Diego, el mejor héroe del mundo - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 El Despertar de Cronos y la Sombra de Dobi
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23: El Despertar de Cronos y la Sombra de Dobi 23: El Despertar de Cronos y la Sombra de Dobi El sol de la isla tecnológica se ocultaba por completo, dejando que las luces de neón azul y violeta dominaran las calles metálicas.
Diego caminaba al frente del grupo, sintiendo el frío del acero bajo sus botas.
Sus puños aún estaban vendados y le escocían por la pelea anterior contra el guardián, pero no había tiempo para descansar.
El radar de energía que Jaime llevaba en la mano no dejaba de emitir un pitido agudo y constante que resonaba en el silencio sepulcral de la ciudad.
—Diego, el radar se está volviendo loco —dijo Jaime, ajustando los controles del aparato con manos temblorosas—.
El cuarto huevo de dragón está justo detrás de esas puertas blindadas.
Estamos en el corazón de la Gran Pirámide Central.
—Tened mucho cuidado todos —advirtió Diego, deteniéndose frente a la entrada gigante de metal reforzado—.
Siento una presión en el aire que no me gusta nada.
Es como si el mismo oxígeno pesara más de lo normal.
Alguien nos está esperando.
Irene se acercó a Diego y le puso una mano en el brazo.
Diego notó que ella también estaba asustada, aunque intentaba disimularlo.
Kenji, por su parte, apretaba su lanza de hielo con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
Sabían que este era el momento decisivo.
De repente, una risa fría, seca y cargada de una malicia pura resonó por todos los rincones de la plaza metálica.
De la oscuridad más densa del edificio salió una figura que Diego reconoció al instante, haciendo que su sangre se congelara por un segundo.
Era Dobi.
Vestía una capa oscura que parecía estar hecha de sombras vivas que se retorcían, y sus ojos brillaban con un hambre de poder que Diego nunca había visto.
—Vaya, vaya…
pero si es el pequeño Diego y su patético grupo de amigos —se burló Dobi, cruzándose de brazos con una superioridad insultante—.
Habéis hecho un trabajo excelente derrotando al guardián tecnológico por mí.
Os habéis sacrificado, habéis sangrado…
y todo para que yo pueda recoger el premio sin despeinarme.
—¡Ni en tus sueños, Dobi!
—gritó Diego, dando un paso al frente mientras sus puños empezaban a soltar chispas de un naranja intenso—.
¡Este huevo es la única esperanza para mantener el equilibrio del mundo y no dejaremos que pongas tus sucias manos sobre él!
—¡Qué discurso tan heroico!
Pero la valentía no es más que una forma elegante de llamar a la estupidez cuando no tienes el poder para respaldarla —rugió Dobi.
Dobi se movió con una velocidad que desafiaba las leyes de la física.
Antes de que Diego pudiera siquiera levantar la guardia, el villano ya estaba frente a ellos.
Con un solo movimiento fluido de su mano, Dobi lanzó una onda de energía oscura, densa y pesada que golpeó a Kenji directamente en el pecho.
El impacto fue tan brutal que Kenji salió despedido hacia atrás, chocando contra una columna de acero con un estruendo metálico y cayendo al suelo completamente inconsciente.
—¡Kenji!
—gritó Jaime, lanzándose al ataque con sus dagas gemelas, moviéndose como un torbellino.
Jaime intentó clavar sus armas en los puntos vitales de Dobi con una precisión quirúrgica, pero el villano ni siquiera se inmutó.
Detuvo las dagas de Jaime con solo dos dedos, como si fueran simples palillos de dientes, y le devolvió una patada lateral que mandó a Jaime a volar hacia el otro lado de la plaza.
Jaime cayó pesadamente, luchando por recuperar el aire, incapaz de levantarse.
—¡Dejad a mis amigos en paz!
—gritó Diego, sintiendo cómo la rabia le quemaba por dentro—.
