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Días Azules - Capítulo 9

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9: 9 9: 9 Capítulo 9: La primera sesión El consultorio del psicólogo está en un primer piso sobre una avenida ruidosa.

La sala de espera es pequeña, con sillas de plástico y revistas viejas.

Alex está sentado a mi lado, con el celular en la mano pero sin mirar la pantalla.

Solo está ahí.

Mi papá está del otro lado, nervioso.

Sigue siendo raro verlo así: sobrio, presente, preocupado de verdad.

—Sofía Méndez —llama una voz.

Me levanto.

Mis piernas tiemblan.

Alex me aprieta la mano antes de soltarla.

—Vas a estar bien —susurra.

Sigo a un hombre de unos cuarenta años, barba prolija, anteojos redondos.

Se ve cansado pero amable.

—Hola, Sofía.

Soy el doctor Martín Ruiz.

Pero podés decirme Martín.

Entramos a su consultorio.

Es más acogedor de lo que esperaba: estantes llenos de libros, plantas en las ventanas, un sillón cómodo frente a su escritorio.

—Sentate donde quieras —dice, señalando el sillón o una silla más formal.

Elijo el sillón.

Él se sienta en su silla, agarra una libreta.

—Bueno, Sofía.

Tu papá me contó un poco sobre lo que pasó en la escuela.

Pero me gustaría escucharlo de vos.

Con tus palabras.

Y así empiezo.

Le cuento sobre Luciana, sobre el cuaderno, sobre la cachetada.

Sobre mi mamá.

Sobre los pensamientos que a veces tengo cuando todo se pone muy oscuro.

Él solo escucha.

No interrumpe, no juzga.

Solo toma notas de vez en cuando y asiente.

—¿Y Alex?

—pregunta cuando termino—.

¿Cómo encaja él en todo esto?

—Es… no sé cómo explicarlo.

Es la única persona que me hace sentir que no estoy rota.

O que si estoy rota, está bien estarlo.

—¿Creés que estás rota?

La pregunta me toma por sorpresa.

—Sí.

Desde siempre.

—¿Por qué?

—Porque mi mamá estaba rota y me dejó.

Porque mi papá se rompió después y yo tuve que criarme básicamente sola.

Porque no puedo ser normal como los demás chicos.

Porque escribo cosas oscuras y tengo pensamientos que asustan a la gente.

Martín se recuesta en su silla.

—¿Sabés qué es lo interesante, Sofía?

Que todo lo que acabás de decir son cosas que te pasaron, no cosas que sos.

Tu mamá tomó una decisión terrible que no tuvo nada que ver con vos.

Tu papá luchó con su propio dolor de la forma que pudo.

Y tus pensamientos… tus pensamientos son solo eso.

Pensamientos.

No son órdenes.

No son profecías.

Son tu mente tratando de procesar un trauma masivo que sufriste a los nueve años.

—Entonces ¿no estoy loca?

—Estás herida.

Que es muy distinto a estar loca.

Algo dentro mío se afloja.

Como un nudo que llevaba años apretado.

—¿Y qué hago con eso?

¿Con estar herida?

—Aprendés a vivir con las cicatrices.

No desaparecen, pero con tiempo y ayuda, duelen menos.

Y eventualmente, dejás de definirte por ellas.

Hablamos una hora más.

Sobre estrategias para cuando los pensamientos oscuros aparecen.

Sobre la importancia de no aislarse.

Sobre cómo el dolor no es algo que “superás”, sino algo que aprendés a llevar.

Cuando salgo, Alex se levanta inmediatamente.

—¿Cómo estuvo?

—Raro.

Pero… bien, creo.

Mi papá se acerca.

—¿Te sirvió?

—Creo que sí.

En el auto de vuelta, miro por la ventana.

La ciudad sigue siendo la misma: gris, ruidosa, caótica.

Pero algo dentro mío cambió.

No sé qué exactamente, pero algo.

—¿Cuándo volvés?

—pregunta mi papá.

—En dos semanas.

Va a ser un proceso largo, dice.

—Está bien.

Vamos a hacerlo juntos.

Lo miro.

“Juntos.” Hace mucho que esa palabra no significaba nada en nuestra familia.

Pero tal vez, de a poco, puede volver a significar algo.

## Capítulo 12: Los tres días La suspensión se siente extraña.

No es vacaciones porque no hay nada que celebrar.

Es más bien como estar en un limbo, donde el tiempo pasa pero no significa nada.

El primer día lo paso durmiendo.

Estoy agotada emocional y físicamente.

Mi abuela me trae el almuerzo a la cama y no me presiona para que baje.

El segúndo día, Alex falta a la escuela y viene a casa.

—¿No vas a meterte en problemas?

—pregunto cuando lo veo en mi ventana.

—Probablemente.

Pero no me importa.

Entramos a mi cuarto.

