Diego, el mejor héroe del mundo - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 LA ISLA DE ORO
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24: LA ISLA DE ORO 24: LA ISLA DE ORO Kenji, sentado en un barril mientras afilaba su lanza de hielo, rompió el silencio con una voz que delataba su cansancio mental.
—Diego…
¿Qué vamos a hacer ahora?
—preguntó, mirando de reojo las vendas de su líder—.
Ese dios, Cronos, dijo que el tiempo se agota.
Siento que cada ola que golpea el casco es un segundo menos que tenemos para salvar este mundo.
Diego, que contemplaba el mar desde la proa, se giró lentamente.
Sus ojos, que antes reflejaban la fatiga de la batalla, se iluminaron con una chispa de esperanza.
No quería que su equipo se hundiera en el miedo.
—Hoy nos lo pasaremos genial.
Vamos a la Isla de Oro —respondió Diego con una sonrisa amplia y contagiosa.
—¿La Isla de Oro?
—Kenji soltó su lanza, abriendo mucho los ojos—.
¡Vamos!
¡Por fin un momento de paz y tranquilidad!
He oído leyendas sobre ese sitio, dicen que hasta el aire brilla.
—¡Siiiiii!
—gritó Irene desde el timón, dando un pequeño salto de alegría—.
¡Un descanso!
Diego, si es verdad lo que dicen, ¡pienso comprarme el vestido más brillante de toda la región!
Jaime, que estaba apoyado en el mástil principal revisando sus hilos de sangre, soltó una pequeña carcajada, aunque su mirada seguía siendo analítica.
—Suena demasiado bien para ser verdad, Diego.
¿Y se puede saber dónde está?
Mi radar no detecta nada más que agua salada.
Diego señaló directamente hacia el horizonte, donde una neblina dorada empezaba a devorar el azul del cielo.
—Ahí delante la tenéis.
Solo hay que saber mirar con el corazón, no con las máquinas.
—Es verdad…
no me había fijado —murmuró Jaime, asombrado.
A medida que el barco avanzaba, la niebla se disipaba para revelar una visión que parecía sacada de un sueño febril de un rey.
La isla no era solo grande; era colosal.
Las playas no tenían arena común, sino un polvo fino que refulgía como oro molido.
Las palmeras, en lugar de troncos de madera, parecían columnas de bronce pulido con hojas que tintineaban como monedas al viento.
—¡Qué grande es!
Y…
¡es todo dorado!
—exclamó Diego cuando el Red Phoenix echó el ancla en un muelle hecho de lingotes macizos.
—Pues vamos, que no hay tiempo que perder —dijo Kenji, siendo el primero en saltar a tierra firme.
Al bajar, la sensación era embriagadora.
La ciudad que se extendía ante ellos era una maravilla arquitectónica.
Los edificios no estaban pintados de amarillo; estaban recubiertos de láminas de oro puro que reflejaban la luz del sol con tal intensidad que Irene tuvo que cubrirse los ojos.
Había fuentes donde el agua parecía mercurio dorado y mercados donde se vendían frutas que brillaban como joyas.
—Diego, mira eso —dijo Irene, señalando la cima de la montaña central—.
Hay una estatua de un dragón gigante de oro macizo.
Dicen que es el guardián de la isla.
Diego caminaba maravillado, pero algo en su interior, esa chispa del Dios del Sol, le dio un aviso.
El cuarto huevo, guardado en su mochila, empezó a vibrar con una frecuencia extraña.
No era una vibración de peligro inmediato, sino de advertencia.
—Disfrutad, chicos —dijo Diego, aunque su sonrisa se volvió un poco más seria—.
Pero recordad que en los lugares donde el oro abunda, la sombra de la codicia suele ser muy larga.
No nos separemos.
Mientras caminaban por la calle principal, los habitantes de la isla los miraban con sonrisas perfectas, pero sus ojos estaban fijos en el colgante de Diego y en sus armas.
En la Isla de Oro, el descanso era un lujo, y la seguridad, una ilusión que podía desvanecerse al primer destello de ambición.
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