Dios de las MILFs: Los Dioses Me Piden Hacer un Harén de MILFs - Capítulo 467
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Capítulo 467: Recompensa por el trabajo
Entró en pánico casi al instante.
Empezó a dar vueltas frenéticas por el vestíbulo, pasándose las manos por el pelo y murmurando para sí. Sus movimientos eran tan erráticos, tan exagerados, que parecía un cachorrito lastimero al que acababan de regañar.
—¡Oh, no! ¡Oh, no! ¡Oh, no! —soltó con voz temblorosa—. ¡Me quedé dormida! ¡No terminé nada! Los huéspedes llegarán pronto, y yo…
Sus pasos se volvieron caóticos mientras intentaba decidir por dónde empezar, con la mirada saltando del mostrador a las puertas y luego a las estanterías.
Su respiración se aceleró y sus hombros temblaban ligeramente bajo el peso de su creciente pánico. Podía verlo: el estrés abrumador, la culpa y la impotencia acumulándose hasta que pareció que podría echarse a llorar.
—Nina… —dije con naturalidad, recostándome en el mostrador con la expresión más despreocupada que pude fingir.
Se quedó helada a medio paso, sus ojos desorbitados y desesperados se volvieron hacia mí, y preguntó: —¿Qué pasa, Kafka? Siento decir esto una vez más, pero no creo que pueda entretenerte, ya que…
—No tienes que preocuparte —la interrumpí, manteniendo un tono ligero—. Ya he terminado todo. —Luego incliné un poco la cabeza, sonreí con aire de suficiencia y dije—: ¿Así que, por qué no vuelves aquí y sigues dándome calor con ese abrazo tuyo?
Su expresión frenética cambió a una de puro asombro; abría y cerraba la boca como si intentara articular palabras.
—¿Tú… tú qué? —consiguió balbucear finalmente.
—He dicho que todo está hecho —repetí, encogiéndome de hombros—. Ve y compruébalo si no me crees.
Sin decir una palabra más, salió disparada, recorriendo el vestíbulo como un torbellino mientras revisaba cada detalle.
Revisó la lista de huéspedes, los objetos cuidadosamente ordenados en el mostrador, las estanterías impecables e incluso la bandeja de aperitivos completamente surtida. Cuanto más veía, más se suavizaba su expresión, y su incredulidad inicial se transformaba en puro asombro.
Cuando finalmente regresó a donde yo estaba sentado, me miró con ojos desorbitados e incrédulos.
—¿Cuándo has hecho todo esto?… Debe de haberte llevado mucho esfuerzo y tiempo, porque había mucho que hacer.
—Mientras dormías, Nina. Y no ha sido para tanto, ya que en realidad me gusta hacer las tareas del hogar… Me calma la mente —dije, estirando los brazos como si no fuera nada.
Su expresión se crispó en una mezcla de frustración y vergüenza mientras se cruzaba de brazos.
—¿Por qué no me despertaste? —preguntó, con un tono a medio camino entre un gruñido y un puchero—. ¡Podría haber ayudado en lugar de dejar que lo hicieras todo tú solo!
Me incliné un poco hacia delante, apoyando la barbilla en la mano mientras la contemplaba con una sonrisa amable.
—Porque, como dije antes, parecías demasiado tranquila como para despertarte, y consideré un grave pecado perturbar una estampa tan impresionante, así que decidí no hacerlo —dije con sencillez.
Su cara se puso de un rojo intenso y dio un paso atrás, con la compostura desmoronándose bajo el peso de su vergüenza.
Pero entonces su expresión cambió a una más seria. Respiró hondo, frunciendo ligeramente el ceño, y pude ver la determinación en sus ojos.
—Esta es mi responsabilidad —dijo, con la voz un poco temblorosa pero aun así firme, casi como si intentara convencerse a sí misma más que a mí—. Yo soy la dueña de este lugar, y debería ser yo quien se encargue de todo… No deberías haberlo hecho todo tú solo, Kafka… Deberías haberme despertado para que pudiera terminar lo que empecé.
Podía sentir su frustración y su terquedad, y entendía de dónde venían, pero ya no iba a dejar que cargara con todo el peso ella sola.
Con delicadeza, ahuequé su rostro entre mis manos, levantándole la barbilla para que me mirara.
—Nina —dije en voz baja, con un tono tranquilo y reconfortante—. No tienes que hacerlo todo por tu cuenta… Ya me tienes a tu lado. Ahora que eres mía, tus responsabilidades también son las mías, así que ya no tienes que cargar con este peso tú sola y puedes apoyarte en mí.
Sus ojos parpadearon mientras procesaba mis palabras, y pude ver la tormenta de pensamientos que se arremolinaba en su mente.
Por un momento, pensé que podría decir algo más, pero en lugar de eso, bajó la mirada un instante, apretando los labios en una línea firme, y su rostro se tornó un tono más rosado.
Esperaba que se apartara o me empujara de nuevo, que insistiera en que no tenía problemas en hacerlo todo ella sola. Pero, en cambio, me sorprendió por completo.
Sin decir palabra, Nina se inclinó hacia mí, deslizando sus manos hacia mi rostro mientras acortaba la distancia entre nosotros, y sus labios rozaron suavemente los míos.
Chu~
El beso fue tierno y delicado, y pude sentir su calidez extendiéndose por mi interior, dejándome atónito en ese momento.
Cuando se apartó, parpadeé sorprendido, incapaz de articular palabra al principio.
—¿Nina?… ¿A-a qué ha venido eso? No es que no me haya gustado.
Nina me dedicó una sonrisa tímida, con las mejillas sonrojadas, mientras apartaba la vista un instante, con los dedos todavía apoyados en mi rostro.
—Bueno… —dijo, con la voz más baja ahora, casi en tono de burla—. Un trabajador debe cobrar por su trabajo, ¿no?… Así que esta es tu paga por todo el trabajo que has hecho, Kafka… Un beso en los labios de tu hermosa empleadora.
Sus palabras me golpearon como olas, y no pude evitar soltar una risita nerviosa. Todavía me daba vueltas la cabeza y sentía cómo se me ponía la cara al rojo vivo por el beso inesperado, por no mencionar lo descarada que sonaba.
Pensando que me veía bastante adorable con lo turbado que parecía, Nina se acurrucó en mi pecho, y la tensión de antes se disolvió por completo mientras permanecíamos allí, abrazados.
El mundo exterior no importaba en ese momento. Solo éramos nosotros: se acabaron las responsabilidades, se acabó el estrés, solo quedaba la calidez de la presencia del otro.
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