

No debería estar en esta escuela.

—Ya es suficiente —mi papá se pone de pie, y hay algo en su voz que no había escuchado en años.

Autoridad.

Firmeza—.

Mi hija está pasando por cosas difíciles, pero eso no la hace peligrosa.

Y su hija —señala a Luciana— invadió su privacidad, la acosó, y provocó esta situación.

Así que si alguien debería irse, no es Sofía.

Silencio absoluto.

La directora carraspea.

—Señor, entiendo su punto.

Pero el protocolo es claro.

Cuando un estudiante expresa ideación suicida, debemos actuar.

Sofía va a ser suspendida, y va a necesitar una evaluación psicológica antes de poder regresar.

Mi papá aprieta mi hombro.

—Está bien.

Lo haremos.

Salimos de la oficina.

Luciana me mira con una sonrisa de victoria que me dan ganas de borrarle de nuevo.

Pero mi papá me toma del brazo antes de que pueda hacer nada.

—Vámonos —dice.

En el auto, ninguno habla por un rato.

—¿Es verdad?

—pregunta finalmente—.

¿Pensás en… en hacerlo?

No puedo mirarlo.

—A veces.

Cuando todo se pone muy pesado.

Pero nunca lo haría.

Son solo… pensamientos.

—Los pensamientos no son “solo” nada, Sofi.

Tu mamá también decía que eran solo pensamientos.

Hasta que no lo fueron.

Las palabras me golpean como un puñetazo.

—No soy ella.

—Lo sé.

Pero no quiero perderte.

No de esa forma.

No de ninguna forma.

Llegamos a casa.

Mi abuela sale corriendo cuando nos ve.

—¿Qué pasó?

Mi papá le explica todo.

Veo cómo su cara pasa del shock a la preocupación a la determinación.

—Vamos a conseguirte ayuda —dice—.

La que necesites.

Terapia, medicación, lo que sea.

—No quiero medicación.

—Entonces terapia.

Pero algo, Sofi.

Porque no podemos seguir fingiendo que estás bien cuando claramente no lo estás.

Tiene razón.

Lo sé.

Pero admitirlo es aterrador.

Subo a mi cuarto.

Reviso mi mochila.

El cuaderno negro no está.

Lo dejé en la escuela.

Y ahora Luciana lo tiene, o peor, lo tiene la directora.

Años de mis pensamientos más oscuros.

De mis secretos.

En manos de extraños.

Me tiro en la cama y lloro hasta quedarme sin lágrimas.

Mi celular vibra.

**Alex**: “Me enteré.

¿Estás bien?” **Yo**: “No.” **Alex**: “¿Puedo ir?” **Yo**: “Sí.

Por favor.” ## Capítulo 10: La verdad desnuda Alex llega media hora después.

Mi abuela lo hace pasar, y por la forma en que lo mira, sé que mi papá le contó sobre nosotros.

Subimos a mi cuarto.

Cierro la puerta.

—¿Cómo te enteraste?

—pregunto.

—Todo el mundo habla de eso.

De la pelea.

De tu cuaderno.

De… —De que estoy loca.

Podés decirlo.

—No estás loca.

—Mi mamá se mató, Alex.

Y yo escribo sobre querer desaparecer.

¿Cómo no voy a estar loca?

Se sienta en mi cama, me hace sentar a su lado.

—Estar mal no es estar loca.

Tener pensamientos oscuros no te hace loca.

Te hace humana.

—¿Vos también los tenés?

Duda.

Luego asiente.

—A veces.

Cuando mi mamá trabaja hasta tarde y Lucía está durmiendo y la casa está en silencio.

A veces me pregunto qué pasaría si no estuviera.

Si alguien lo notaría realmente, o si el mundo seguiría igual.

Lo miro, sorprendida.

—¿En serio?

—En serio.

Por eso me enojó tanto lo que dijo Luciana.

Porque yo sé lo que es tener esos pensamientos.

Y sé que no te hacen mala persona.

Solo te hacen alguien que está sufriendo.

Apoyo mi cabeza en su hombro.

—Tienen mi cuaderno.

Todo lo que escribí.

Todo.

—Lo sé.

—Van a leerlo.

Van a juzgarme.

Van a confirmar todo lo que piensan de mí.

—Que lo hagan.

Los que importan ya te conocen.

Y los que no, no merecen conocerte.

Nos quedamos así un rato.

Luego me acuerdo de algo.

—¿Y vos?

¿Te suspendieron también?

—No.

Pero me llamaron la atención por “confrontar” a Luciana.

Aparentemente, defenderme a mí mismo es confrontar.

—Lo siento.

Esto es mi culpa.

—No.

Es culpa de ella por ser una hija de puta.

Y es culpa del sistema que premia a gente como ella y castiga a gente como nosotros.

Tiene razón.

Pero igual me siento culpable.

Mi papá toca la puerta.

—Sofía, el psicólogo puede verte mañana a las tres.

¿Te parece bien?

Miro a Alex.

Él asiente.

—Está bien —respondo.

Mi papá se va.

Alex me toma la mano.

—¿Querés que vaya con vos?

—¿A terapia?

—No adentro.

Pero puedo esperarte afuera.

Para que sepas que no estás sola.

Algo dentro mío se derrite.

—Sí.

Me gustaría eso.

Esa noche, no puedo dormir.

Sigo pensando en mi cuaderno, en todas las cosas que escribí que ahora están expuestas.

Pensando en cómo mañana tengo que sentarme frente a un extraño y hablar de cosas de las que ni siquiera puedo hablar conmigo misma.

A las dos de la mañana, bajo a la cocina.

Mi papá está ahí, tomando té.

—No podés dormir tampoco —dice.

—No.

Me sirve una taza.

Nos sentamos en silencio.

—Yo también fui a terapia —dice de repente—.

Después de que tu mamá murió.

Solo fui dos veces y después dejé.

Decía que no me servía, que el tipo no entendía.

Pero la verdad es que tenía miedo.

—¿De qué?

—De enfrentar lo que sentía.

De admitir que no pude salvarla.

Que vi las señales y no hice nada porque tenía miedo de lo que significaban.

Lo miro.

Por primera vez veo algo más allá de su dolor: veo su culpa.

—No fue tu culpa —digo.

—Tampoco fue la tuya.

Pero igual la cargamos, ¿no?

Asiento.

Tomo su mano sobre la mesa.

—¿Creés que voy a terminar como ella?

—pregunto, la pregunta que me carcome desde que tengo memoria.

—No lo sé, Sofi.

Pero sé que no quiero que lo descubras sola.

Por eso necesitás ayuda.

Ayuda de verdad, no solo de nosotros que no sabemos qué hacer.

—Tengo miedo.

—Yo también.

Pero el miedo no es motivo para no intentarlo.

Terminamos el té.

Subo a mi cuarto y, por primera vez en la noche, logro dormir un poco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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