Trae su mochila llena de útiles.

—Pensé que podíamos hacer algo —dice, sacando hojas, lápices, acuarelas.

—¿Qué cosa?

—Un cuaderno nuevo.

Para reemplazar el que perdiste.

Mi garganta se cierra.

Es un gesto tan simple pero significa tanto.

Pasamos la tarde haciendo eso: creando un cuaderno nuevo.

Alex dibuja la portada: dos figuras sentadas bajo un árbol, una escribiendo, la otra dibujando.

Yo escribo la primera entrada: *”Esto no es un final.

Es un comienzo.

Un lugar donde puedo ser honesta sobre el dolor sin que me definiera.”* —¿Me dejás escribir algo?

—pregunta Alex.

—Es tuyo también —respondo.

Él toma la lapicera: *”Conocí a alguien que me enseñó que está bien no estar bien.

Que está bien ser un desastre.

Que está bien necesitar ayuda.

Esta es nuestra historia.

De cómo nos encontramos en medio del caos.”* Nos miramos.

Hay algo diferente en el aire.

Algo que ha estado creciendo desde el primer día pero que ninguno se atrevió a nombrar.

—Sofía —dice Alex, su voz apenas un susurro—.

Yo… necesito decirte algo.

Mi corazón se acelera.

—¿Qué?

—Creo que me estoy enamorando de vos.

No, no creo.

Estoy enamorado de vos.

Y sé que es mal momento y que ambos somos un desastre y que probablemente esto es una mala idea, pero no puedo seguir sin decírtelo.

El mundo se detiene.

Me quedo mirándolo, procesando las palabras.

—Alex… —No tenés que decir nada —se apresura—.

Solo necesitaba que lo supieras.

Necesitaba ser honesto.

—No —lo interrumpo—.

No, dejame hablar.

Yo también.

Me estoy enamorando de vos.

Me asustaba admitirlo porque cada vez que quise a alguien, lo perdí.

Mi mamá.

Mi papá, en cierta forma.

Y tenía miedo de que si me enamoraba de vos, también te iba a perder.

—No me vas a perder.

—No podés prometer eso.

—Tenés razón.

No puedo.

Pero puedo prometerte que voy a intentar quedarme.

Que voy a luchar para quedarme.

Porque lo que siento por vos… nunca sentí nada así.

Me acerco.

Lo beso.

Y esta vez no es como el primer beso en la plaza.

Este es más profundo, más desesperado.

Como si ambos estuviéramos tratando de demostrar con acciones lo que las palabras no pueden expresar.

Cuando nos separamos, ambos estamos sin aliento.

—¿Qué somos ahora?

—pregunto.

—No sé.

¿Qué querés que seamos?

—Quiero que seas mi novio.

Quiero que esto sea real.

Sonríe, y es la primera vez que lo veo sonreír así: completamente, sin reservas.

—Entonces soy tu novio.

Y vos sos mi novia.

Y vamos a descifrar esto juntos.

Mi papá sube unas horas después y encuentra a Alex y a mí sentados en el piso, rodeados de papeles y marcadores.

—Tu abuela dice que se queda a cenar —dice.

Alex se tensa.

—Si no está bien, puedo irme.

Mi papá lo mira por un momento largo.

Luego suspira.

—Quedáte.

Pero quiero hablar con vos después de la cena.

El pánico debe mostrarse en mi cara porque mi papá levanta las manos.

—No es nada malo.

Solo… quiero conocer al chico que le importa a mi hija.

La cena es incómoda pero no terrible.

Mi abuela hace milanesas y Alex come tres.

Mi papá hace preguntas básicas: dónde vive, qué le gusta hacer, cómo va en la escuela.

Después, los dos se van al patio.

Los veo desde la ventana de la cocina mientras lavo los platos.

—¿De qué hablan?

—pregunto a mi abuela.

—Cosas de hombres, supongo —dice con una sonrisa—.

Tu papá solo está siendo padre.

Dale tiempo.

Veinte minutos después vuelven.

Alex se ve aliviado.

—Todo bien —me susurra cuando pasamos al lado.

—¿Qué te dijo?

—Que te cuide.

Que sea honesto.

Que si te lastimo, me mata.

Las cosas normales que dice un papá.

Me río.

Es el primer sonido genuinamente alegre que sale de mi boca en días.

Esa noche, cuando Alex se va, mi papá se sienta conmigo en el sillón.

—Es un buen chico —dice—.

Se nota que le importás.

—Me importa él también.

—Lo sé.

Solo… cuidate, ¿sí?

El amor a tu edad es intenso.

Hermoso, pero intenso.

Y ambos están pasando por cosas difíciles.

No dejen que el amor se convierta en algo que los hunda más.

—No lo haremos.

—Bien.

Porque merecés ser feliz, Sofi.

Y creo que finalmente estás encontrando el camino para serlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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