¡PUÑETAZOS DE SANGRE ÍGNEOS!
Diego se lanzó al ataque con todo lo que tenía.
Sus puños eran dos soles de fuego rojo que iluminaban la oscuridad.
Lanzó una ráfaga de golpes rápidos, buscando cualquier hueco en la defensa de Dobi.
Pero el villano esquivaba cada ataque con una elegancia desesperante, moviendo su cuerpo apenas lo justo para que los puños de Diego rozaran el aire.
Dobi se estaba riendo de él.
Diego acumuló toda su energía de sangre en un derechazo final, pero Dobi atrapó el puño de Diego con la palma de la mano abierta, extinguiendo el fuego como si no fuera nada.
—¿Esto es todo?
¿Este es el gran poder del que tanto presumes, Diego?
—Dobi sonrió con una crueldad infinita y le propinó un golpe seco en el plexo solar.
Diego cayó de rodillas, con la visión borrosa y el pecho ardiendo.
Escupió sangre sobre el metal frío y trató de levantarse, pero sus piernas no le obedecían.
Se sentía pequeño, inútil frente a la magnitud del poder de Dobi.
—Sois una molestia que debe ser eliminada —dijo Dobi, levantando una esfera de energía oscura sobre la cabeza de Diego para terminar con todo—.
Despídete de tus sueños, pequeño héroe.
Pero justo antes del golpe final, Irene se interpuso.
Había encontrado un escudo de plasma pesado que pertenecía a los antiguos guardianes y lo activó justo a tiempo.
El impacto de la energía de Dobi contra el escudo generó una onda de choque que rompió los cristales de los edificios cercanos.
Irene aguantaba el peso con los dientes apretados, sus pies se deslizaban por el metal dejando surcos, pero no se apartaba.
—¡No dejaré que le hagas daño!
—gritó Irene, aunque sus brazos temblaban violentamente.
—¡Muévete, estorbo!
—Dobi, perdiendo la paciencia, generó un estallido de viento oscuro que lanzó a Irene por los aires, dejándola aturdida y herida contra una pared.
Diego, viendo a sus tres mejores amigos derrotados y sufriendo en el suelo por seguirle a él, sintió que algo se rompía en lo más profundo de su ser.
El miedo desapareció, reemplazado por una furia dorada que empezó a emanar de sus poros.
Sus ojos cambiaron, brillando con una luz eléctrica.
Diego se puso en pie, no por fuerza física, sino por una voluntad que trascendía el dolor.
—¡Chicos, necesito un último esfuerzo!
—les susurró Diego por el intercomunicador, viendo que Dobi se acercaba recreándose en su victoria—.
¡Distraedle ahora o nunca!
¡Yo iré a por el huevo!
Kenji, recuperando el conocimiento a duras penas, golpeó el suelo con su lanza creando una neblina de escarcha que cubrió toda la plaza.
Jaime, usando sus últimos dispositivos, lanzó granadas de humo tecnológicas que soltaron un gas denso y ruidoso.
Dobi empezó a maldecir, lanzando ataques ciegos hacia la niebla.
—¡No podéis esconderos para siempre!
—rugía Dobi, destruyendo el entorno con rabia.
Diego no perdió ni un segundo.
Corrió hacia el pedestal central de la pirámide.
Los sistemas de defensa automáticos se activaron, disparando láseres de alta frecuencia que buscaban su cuerpo.
Diego esquivaba algunos, pero otros le impactaban en los hombros y las piernas, quemando su carne, pero él seguía corriendo.
El calor en sus manos era tal que el aire a su alrededor empezaba a distorsionarse.
Con un salto desesperado, Diego se lanzó sobre la barrera final.
—¡ESTO ES POR EL FUTURO DE TODOS!
—gritó Diego.
Impactó con un puñetazo cargado con toda la esencia de su sangre ígnea contra el cristal irrompible.
El pedestal explotó en mil pedazos de energía.
