Divorcio por error: Reconquistando a mi exmujer - Capítulo 159
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159: CAPÍTULO 159 Venciéndolo en su propio juego 159: CAPÍTULO 159 Venciéndolo en su propio juego Rihanna
—¿Sabes qué es aún más irritante?
—le digo a Mia, mi única amiga, por teléfono—.
El imbécil se disculpó con su cliente por mi tardanza.
¿Yo, impuntual?
Me dejó como una tonta —me quejo, con la ira bullendo bajo la superficie.
Mia dejó escapar un lento suspiro.
—Te lo dije, Rih.
Irte de casa no fue la mejor idea, no tienes por qué aguantar a ese jefe cretino y arrogante, si tan solo…
La interrumpo bruscamente, un sonido de pura frustración escapando de mi garganta.
—¿Quedarme en casa y dejar que mi madre dirija mi vida?
—le espeto, con la voz subiendo de tono.
—No me refería a eso, es solo que…
puede ser muy duro ahí fuera —dice en un tono suave, con una preocupación evidente en su voz.
Abro la boca, pero la cierro de golpe.
En parte tiene razón, no todo ha sido un camino de rosas, pero no tiene por qué serlo, nada es fácil.
Suelto un bufido.
—Siento haberte espetado así, sé que estás tan preocupada como Dean por esto, pero créeme, si quiero valerme por mí misma, esta es la única salida.
Hay una breve pausa y luego Mia responde.
—Vale, pero que sepas que siempre estoy aquí para echarte una mano si me necesitas —replica, y una sonrisa aparece en mi rostro—.
Entonces, ¿qué vas a hacer con tu jefe?
Ladeo la cabeza, pensativa, como si pudiera verme, y luego respondo.
—Tendré que mantenerme firme —suelto de repente.
Seguro que Mia ha puesto los ojos en blanco.
—¿C-cómo?
Me enderezo.
—Sé lo que está haciendo, quiere frustrarme para que deje el trabajo, pero no le dejaré.
—¿Y cuánto tiempo piensas aguantar sus gilipolleces?
Me pellizco el puente de la nariz y suspiro.
—Todo el tiempo que pueda, Mia.
Mientras pueda conservar mi trabajo, ya sabes cuánto necesito el dinero.
Sí, claro que sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero por mucho que mi cuerpo me pida a gritos asesinar a ese capullo y abofetearle, la verdad es que no puedo.
Necesito este trabajo, así que tengo que aguantarme y sonreír.
Oigo a Mia exhalar de nuevo.
—Está bien, pero avísanos cuando sea insoportable, ¿vale?
—dice, y luego baja la voz—.
Y si necesitas ayuda para patearle el culo, cuenta conmigo.
Una ligera risa se me escapa por la garganta ante el comentario de Mia; ten por seguro que lo haría.
Reprimo la risa y respondo.
—No lo olvidaré.
Buenas noches, Mia.
Cuelgo la llamada y me encojo en la cama, cubriéndome la cabeza con las sábanas y gimiendo bajo ellas.
El rostro inexpresivo y sin emociones del Señor Gruñón aparece en mi cabeza.
Su mirada rencorosa cada vez que me mira, como si apenas pudiera respirar el mismo aire que yo.
Me desprecia así de mucho.
Bueno, el sentimiento es mutuo.
Yo tampoco puedo soportarlo.
Tumbada en la cama, mis pensamientos derivaron hacia mi conversación con Mia.
Y entonces se me ocurrió una idea.
Si quiero escapar de su ira y conservar este trabajo, tengo que manejar todo lo que le concierne con la cautela de un artificiero.
Primero, su café de la mañana, tiene que ser perfecto.
Amanda me dio algunos consejos, ahora solo necesito practicar más.
Segundo, tengo que intentar en la medida de lo posible apartar mis pensamientos asesinos y sonreír más a menudo, sin importar cuánto duelan sus palabras.
Y por último, para evitar que me llame impuntual, tengo que llegar a tiempo a todas nuestras reuniones a solas, nada de holgazanear.
Sííí.
Eso es, Rihanna.
Gánale en su propio juego.
Con la primera idea en mente, me pongo de pie de un salto, lanzo el teléfono a la cama y corro a la cocina para empezar.
Pasé una buena cantidad de tiempo aprendiendo a preparar el café perfecto para el Señor Imperfecto.
De camino al trabajo al día siguiente, me doy una pequeña charla de ánimo antes de entrar en la oficina con una sonrisa tan grande como mi culo y un poco más de brío en mis pasos.
Amanda me lanza una mirada inquisitiva mientras se pone a mi lado en la sala del café.
—Nadie está nunca tan emocionado por trabajar con el señor Williams.
Bueno, sí, el día de paga, claro.
¿Qué pasa?
—pregunta, enarcando las cejas.
Me vuelvo y le dedico una cálida sonrisa.
—En realidad, nada —respondo secamente.
Sé que no me cree—.
Y, ah, gracias por los consejos para el café, ahora está perfecto —añado con un tono de agradecimiento, señalando la taza de café.
Amanda asiente lentamente, pero sus ojos están fijos en mí, estudiándome de cerca, y luego niega con la cabeza.
—Aquí pasa algo, seguro —dice con una risita.
Finjo que no la oigo, pero la sonrisa socarrona de mi cara no la convence de lo contrario.
Mi jefe gruñón me fulmina con la mirada mientras coge la taza de café de su escritorio.
Lo observo con una sonrisa apenas disimulada.
Apuesto a que está ansioso por lanzarme insultos de nuevo, pero pasan uno, dos, tres segundos, y no lo hace, y tampoco lo escupe como suele hacer.
Me lanza una mirada que sugiere que está decepcionado, pero yo le devuelvo la mirada con confianza.
Veo cómo su rostro se contrae mientras deja la taza de nuevo en su escritorio y me encara con una mirada feroz.
—Necesito el informe semanal en mi mesa en diez minutos —escupe, esperando minarme.
Mi sonrisa se ensancha.
—Oh, no hará falta ese tiempo extra, señor.
Está justo aquí —señalo el documento cuidadosamente colocado en su escritorio, dejándolo atónito.
Sí, no pienso darle ninguna razón para que vuelva a fastidiarme.
Me quedé despierta toda la noche para terminar esto y no hay nada tan satisfactorio como la expresión de su cara ahora mismo.
Me mira fijamente y puedo ver claramente la decepción escrita en toda su cara.
—¿Y el perfil del nuevo cliente?
—Eso también está listo, ahí, señor —respondo, asegurándome de que mi sonrisa siga intacta.
Su rostro se descompone y veo cómo sus hombros contienen un respingo por un momento.
Ahí está.
Justo como pensaba.
—Fuera —suelta de repente, agarrando la taza de café y dándome la espalda.
Una sonrisa burlona bailó en mis labios mientras me daba la vuelta para irme, pero me detiene a medio camino.
Y cuando me giro para encararlo, me lanza una mirada rencorosa.
—No te pases de lista —advierte con voz fría y mezquina y una cara de póker que se supone debería helarme hasta los huesos, pero no lo hace.
Lo miro fijamente, resistiendo a duras penas el impulso de reírme de él en su propia cara.
Claro, lo tendré en cuenta.
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