Diego agarró el cuarto huevo de dragón, que era una joya dorada que palpitaba con el ritmo de un corazón antiguo.
En ese instante, la isla entera comenzó a temblar como si el mundo se estuviera partiendo en dos.
Dobi, viendo que Diego había logrado lo imposible, cargó hacia él con un grito de odio puro.
—¡ESE HUEVO ME PERTENECE!
¡TE MATARÉ CON MIS PROPIAS MANOS!
Pero antes de que Dobi pudiera alcanzarle, el tiempo se detuvo.
Literalmente.
Las chispas de los cortocircuitos quedaron suspendidas en el aire.
El humo de las bombas se congeló como si fuera una escultura.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.
En medio de la plaza, la realidad misma se agrietó como un espejo golpeado.
De esa fractura en el espacio-tiempo salió una figura que irradiaba una autoridad divina.
Era un hombre imponente, cubierto por una armadura de oro y plata que parecía fluir como arena.
En su pecho, un gran reloj de arena giraba en sentido contrario a las agujas del reloj.
Diego sintió que su alma se encogía ante su presencia.
—Habéis jugado con fuerzas que no comprendéis —dijo el ser, y su voz no se oía con los oídos, sino directamente en la mente—.
Soy Cronos, el Arquitecto del Tiempo y el Vigilante del Equilibrio Universal.
Dobi, cuya oscuridad le permitía moverse mínimamente en el tiempo detenido, intentó lanzar un ataque desesperado contra Cronos.
El dios del tiempo ni siquiera le miró; simplemente hizo un pequeño gesto con la mano y la magia de Dobi retrocedió en el tiempo, volviendo al cuerpo del villano y causándole una explosión interna que lo dejó seco en el suelo.
—Dobi…
tu existencia es una anomalía que el tiempo acabará por borrar —sentenció Cronos con una frialdad absoluta—.
Y tú, Diego…
el joven portador del fuego.
Has demostrado un valor que ha hecho eco en las eras pasadas, pero el valor no es suficiente cuando te enfrentas a la eternidad.
Cronos golpeó el suelo con su báculo y una onda de energía dorada barrió la isla tecnológica.
Diego sintió que sus recuerdos y su fuerza se drenaban.
Miró a sus amigos y los vio como figuras de piedra, atrapados en un momento infinito.
—Este no es vuestro final, pero el precio por despertar al Guardián del Tiempo es alto —dijo Cronos, acercándose a Diego y tocando el huevo dorado—.
Vuestro viaje ya no es una simple búsqueda.
Ahora es una carrera contra el reloj del destino.
Si falláis en la próxima isla, el tiempo mismo se colapsará sobre vosotros.
Con un destello que cegó los cielos de la isla, Cronos desapareció, devolviendo el flujo al tiempo.
Dobi, herido y humillado, huyó hacia las sombras de los edificios, sabiendo que ya no podía ganar hoy, pero jurando que la próxima vez no habría dioses para salvar a Diego.
Diego cayó al suelo metálico, protegiendo el huevo contra su pecho con los brazos quemados.
Estaba al límite de sus fuerzas, pero vivo.
Habían conseguido el cuarto huevo, pero a cambio habían atraído la atención de un ser que estaba más allá del bien y del mal.
—Diego…
¿qué ha sido eso?
—preguntó Irene, acercándose a él con dificultad.
—No lo sé, Irene…
—contestó Diego, mirando el brillo del huevo dorado—.
Pero el juego ha cambiado.
Jaime, Kenji…
tenemos que salir de aquí.
Cronos nos ha dado una oportunidad, pero siento que el tiempo se nos acaba de verdad.
Apoyándose los unos en los otros, los cuatro amigos caminaron hacia el barco mientras la ciudad tecnológica empezaba a apagarse, dejando atrás la batalla más épica de sus vidas.
Diego sabía que ser el “mejor héroe del mundo” ya no era un título, era una carga que podría destruirle en cualquier momento.
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